La vecindad del Chavo

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La columna de Joe Black, El Mercurio de Santiago 30 de abril de 2016.

El Servicio Electoral es hoy, al menos para el oficialismo, una oficina pública antipática. En los últimos días, gran parte de la Nueva Mayoría ha hablado pestes del Servel porque este no les aceptó hacer sus trámites sin los comparecientes necesarios o sin las firmas requeridas.

Pero hubo un tiempo en que las cosas eran muy distintas. Esta semana, La Segunda recordó la época en que los partidos iban a inscribir sus listas para las elecciones y se quedaban tres días seguidos dentro del edificio del Servel. No se duchaban, no se cambiaban de ropa, dormitaban a ratos en los sillones, comían galletas y bebían café.

images Esto era así porque a las 00:00 de la fecha límite el Servicio cerraba sus puertas, y no permitía el ingreso de nadie más. Como ocurre con los bancos, donde un guardia de azul clausura la entrada a las 14 horas en punto, pero los cajeros atienden hasta el último cliente en la fila, el Servicio Electoral permitía que se resolvieran todas las dudas y se chequearan todos los nombres de candidatos mientras nadie entrara o saliera del recinto pasada la medianoche. Y en ocasiones el trámite tomaba 48 o 72 horas.

Lo irónico es que no pocas veces unos pestilentes dirigentes políticos inscribían listas que denominaban «Por un Chile Limpio».

Pero uno mira hoy a la distancia esas anécdotas con ternura. Todos los que permanecían ahí estaban dispuestos a bajar de peso, a contraer pediculosis o a enloquecer en el encierro con tal de cumplir la ley. Honrar el estricto cumplimiento de las normas valía la pena cualquier sacrificio. Y cuando una vez una directiva no estuvo a la altura, simplemente renunció en pleno.

No quiero sonar nostálgico, pero no puedo evitar comparar esos tiempos con los actuales, en que quedan pocos devotos de cumplir con lo que señala el ordenamiento jurídico. descarga (11)¿O quizás sea otra cosa? Es que la seguidilla de errores del oficialismo ante el Servel, por ejemplo, hace que uno llegue a la convicción de que los estropicios los han cometido «sin querer queriendo», como decía «El Chavo del 8», el inolvidable personaje de Gómez Bolaños.

«Es que fue sin querer queriendo», «es que no me tienen paciencia», me imagino diciendo a Isidro Solís, descarga (12)el abogado de la Nueva Mayoría, al ser interpelado. Hasta tiene un cierto parecido con «El Chavo». Y déjenme ir todavía más lejos con la comparación. ¿No les parece a ustedes que el Gobierno al menos sospechó que podía perder una de las piezas maestras de la reforma laboral en el Tribunal Constitucional? Se lo dijeron incluso asesores y partidarios cercanos. ¿Por qué perseveraron entonces? ¿Habrá sido sin querer queriendo?

Pero lamentablemente este caso no es lo único que en estos días parece sacado de la «Vecindad del Chavo». Se viene a la cabeza descarga (13) «Don Ramón», el inquilino que nunca pagaba, cuando veo esa verdadera obsesión por la gratuidad de algunos sectores. O veo a la «Chilindrina», que exageraba su llanto, cuando miembros de la CUT salen a rasgar vestiduras porque perdieron un aspecto de la reforma laboral sabiendo que ganaron algo tan relevante como la huelga sin reemplazo.

Y para qué decir la cantidad de «brujas» y «brujos» (como se dice ahora) del departamento 71. Todo el mundo se enoja por todo hoy en día. Ya no se puede ni conversar. Y menos llegar a acuerdos. «Pi.pi-pi-pi-pi-pi-pi», diría el «Chavo del 8».

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