Adiós a Ruibarbo…

descarga (9)Por Fernando Villegas Darrouy

Difícil concebir dos entidades más abismalmente alejadas entre sí -al menos a cinco mil años luz la una de la otra- que el bellísimo cuento Adiós a Ruibarbo, de Guillermo Blanco (1926-2010) y la más bien pedestre autoproclamación como candidato a la Presidencia de la República del alcalde De la Maza. Y sin embargo y pese a esa distancia cósmica, metafísica, hay un terreno común, cierto rasgo compartido aunque en un caso se muestre en tonalidad estética de gran distinción y en el otro bastante menos. Ese rasgo es la tristeza. En Adiós a Ruibarbo se trata de la más profunda, hermosa y desoladora tristeza que jamás se haya descrito en nuestra literatura y probablemente en casi cualquier otra escrita en castellano; en la proclamación de De la Maza nos tropezamos con esa melancolía en tono menor que acompaña la puesta de sol en un balneario medio pelo repleto de ferias artesanales y que suscita, en el turista, un banal y predecible sentimiento “poético” expresándose con malas fotografías.

Hablamos no del “crepúsculo” -me esfuerzo por darle siquiera algún mérito verbal, asociándolo con la trilogía wagneriana- del candidato sino del de la derecha. O tal vez más exacto sería hablar de su entrada en la noche eterna si acaso a dicha variante no la objetara el detalle de que la derecha nunca ha salido de ella. La oscuridad es su iluminación de costumbre. Nos referimos a cierta porfiada cerrazón intelectual, egoísmo brutal, afición a los remilgos, estrechez del entendimiento e inclinación a golpearse el pecho en capillas presididas por líderes espirituales devotos de la pedofilia. Tal ha sido  el ambiente en que esa sensibilidad en y de buen grado se ha movido y ha dado, por esa razón, motivo y tema a infinidad de obras literarias, entre las cuales las de José Donoso reflejan muy bien hasta el olor de ese universo de tinieblas, secretos y ferocidades.

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Multiplicación

La proclamación de De la Maza es un reflejo de todo eso no por cómo y quién sea él, el candidato, sin duda una agradable persona y productivo ciudadano, sino por el mero hecho de constituir un avatar más de la multiplicación anodina, incoherente e inane de las candidaturas de su sector. Por sí solo eso constituye una muestra de fracaso pretendiendo disfrazarse de renovación. Porque os pregunto, amados hermanos: ¿Hay algo más triste que el fracaso, en especial del que carece de épica, de lírica, de grandeza? El fracaso menor, vulgar, es fenómeno repleto hasta rebozar no tanto de tristeza como del talante tristón del incompetente que arruina todo lo que hace. Por eso peor que el traspié mismo es la mediocridad de su protagonista.

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Y hablando de candidaturas de la derecha, ¿cuántas van ya? En el último recuento sumaban entre cuatro y media docena. Es una multiplicación que más bien divide, contundente señal de dispersión, de carencia de ideas, un burdo pulular de ambiciones, de gran pequeñez y alegre sentido de las irresponsabilidades. Es, por definición, el cuadro que típicamente ofrece no sólo y simplemente una coalición política en busca de Su Hacedor aquí en la Tierra como en el Cielo, sino la entera cultura a la que pertenece. Las derechas y sus culturas de proveniencia, cuando están vigentes, ofrecen al observador un espectáculo de ruda solidez aun cuando en ocasiones lleguen a dividirse, como sucedió en Chile en 1891 y 1851; aun en esos casos dicha elite resulta apabullante en su fuerza y fiereza, en su ciega convicción de estar en la verdad. Y por eso los contendientes aunque luchen a muerte comparten por igual cosas graves, serias y majestuosas en las que creen fervorosamente, como lo son Nuestro Señor y la Sagrada Propiedad. La actual situación, en cambio, NO ES la de una elite de esa variedad, segura de sí misma incluso cuando se divide transitoriamente, sino lo que tenemos a la vista es el cuadro de un ejército derrotado y en retirada bajo la consigna “¡sálvese quien pueda!”. Cultural y políticamente, aunque no económicamente, la derecha chilena ha muerto; por ende la frenética actividad manifestada por los nuevos movimientos y liderazgos que emanan de ese sector casi cada semana, por lo demás efímeros, no son en absoluto un signo de vitalidad -lo llaman, con conmovedor entusiasmo, de “renovación”-, sino señalan la presencia de las bacterias anaeróbicas que acuden al festín ofrecido por un cuerpo en descomposición.

¿Y la oposición?

¿De qué descomposición estaríamos hablando? se preguntarán algunos. ¿Acaso las encuestas no revelan que entre ⅔ y ¾ de los consultados se oponen a las reformas, incluso a la Presidenta? La respuesta es simple: la oposición no es la derecha. Y además, dicho sea de paso, tampoco es siquiera sólo ella misma porque aun no existe. Una oposición digna de ese nombre es un COLECTIVO, un referente claro, aglutinante y con un liderazgo fuerte, algo que se mueve en cierta dirección; lo que hay en Chile es una suma de individuos que no están de acuerdo con el gobierno, mero agregado estadístico resultante de adicionar las respuestas que le dio una masa anónima de ciudadanos a un cuestionario. Eso NO ES una oposición. Una entidad que no se conoce o reconoce a sí misma, que existe en sí pero no para sí, no existe como cuerpo político por la misma razón que una simple pila de ladrillos, por grande que sea, no existe como edificio.

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Dicha oposición virtual, hasta ahora sin cuerpo ni alma, no lo ha encontrado y difícilmente puede encontrarlo en la decrépita oferta de la derecha. En el mejor de los casos la derecha ha ofrecido no la realidad, sino la posibilidad o dudosa perspectiva de un cuerpo unitario que represente a la oposición; para esos efectos ha celebrado reuniones -donde, por lo demás, han brillado los cuchillos largos y cortos- de coordinación que hasta en lo tocante a los asuntos más nimios han terminado donde empezaron, en la Tierra de Nunca Jamás. Es dificultoso que sea de otro modo. Los Frankenstein confeccionados con partes y piezas de cadáveres tienen la mala costumbre de desmembrarse luego de dar sus primeros pasos. No será con un monstruo de esa laya que se va a “reencantar” o siquiera alinear a nadie. No será con una mayoría silenciosa de disconformes de sofá, desconocidos unos para otros, que se construirá una alternativa. ¿Disconformes con qué y conformes con qué? Sin un “relato” unificador esa mayoría no existe ni siquiera en ese plano estadístico porque, por falta de cohesionantes, bien puede mutar mañana mismo. Un bono de más o de menos y como por arte de birlibirloque la mitad de los encuestados se puede dar vuelta de carnero.

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Minoría triunfante

Es lo que permite o hasta impone la siguiente ley de hierro de la política de todos los tiempos: una minoría organizada es “mayoría” comparada con una mayoría puramente estadística o simple colección de individuos en apariencia y/o en abstracto semejantes. La NM es esa minoría organizada. La izquierda puede ser, como tantas veces lo ha probado, incompetente para gestionar -no está en el ADN de su feligresía- pero es bastante competente para hacer política; sabe qué decir y cuándo, cómo superar el día de los quiubos sus discrepancias internas, qué prometer, cuál es la sensibilidad de turno en el cerebro promedio de la población y qué enemigos crear que sean blancos atractivos para el rencor y resentimiento, siempre tan abundantes. Con eso y su militancia dura de camaradas, compañeros, apitutados, simpatizantes y un buen porcentaje de la siempre crédula juventud a la búsqueda de causas célebres, la izquierda ya tiene suficiente para derrotar a quienquiera se ponga por delante, en especial si se ponen por delante candidaturas “testimoniales”.

Así es como volvemos a Ruibarbo, al porfiado e inconsciente caballo de tiro que pese al intento  por salvarlo de unos nenes con corazón de oro retorna al establo donde al otro día lo llevarán al matadero.

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