De nuevo el pálpito

Alfredo-Jocelyn-Holt_avatar_1-200x200Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Volvió a lo del pálpito la Presidenta. “Tuve la sensación que me decía ‘deberías quedarte en la ONU’”, pero, al final, habrían primado las “convicciones” e “ideales”, y, por eso, regresó a Chile a fin de volverlos realidad, acaba de decir en un documental de la BBC. En 2014 otro tanto: la intuición le habría aconsejado partir su programa de reformas con la educación pública, y vaya que siguió su sugestión instintiva. Pero, lejos, la más famosa premonición presidencial, la primera que nos participó, fue la de 2007 cuando le dio, cuán Casandra al revés, con que el Transantiago se habría implementado a destiempo. Recordemos que la premonición la contó después que sucediera el desastre que todos sabemos, así que sonó a auto-exculpación más que a tincada correcta. Ello no obstante, pareciera que Bachelet confía en sus pálpitos y los tiene por infalibles. A qué consecuencias pueden llevarnos, importaría menos. Intuición y porfía, esa combinación -insiste una y otra vez- serían su norte, el resto le resbala.

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Aunque les cedo el lugar a otros médicamente competentes el que indaguen en tan empecinada psicología, no deja de impresionarme que su apuesta a dichos pálpitos coincida con lo que Ortega y Gasset ha expuesto sobre crisis históricas. Si de supuestas brújulas es que estamos hablando es porque estaríamos sumidos en una encrucijada carente de claridad, quizá total. Ella -Bachelet parece asegurarnos- tendría la certeza suficiente por dónde es que hay que ir, nosotros, en cambio, seríamos los confundidos. Quién sabe, Ortega sostiene algo distinto. Las “horas del pálpito” -usa textualmente el término- coinciden, a su juicio, con momentos de confuncionismo extremo, muy de la época moderna. “Este presentimiento de que las cosas van a cambiar radicalmente antes de que, en efecto, cambien, no debe sorprender mucho, porque siempre ha precedido a las grandes mutaciones históricas… Ahí está, ante nosotros, una vida nueva… Pero no, aún no está ahí”.

No lo único que advierte. “En las épocas de crisis, agrega, son muy frecuentes las posiciones falsas, fingidas”, las convicciones auténticas muy escasas. Es que el cinismo cunde en épocas, como hoy, en que nadie pareciera creer en nada. A lo sumo, la “gente” (a Ortega le producía urticaria el término), tiene la “sensación”, lo dice y repite cuan letanía, que esto o aquello no le gusta, tras lo cual sale más gente diciendo amén. Podrán no saber qué quieren pero al menos se sienten acompañados y contestes en cuanto a lo que hay que denostar. Épocas, éstas, de “pálpitos” virales, proclives a que líderes solícitos indiquen, o confirmen, a dichas gentes sus no menos vagas premoniciones. Ortega hablaba de ello en 1933, época en que a intuitivos, clarividentes y providenciales -Mussolini, Hitler et al.- se les tuviera por parteros de la nueva época que anunciaban.

Por tanto, no es que Bachelet sea una especie de Yolanda Sultana lo que debiera preocuparnos, sino que las premoniciones, de por sí, en política, son alarmantes y de cuidado.

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