Convivir con el chat

Por Sergio Urzúa, Profesor Departmento de Economía, Universidad de  Maryland, investigador asociado a Clapes

En plazas, micros, metro o calle, el fenómeno se repite: es más fácil encontrar gente tecleando en un celular que conversando. Es que las redes sociales están cambiando la forma en que convivimos. Menos reuniones sociales y más Facebook. Menos llamadas telefónicas y más mensajes de texto. ¿Le ha sido fácil ajustarse a las nuevas formas de convivencia?

El caso de los populares chats es interesante. En algunos usted puede ser sumado a ellos por alguien que simplemente posee su información de contacto. Sí, sería más adecuado que la decisión fuese siempre suya y no de un tercero, pero qué le vamos a hacer, son las nuevas reglas y hay que asumirlas. Por último, uno siempre puede abandonarlos, ¿no? ¿Pero es fácil hacerlo? ¿Cuándo desertar de un grupo al que uno fue invitado? Ofrezco algunas pistas.

Obviamente, la naturaleza del chat en cuestión determina los costos y beneficios de abandonarlo. Sin embargo, como regla general, la presencia de descriteriados debería gatillar una rápida salida. Y al menos tres tipos de personajes son fáciles de detectar en tal categoría: Los adultos en pubertad tardía, los combativos y los amargados. Los primeros consideran prudente socializar toda foto o video de seres humanos exponiendo libremente sus atributos (los problemas de sexualidad de los chilenos son tema de estudio, no por nada somos top 3 en Tinder). Los segundos no pierden oportunidad para agarrarse del moño. No importa si es la llegada de Garay (vergonzosa la cobertura del evento) o las contradicciones del candidato Guillier (preocupante la calidad de la política en Chile), cualquiera sea el tema, siempre buscan el conflicto. Y los terceros utilizan la red como plataforma para ventilar sus reclamos en contra de todo. No buscan pelear con el resto, sino que simplemente socializar sus conflictos internos.

Pero dejar un chat no es gratis. El ser humano demanda la interacción continua con su entorno, aun cuando sea virtual. La solidaridad y cooperación ante siniestros son también poderosas fuerzas aglutinadoras, sobre todo dentro de comunidades desamparadas frente a la delincuencia y el crimen. Y el acceso a la información hace lo propio. Los chats ofrecen la oportunidad de estar al tanto de lo que ocurre en el mundo, pero, más importante aun, permiten mirar de cerca y discretamente el comportamiento de quienes forman nuestro entorno. Por eso, no es el miedo al pelambre de dejar la comunidad virtual lo que nos lleva a no hacerlo, sino que la curiosidad por saber cuán desatinadas son las reacciones de «cercanos» ante la decisión de un miembro de abandonarlos.

El ajuste del ser humano a las nuevas formas de convivencia es una noticia en desarrollo, pero una cosa está quedando clara: el descriterio, el desatino, la falta de habilidades sociales básicas, serán cada vez más fáciles de notar. Es la letra chica de las nuevas formas de convivencia, el costo escondido de ser parte de una comunidad virtual.

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