Chile: Ni tan a la izquierda, ni tan a la derecha….

Por Roberto Hernández Maturana

La última elección presidencial y la contundente victoria electoral de Sebastián Piñera, ha hecho preguntarse a muchos chilenos si somos un país mayoritariamente cargado a la izquierda o a la derecha…

Llama la atención que muchos de nuestros políticos… especialmente algunos jóvenes que nos dicen que vienen a renovar la política…, no se hayan percatado que hace un tiempo, los chilenos estamos saliendo de esos viejos esquemas  guiándonos mas bien por nuestra propia libertad.

Marta Lagos, directora de Mori Chile, señalaba ya el año 2013 que “Chile es el país de América Latina más desideologizado: 38% de la gente no se ubica en la escala izquierda-derecha, es decir, cuatro de cada diez chilenos no se identifican ni con la derecha ni con la izquierda». Manifestaba entonces que  eso decía relación con la no participación en el sistema de partidos y con el sistema binominal que según ella «había estigmatizado a la izquierda y la derecha como incapaces de solucionar los problemas de la gente”.

Chile con distintos gobiernos, unos con mejores resultados que otros (algunos bastante deficientes), sigue siendo un país que ha elevado sus índices de crecimiento económico, aun cuando persiste una enorme brecha entre quienes se perciben como pobres y los más ricos. Según un Informe Latinobarómetro del mismo año 2013, nuestro país se evidenciaba entonces como uno de los más desideologizados de la región, ya que sólo cuatro de cada diez chilenos se identificaban entonces políticamente con un sector de las izquierdas o derechas tradicionales.

Hay concepciones y autopercepciones que el tiempo naturalmente parece ir borrando lentamente. Los chilenos parecen comprender sobre las limitaciones de nuestros recursos y los paisajes privilegiados que no hemos sabido aprovechar; hemos dejado atrás con realismo aquello de que nos encontramos «ad portas de alcanzar el desarrollo,» aun cuando sigue siendo una meta deseable. Los chilenos en general nos definimos como gente trabajadora, esforzada y muchas veces defraudada y subvalorada.

Abundan hoy rasgos de profunda despolitización.  Se evidencia que la crítica a la desigualdad no viene de la mano con el deseo de instaurar una ideología que vea de manera diferente la forma de relacionarse de los ciudadanos con sus autoridades. Más bien persiste entre los chilenos un cierto desprecio por sus instituciones y a la política.

El identificarse con ser de derecha o de izquierda parace ser más bien un obstáculo que limita tus decisiones de voto y parece ser fuerte la percepción de que las injerencias del mundo empresarial están en todo lo relacionado con el quehacer diario de los chilenos, lo que se mezcla con la percepción de que las ideologías no valen. Hoy hablar en nombre del pueblo no significa nada y la dicotomía dictadura/democracia ya no describe la realidad chilena actual.

De este modo, la política formal ya no parece aceptable y no evidencia ninguna efectividad para la vida cotidiana de los ciudadanos, dudándose de su capacidad de generar cambios reales. Por otra parte, se ha hecho evidente que los movimientos sociales no han logrado esa relevancia que en un principio le asignábamos, asociándoseles más bien con violencia, destrucción y daño hacia lo que otros, es decir todos los chilenos, han logrado construir día a día con tanto esfuerzo.

Pareciera ser que los ciudadanos de esta larga y angosta faja de tierra ha llegado a concluir que mas que la protesta y la molestia social evidenciada en acciones violentas o contestatarias (al menos por ahora), será  la suma de nuestras pequeñas acciones diarias lo que tendrá que generar algún efecto positivo las  que deberán ser incrementadas por las nuevas generaciones,  concluyendo después de todo que aunque el modelo no esté tan bien y necesite algunos cambios, finalmente el consumo y las posibilidades que ofrece tampoco está tan mal.

Pareciera que la mayoría de los chilenos apuesta hoy por un estado que genere oportunidades, un Estado moderno al servicio de la ciudadanía, que dé centro de gravedad en abrir oportunidades a todos los chilenos, sin menoscabar la dignidad de las personas. La ciudadanía al final del día parece entender que la superación individual para cambiar su propia realidad actual es el eje de su propia vida y la de su familia, siendo el derecho de poder ejercer responsablemente su propia libertad en un marco de orden y respeto donde, frente a la ley, somos todos iguales la única forma donde podremos alcanzar la mayor forma de satisfacción con nuestras vidas.

Queda aún por cerrar las últimas heridas del pasado, entender que nuestra historia no comenzó el 2017, sino que fue forjada día a día, y que cada momento tuvo un contexto que hoy no podemos juzgar sin estar permeados por lo que la historia no ha contado, sino susurrado a la oreja izquierda…. Quizás es tiempo de que todos los chilenos comencemos a escuchar con ambos oídos …

 

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