Nada personal

ENTREVISTA HECTOR SOTO MIRKO AICON S.Héctor Soto, Periodista (Extractado de La Tercera 20 DIC 2015)

Ha sido un mal año para el país y, en términos de opinión pública, mucho peor para el gobierno. En las cuatro últimas mediciones del CEP la actual administración siguió debilitándose, si bien en relación a agosto último la nueva encuesta mostró alivios marginales: dos puntos más de aprobación y tres menos de desaprobación. Pero la gente que desaprueba al gobierno sigue siendo más del doble de la que lo aprueba y esta correlación es abrumadora. El 24% aplaude y el 58 pifia.

Chile no está acostumbrado a tener gobiernos así de minoritarios. Cuando la administración anterior anduvo, a mediados del 2011, por estos andurriales de rechazo, se hizo mucho caudal -y con razón- de la necesidad de enfrentar con celeridad la racha adversa. La gran diferencia es que ahora esta preocupación no parece estar entre las prioridades presidenciales. Es más bien al revés: Bachelet pareciera estar leyendo las percepciones ciudadanas en un clima de guerra, como parte de las conspiraciones contra su gobierno.

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El riesgo de los equívocos en este campo es que la Mandataria persista atrincherándose desde la perspectiva política. Es en lo que estuvo este año. Fueron parte de su amurallamiento el trauma de reclusión y silencio post Caval, el realismo sin renuncia -una frase que ella misma se encargó de vaciar de todo contenido-, las sutiles y no tan sutiles divergencias que dejó entrever con los nuevos ministros y, sobre todo, la declaración que hizo tras el último fallo del Tribunal Constitucional, donde nuevamente volvió a oler complot. Bachelet no pierde oportunidad de mostrarse como mujer de guerra. No me conocen, no me van a doblar la mano, fue lo que dijo y dio a entender. En rigor, debió haber agradecido la prevención. Pero la descompensó.

Aunque sea entendible, es peligroso tomarse el juego político a la personal. Porque supone infestar de agravios y rencores, de emociones lagrimosas y listas negras, de cuentas pendientes y orgullos heridos, un plano de por sí demasiado frágil o delicado para estar exponiéndolo, además, a estas basuras.

De lo contrario, la política queda expuesta a más rigideces de las que ya tiene el sistema institucional. La sentimentalización del gobierno -por decirlo así- no sólo reduce el margen para los acuerdos, sino también fuerza sin necesidad los resortes de la democracia representativa.

La democracia ciudadana, que a la Presidenta parece gustarle más que la representativa, debiera ayudarla en esta coyuntura, porque las encuestas -dentro de ciertos límites, por cierto- también son una manera de orientar al gobierno respecto de lo que espera la gente.

Como solución estratégica, la trinchera ya probó ser un desastre. Ahora más que nunca, los mandatarios y los políticos van a tener que acostumbrarse a vivir con eso. Aquí nadie tiene clavada la rueda de la fortuna. La cantidad de distorsiones a la que el empecinamiento, la venganza y la vista nublada por el rencor pueden conducir es de terror, porque implica extremar las cosas y entrar a una dinámica paranoica en la cual todo quien no esté contigo estará por fuerza contra ti.

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La trampa latente en la fuga al atrincheramiento político es disfrazar este pastel tóxico bajo la noble crema de las convicciones. Por supuesto, la Presidenta tiene las suyas y la ciudadanía no sólo se las reconoció, sino que fue en gran parte por eso que la eligió con una mayoría holgada. Sin embargo, lo que ha estado tensionando la escena política no son las convicciones, sino puros desacuerdos respecto de medios para llevar a cabo las reformas.

La compulsión de gobernar al límite -viendo enemigos en mayorías que no andan con pintura de guerra en la cara, ni mucho menos, o elevando leseras a la altura de dogmas intransables – está haciendo recaer sobre los hombros de los ministros y de los dirigentes de la Nueva Mayoría una responsabilidad que el país en algún momento les cobrará. Si no lo saben, alguien de confianza debería decírselo. Con tino y en buena.

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