El Ejército: Militarismo y civilismo

Por Genaro Arriagada Herrera

Una sociedad que aspire a funcionar con éxito debe definir cuál es la relación entre el Ejército y el mundo civil, la que -aunque no negociada con el poder político, pues ello contradiría el principio de no deliberación- debe ser asumida por ambos como justa. En teoría, las formas posibles oscilan entre dos extremos, ambos cuestionables: el militarismo y el civilismo.

El militarismo es una desviación del recto sentido de lo militar. El militarismo es a lo militar lo que la politiquería a la política. Lleva a una exaltación de la violencia y de pseudovalores castrenses; en lo político, a la dominación de los militares sobre los civiles; y en lo internacional, a una política exterior agresiva. El civilismo, en cambio, se caracteriza por un desprecio al Ejército, al que se le caracteriza como una institución anacrónica, siempre conservadora y enemiga de la democracia y los cambios sociales. Se desprecian sus símbolos, su rígida disciplina, se ignoran sus estudios. En lo político se le mantiene aislado del mundo civil y ajeno a la utilización de sus conocimientos y habilidades en el diseño de la gran política del Estado.

Hay militarismos de izquierda y derecha. El régimen cubano, con su «presidente-comandante en jefe» y sus generales en el Comité Central del PC es un militarismo de izquierda. En Chile, el régimen de Pinochet fue uno de signo contrario. Casos de civilismo los hay en todo el espectro político y son frecuentes en la derecha y el centro. En la derecha el civilismo a veces se disfraza de lo que un militar brasileño describía como una «política laudatoria», que exalta retóricamente todas las virtudes reales e imaginarias del Ejército, mientras en su fuero íntimo cree que no tiene ninguna.

En Chile una etapa de civilismo ocurre desde el término de la dictadura de Ibáñez, en 1931, hasta el golpe de 1973. Durante ese período el sistema político procuró reducir a los militares a sus tareas estrictamente profesionales, arrinconándolos en sus cuarteles y no asignándoles función en las tareas del desarrollo. El país fue conducido hacia una profunda incomprensión entre los mundos civil y militar. Esta política la impulsaron todos los gobiernos del período y en aspectos como la declinación del número de efectivos militares y del gasto en Defensa fue más acentuada bajo los gobiernos de González Videla y Jorge Alessandri. La manipulación de los militares en política fue muy elevada bajo Ríos y Salvador Allende, incluido el nombramiento, por la Unidad Popular, de Pinochet como comandante en jefe apenas veinte días antes del golpe militar. El gobierno de Eduardo Frei Montalva tuvo una política castrense lamentable.

Pero como, en el decir de Huxley, la gran lección de la historia es que nadie aprende las lecciones de la historia, hoy día, en Chile, formas de militarismo y civilismo empiezan a aparecer sin que la élite política repare en ello.

Un militarismo de derecha anida en el discurso de José Antonio Kast, que alude a la llamada «familia militar», que ha hecho de «Punta Peuco» su bandera y que ha definido como su enemigo a las agrupaciones de derechos humanos controladas por el PC. La alusión a «la familia militar», aunque exagerada, no deja de tener base, pues la militar, entre todas las profesiones, es la que mayormente se traslada de padres a hijos; así, una encuesta hecha a 37 generales en retiro en 1964-65 indicaba que el 26% de ellos eran hijos de militares y que el 14% de sus esposas eran, a su vez, hijas de militares. No hay ingenuidad en Kast cuando cree que el discurso dirigido a las Fuerzas Armadas en retiro se escucha al interior de los cuarteles, y la hay menos cuando usa ese discurso que sabe es anti-Piñera y que resuena en el sentir profundo de la UDI y de «los cómplices pasivos».

En el amplio espectro político que va de la DC hacia la izquierda, lo que se ha instalado es una suerte de civilismo, al menos por omisión. Para ese sector, por ceguera o pereza, las FF.AA. han dejado de ser una preocupación y las relaciones con ellas parecen agotarse en asistir a desfiles y ceremonias. Ese vacío de políticas ha empezado a ser llenado por el activismo en torno a la condena de pasados abusos en materia de derechos humanos. De este modo, el llamado «mundo progresista» ha terminado ausente en los temas del rol de las FF.AA. en la política del Estado, no se interesa por participar en las relaciones entre civiles y militares, y en su inconsciente colectivo, el Ejército solo es preocupación y noticia cuando se habla de violaciones a los derechos humanos. De esta situación hay conciencia en algunos sectores, pues, como me lo comentara una autoridad de gobierno, el asunto se ha salido de madre: «se nos puntapeuquizó esta cuestión», me dijo. Esta conversación, de saberla, habría dejado satisfecho a Kast, pues las relaciones entre civiles y uniformados se estarían reduciendo a una sola alternativa: o un militarismo de derecha o un «civilismo progresista» al que las Fuerzas Armadas y la política militar ya no le interesan. Este dilema, que puede ser una estrategia electoral exitosa para corrientes extremas, es una proyección nefasta para el futuro político del país.

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