Dos visiones de sociedad en juego

Por Nicolás Ibáñez Scott

Todo parece indicar que no tenemos un consenso acerca de qué tipo de país queremos legarles a las generaciones futuras.

La aspiración de llegar a ser un país plenamente desarrollado, que ofrece oportunidades donde todos los ciudadanos ganan en dignidad y prosperidad, no es la visión compartida que una vez tuvimos.

Esta elección no va a ser un proceso donde se diriman las propuestas y los equipos más aptos para tomar la próxima posta en un ciclo virtuoso de continuidad y cambio, propio de una sociedad democrática y civilizada.

Hay esencialmente dos visiones de sociedad en juego que conducen a estilos de vida muy diferentes y a resultados diametralmente opuestos.

Por un lado, la opción «garantista», que pone el énfasis en las seguridades por sobre las oportunidades: llegar a ser un país desarrollado plenamente, con el esfuerzo y responsabilidad que eso implica, no es lo relevante. Perseguir el ideal de una sociedad más «justa» es lo que supuestamente movería a los corazones. Que el país decaiga, que la ciudadanía tenga que someterse a los dictados del Estado, que se genere dependencia, que sigamos siendo parte de la mediocridad latinoamericana, es secundario. El bien común es el bien de «la sociedad». La primacía la tiene la sociedad y el individuo debe supeditarse a los dictados de los que saben qué es mejor. Se propone una nueva Constitución para impulsar una sociedad nueva.

Por otro lado, está la opción desafiante, que pone el énfasis en las oportunidades que genera un país pujante, con un Estado moderno al servicio de la ciudadanía, que focaliza su accionar en abrir oportunidades sin menoscabar la dignidad de las personas. El foco es la superación individual para cambiar la realidad concreta que enfrenta cada ciudadano. El bien común es el bien de cada cual, obtenido en sociedad. La primacía es la persona y el ejercicio de su libertad responsable en un marco de orden y respeto donde, frente a la ley, somos todos iguales.

Era dable suponer que la esforzada clase media chilena iba a juzgar las experimentaciones de la Nueva Mayoría de una manera más crítica que lo que pasó en la primera vuelta.

La idea de profundizar la suplantación de un modelo supuestamente mercantilista e individualista que sería propio del llamado «neoliberalismo, por un concepto colectivista que ofrece garantías de justicia social (aun cuando implique desempolvar viejas teorías que solo producen miseria), es una corriente que, al parecer, ha ganado adeptos. ¡La fuerza de los jóvenes del Frente Amplio, más radicales que la Nueva Mayoría, con su llamado a «…cambiar las estructuras desiguales de poder en Chile… de crear un país distinto… con una política distinta…» es una realidad a tener muy en cuenta!

Este contexto revalida la importancia de la política e impone una triple tarea; a saber: instruirnos mejor acerca de lo que está en juego; dejar la pasividad y pasar a ser ciudadanos comprometidos; definitivamente salir a votar en masa por Sebastián Piñera, quien, junto a un equipo experimentado, encarna un programa que conduce a un Chile más libre, más digno, más próspero y en paz.

¡Viva la política!

 

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