Perdón, perdón perdón

Fernando-Villegas

Por Fernando Villegas

Con el perdón se espera que esa sociedad agobiada por las divisiones pueda celebrar un consensuado borrón y cuenta nueva. Se supone -con cierto candor o hipocresía- que las víctimas son capaces de perdonar a los victimarios, mientras del victimario se espera, a su vez, que solicite formalmente el perdón reconociendo así su culpa y a la pasada derramando unas cuantas lágrimas; luego de eso se pretende que no tome otra vez las armas, no torture a nadie, no cometa nuevos atropellos, se levante temprano y vaya a su pega como todo el mundo.

Este ejercicio ecuménico, el del perdón, es loable en el discurso y adecuado tema para los tedeum, pero casi siempre inviable. No es muy practicable porque es asimétrico; mientras de las víctimas directas o indirectas se demanda un esfuerzo enorme de penosa transformación espiritual, a los victimarios sólo se les pide que cumplan un acto exterior, una formalidad gestual y verbal que puede o no ser acompañada por un auténtico sentimiento.

El potencial donante del perdón lo sabe y, por lo mismo, le es difícil allanarse a participar en lo que ve como una farsa; amén de eso y como lo enseña abundantemente la historia universal y la literatura dramática y trágica de todos los tiempos, la víctima y/o sus seres queridos rara vez están dispuestos a reconocer en el victimario a un simple y vulgar ser humano que en un rapto de cólera o de saña, por cobardía o impotencia ante las órdenes de terceros o la presión de la multitud o acaso por indiferencia o conveniencia se dejó arrastrar a la condición de asesino. La simple observación de la conducta propia y ajena al menos nos hace sospechar que nosotros mismos, en determinadas condiciones, podríamos ejecutar actos similares, pero escaso o ninguno es el efecto de dicha consideración cuando nos agobia el dolor y nos aplasta el deseo de venganza.

perdon

Tampoco es sencillo, para el victimario, pedir perdón. No pocos sienten que no cometieron pecado ninguno por el cual solicitarlo. Los tiempos han cambiado y son ellos los enjuiciados y por esa razón callan y parecen someterse a la necesidad de, a regañadientes, soltar unas cuantas disculpas, pero en su fuero interno pocos o ninguno tienen verdaderos “remordimientos”. La misma teoría o ideología o credo que los llevó al crimen sigue muchas veces vigente, justificándolos a posteriori. Y entonces, considerando todo eso, ¿en qué consiste EN REALIDAD el “perdón” cuando se nos dice que ha sido celebrado o se celebrará, como ocurre en Colombia?

Los acomodaticios

¿En qué consiste? Consiste en el acto de perdón que están dispuestos a celebrar quienes no necesitan darlo ni recibirlo porque ni cometieron crímenes ni los sufrieron; consiste también en quienes “piden perdón” sabiendo que todos saben que no cometieron desafuero ninguno, pero de ese modo, en presunta inmolación, buscan ganar la corona de la santidad cívica. En esa condición de incólume, acomodaticia y a veces oportunista inocencia ni faltan los contritos ni cuesta mucho llamar a la concordia universal.

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Es muy probable que eso suceda en Colombia. La población de dicho país ansiosa por aprobar el tratado de paz con las Farc diciendo “Sí” en el plebiscito posiblemente será, en su inmensa mayoría, la que NO sufrió ni secuestros ni muertes ni daño alguno a manos de ese grupo; en ese caso permítanme suponer que su inclinación a votar “Sí” será menos un grandioso acto de generosidad perdonando daños y perjuicios que un suculento pago político para no sufrirlos en el futuro.

Se “perdonará” para que no haya una próxima ocasión en la que sufran algo que realmente debieran perdonar. Aparte de esa razón, tan parecida a una póliza de seguro, se perdona por el egoísta aunque entendible motivo y deseo de vivir en paz, sin sobresaltos.

Las víctimas o sus seres queridos son mucho menos complacientes. No desfilan por las calles de Bogotá diciendo “No”, pero desde su fosco silencio no miran con buenos ojos que los “combatientes” de las Farc, luego de miles de asesinatos, secuestros, extorsión, narcotráfico, terrorismo, etc., sean premiados con cargos en el Congreso, bonos por varios años, reinserción en la vida civil y amnistía virtual sino legal para cada una de sus sangrientas hazañas revolucionarias.

¿Al menos serán los propios y arrepentidos combatientes de las Farc quienes sinceramente miren la paz y los perdones recibidos con felicidad y agradecimiento? Es de dudarse. Se allanaron al proceso porque estaban al borde de la extinción. La selva ya no les prestaba cobijo.

Las tecnologías que hace unos cinco años entregó USA a Colombia (cámaras termales que permiten detectar presencia humana pese a la cubierta vegetal, uso de satélites de alta resolución, helicópteros de asalto y un largo etc.) permitieron al Ejército golpearlos una y otra vez matando a varios de sus líderes y diezmándolos sin misericordia.

Fue entonces, en la hora 25, cuando una oportuna toalla voló desde La Habana y milagrosamente los heroicos guerrilleros quisieron parlamentar. Los obsequios ofrecidos por el gobierno de Santos reforzaron su buena disposición. Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Cuánto les tomará aburrirse de la paz a dos generaciones de combatientes formadas en el saqueo, el baleo, las emboscadas y el ocio? ¿Cuándo se cansarán de la desagradable condición de un trabajo sometido a horario? ¿Cuánto se demorarán en regresar a “la lucha” o convertirse en expertos armados del narcotráfico?

En Chile…

En Chile, donde el perdón no lo solicitó un culpable directo sino cuando mucho un responsable muy indirecto, Aylwin, quien tampoco lo hizo en su nombre sino “a nombre” de esa generalidad, el Estado, las condiciones son muy diferentes. Nada se ha firmado ni celebrado aunque los curas no se cansen de reiterar la palabra “reconciliación”. Dicho sea de paso, quienes hablan todavía de reconciliación son normalmente gente a la cual en los malos tiempos no se les pellizcó ni el poto.

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También hay quienes rutinariamente estampan en los muros la leyenda “ni perdón ni olvido” y anuncian de ese modo su determinación de acosar a los culpables hasta el fin de sus días, los de ambos, de perseguidos y perseguidores.
En medio de tanta ambigüedad e indefinición que nada resuelve, tampoco nada se avanza y por tanto desde hace 30 años ni tenemos verdadera paz ni tampoco auténtica guerra. Vivimos en un clima difuso pero conflictivo, rabioso, uno que da lugar a cierta violencia localizada aunque creciente, pero sobre todo preferimos descalificarnos por las “redes sociales”. No por eso deja de existir una atmósfera destructiva de las confianzas y no por eso dejamos de vivir en un estado de guerra civil larvada y/o a medias.

En breve, no ha habido un acto solemne de perdones, firmas y abrazos, sino conforme a nuestro estilo circunspecto, burocrático y legalístico, comisiones ad hoc que celebraron la ceremonia en cómodas cuotas hace unos años atrás. Grave carencia pues los perdones colectivos, por artificiosos que sean, al menos son útiles para fingir, lo cual a menudo es necesario; promueven un poco de progreso por el “qué dirán”. Sobre todo ganan tiempo para que opere el único efectivo mecanismo de reconciliación y perdón: la muerte de las dos generaciones involucradas y luego el olvido y/o indiferencia de las que las sucedan.

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