“Por unos votos más…” (El Museo de la Democracia)

Por Cristián Labbé Galilea

Cada vez que en nuestras tertulias participa alguien que se autodefine como no político este termina deslizando la muletilla… “una de las principales características de nuestro sector es la división, el chaqueteo y las peleas cupulares… ¿Cómo quieren que la gente los apoye, si lo único que hacen es pelear?”.

¿Cómo salirle al paso a quien ha sido testigo, durante largo rato, de las aireadas discusiones que se producen entre los partícipes, variopintos todos, sobre cuál debería ser la estrategia y quien el candidato para enfrentar con éxito las próximas elecciones…?

Un conocido y prudente comensal trato de explicar que: “la discusión, el debate, la polémica, son una constante de la política… precisamente de estas ´querellas´ es de donde surgen las soluciones y los consensos”, para ilustrar sus dichos mencionó las primarias del sector, “fue un ejemplo de participación; se discutió mucho; se dijeron muchas cosas pero al final, salió un solo candidato del sector y todos debiéramos alinearnos detrás de él”.

Fue como echarle parafina a una hoguera… varios saltaron, uno se impuso: “pero si además del candidato de los partidos tenemos un candidato del sector que es independiente y que por lo demás muestra una mayor afinidad con los ´principios base´ de nuestra corriente política”… Se armó la de San Quintín.

“Dimes y diretes” que ratificaban que no había unanimidad en cuanto al candidato y que era muy difícil ganar las elecciones en una primera vuelta… muchas recriminaciones, pero donde la cosa topo fondo fue cuando alguien hizo referencia al Museo de la Democracia. En este punto sí hubo unanimidad… ¿Para qué una iniciativa tan innecesaria?

¿Quién, en su sano juicio, no interpreta esta medida como un acto electorero, oportunista y ambicioso, motivado por la sola avidez de alcanzar el poder?

¿Porqué una proposición como esta, si son muchos los casos que se conocen donde la ambición desmedida ha generados grandes descalabros? ¿No nos enseñan desde pequeños que cuando el deseo de obtener poder, riquezas o fama es excesivo, una persona puede llegar a violar normas éticas mínimas, perjudicándose ella misma o a terceros?

Ante lo inexplicable de la medida, no pude dejar de pensar que la idea y la oportunidad de crear el Museo de la Democracia, resultaban tan perversas como la acción de Eróstrato -pastor griego- que en su ambición de querer convertirse en una personalidad clave del momento, no encontró nada mejor que incendiar (356 a.C) el conocido Templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo.

Algo similar ocurre con esta iniciativa… se quiere “incinerar – achicharrar” la verdadera historia de cómo se destruyó nuestra democracia y de como esta se fue reconstruyendo paso a paso, hasta llegar -después de una transición ejemplar- a entregar el poder a quienes habían sido los mismos que convocaron la intervención militar y que ahora lo niegan desfachatadamente.

¡Oh paradoja! Todos estuvimos esta vez de acuerdo de que, por querer ganar algunos míseros votos de la izquierda, “el candidato del museo” había perdido un número no despreciable de electores…

Al finalizar, nos despedimos felicitándonos… ¡por suerte hay otro candidato a quien apoyar…!

 

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