Chile embaucado

warkenPor Cristián Warnken Lihn

¿Quién es realmente Rafael Garay?, se preguntan con angustia e incredulidad quienes lo conocieron íntimamente (o creyeron conocerlo íntimamente), y lo consideraron su amigo, su pareja, su colega y hoy descubren a un desconocido, un extraño, un «otro» que les cierra intempestivamente la puerta en las narices. Si yo -que apenas conocí muy de pasada a Garay- siento perplejidad y espanto, me imagino el estremecimiento que debe embargar a quienes le entregaron su afecto, su confianza e intimidad y, en algunos casos, sus ahorros. rafael-garay

El arquetipo del embaucador seductor que construye su vida sobre una mentira es universal. Ahí está la novela «El talentoso Mr. Ripley», de Patricia Highsmith, y «El adversario», del escritor francés Emanuel Carrère. En este último, el narrador le sigue la pista a un honorable padre de familia, médico, que sostuvo una gran mentira toda su vida: no era médico, no trabajaba donde decía trabajar, etc. Cuando está a punto de ser descubierto, asesina a sus hijos, su mujer, sus padres. El psicópata prefiere matar a sus cercanos a que conozcan su verdad. El texto es inquietante.

Sí, personalidades psicopáticas como estas ha habido probablemente siempre, pero vale la pena preguntarse por qué han abundado -y con tanta notoriedad pública- en nuestro país en estos últimos años.

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Ahí están Chang y Jadue, campeones del robo olímpico. O esa legión de opinólogos y asesores financieros de la televisión, que nos han invitado a hacernos ricos muy rápido, en matinales o programas en horario prime y de altos ratings .

Algunos de ellos han llegado a ser candidatos presidenciales y contra varios pesan serias acusaciones judiciales. Sumemos: aspiracionalidad desmedida, una cultura facilista que privilegia derechos sobre deberes, una televisión farandulera sin umbrales éticos mínimos, todo eso ha sido un terreno fértil para que estos seductores narcisistas llegasen a ser íconos nacionales.

descarga-1Eso sí, es necesario distinguir entre la legítima aspiración de mejorar económicamente de mucha gente humilde y esforzada (impulso loable y admirable) y esa otra aspiración con rasgos patológicos y compulsivos que venera la riqueza y lo que brilla, no importando los medios para lograrlo.

¿No estamos rodeados de personajes seductores, que todos los días nos ofrecen el paraíso en la tierra, en las finanzas como en la política? Estos embaucadores, algunos con muy buena labia, han demostrado una prodigiosa capacidad para hechizar y encender a las audiencias. Ellos proliferaron, porque nuestro medio se hizo permisivo, bajó sus varas de exigencia y ello ocurre cuando en una comunidad se pierde el sentido de la medida, eso que se llama «el sentido común».

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Ahí está, por ejemplo, el explosivo y grosero crecimiento de la industria del lujo (autos y relojes de marca, mall del lujo), a la que Garay, Chang y los otros eran adictos. Eso ya lo han advertido desde siempre los grandes maestros y sabios de todos los tiempos, como Lao-Tsé, quien dijo: «Haz que tu yo sea más pequeño y limita tus deseos». ¡Qué lejos está Chile de ese Tao! Por eso cuando todos nos preguntamos ¿quién es realmente Rafael Garay?, debiéramos colocar un espejo frente a nosotros mismos. ¿No serán acaso él y Chang y Jadue y los otros, las encarnaciones de nuestras pulsiones más íntimas?

Ellos tal vez sean nuestros «Frankenstein», nacidos de una aspiracionalidad chilena desbocada, que ha privilegiado -traicionando su propia historia de austeridad y esfuerzo- el parecer y el tener sobre el ser, la mentira sobre la verdad, la farándula sobre la política; que ha confundido emprendimiento con especulación, y ha reducido la idea de crecimiento solo a su dimensión monetaria. Porque un país que solo crece económicamente, y no moral y culturalmente, corre el riesgo de convertirse en el paraíso de los Chang, los Jadue, los Garay. Un país no de «felices y forrados», sino de tristes y estafados.

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