Manos sin sangre

Por Joaquín García  – Huidobro Correa

Tenemos suerte los chilenos, la Corte Suprema confirmó de modo unánime la condena del general Orozco, y se hizo ingresar esta semana al militar a Punta Peuco. Es bonito saber que consideran que incluso una persona de 91 años con principio de alzhéimer, según señalan algunos informes médicos contrarios al parecer del SML, se haya encontrado en reales condiciones de defenderse en un proceso de esta complejidad, y estén totalmente convencidos de que su sentencia cumple con el debido proceso, una garantía que nuestro ordenamiento jurídico reconoce hasta al peor de los criminales.

Contamos con otros motivos de orgullo. Nuestra PDI llevó al preso a Punta Peuco en pijamas; defecado, dicen sus familiares. Qué lástima que su estado mental le impida darse cuenta cabal de la situación. Como a nadie le gusta pasearse en esas condiciones, el general Orozco habría experimentado una profunda humillación, para regocijo de algunos. Pero probablemente no se dio cuenta. Nadie podrá acusar al Estado chileno de haber sometido a una persona humana a un trato cruel y degradante.

Qué maravillosos somos los chilenos. Nuestro sentido de justicia no se deja manipular por argumentos capciosos. Según la encuesta Cadem, el 63% de los ciudadanos considera que es perfectamente justo que se nieguen beneficios carcelarios a los militares que padecen una enfermedad grave, sufren una enfermedad terminal o tienen una edad muy avanzada. Es una suerte que tengamos ese alto sentido de moralidad, tan elevado que incluso criticamos al Dr. Orozco (un hombre de izquierda), o al padre Montes, cuando nos advierten que estas cosas están mal.

Pero no basta con estos motivos de orgullo, porque también está la Presidenta Bachelet. Como ella es una buena persona, seguramente se ha sentido tentada a recurrir al indulto, para corregir con su buen criterio estos casos dramáticos. Se le habrá pasado por su mente la importancia que tienen para un país los gestos de grandeza, y la inmejorable posibilidad de dar un ejemplo de sentido patriótico al estilo de Nelson Mandela; precisamente ella, que ha sido víctima de injusticia. Pero no. Hasta ahora, ha sabido resistir estoicamente los impulsos de su buen corazón, que la llevarían a tener con otros la clemencia que nadie tuvo con su padre.

A algunos nos acompañará toda la vida la pena por lo que pasó en nuestro país en el último medio siglo. Nos gustaría haber sido más diligentes para informarnos y haber contribuido, al menos un poco, a mitigar el dolor de unas personas que, aunque en algunos casos no eran del todo inocentes, merecían otro trato. A buena parte de nuestra izquierda, en cambio, parece que no le entran balas.

Todo esto es muy raro, y muestra que también entre nosotros se aplica la vieja tesis de Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal: para hacer o permitir cosas horribles no hace falta tener los ojos encendidos por la furia ni echar espuma por la boca. También la buena gente, como nuestros jueces, nuestra Presidenta, o ese 63% de los chilenos de la encuesta Cadem, que a esta hora están tomando pacíficamente su desayuno familiar, esa gente que nunca ha matado una mosca, esas personas iguales o mejores que nosotros, pueden hacer o permitir cosas innobles; pueden negarse a oír la voz del padre Montes que ayer los defendió, y hacer oídos sordos ante las palabras de Cristián Precht, Héctor Salazar, Josefina Guzmán, Tucapel Jiménez y esas pocas personas de izquierda que, con gran costo personal, se han atrevido a pedir un poco de humanidad.

¿Cómo puede suceder esto? Para ensañarse con un viejo de 91 años no hace falta mancharse las manos con sangre. Y precisamente el carácter incruento del acto hace más difícil el arrepentimiento.

Quizá yo sea un nostálgico, pero debo admitir que entre una izquierda y la otra, me resulta ciertamente más cómoda la actual, pero me parece más noble la del MIR o el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Ellos preferían arreglar las cuentas pendientes sin sonrisitas, subterfugios ni eufemismos, sino con un par de balazos. Si algún día me matan, no lo hagan como con Orozco, háganlo como con Guzmán.

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