Recuerdo de un veterano de tres guerras

Por Bruno Vidal, The Clinic. 23 de febrero de 2018

En estos tiempos aciagos, tan funestos para la República, de catervas maliciosas enseñoreándose en la política y en los poderes públicos. En estos tiempos de ilícitos constitucionales por doquier, de prevaricadores, de filisteos mugrientos haciendo nata en la propia catedral. En estos tiempos de pusilánimes cabrones al cateo de la laucha, de burdeles camuflados en la farándula de la tele. En estos tiempos de invertidos a granel tratando de joder la cachimba en el mando de la nación, de jetones fuleros aprovechándose del pánico en la Bolsa de Comercio, de malandras sacando provecho de la tragedia de los detenidos desaparecidos. En estos tiempos, digo, vale la pena destacar la figura señera de don José Miguel Varela Valencia. Un hombre de valía suprema, hombre de leyes, hombre de armas, de fructíferos empeños, hombre de familia, de letras, hombre curtido en los magnos acontecimientos de la historia patria: la Guerra del Pacífico, la Pacificación de la Araucanía, la Guerra del 91.

Supimos de él a través de un libro de memorias inéditas auspiciado por la Academia de Historia Militar y preparado por don Guillermo Parvex. Lo entrañablemente llamativo de “Un veterano de tres guerras”: la enorme capacidad de don José Miguel de ofrecernos con llaneza y ternura viril lo ocurrido en esos campos de batalla. En lo personal, en numerosos pasajes se me han llenado los ojos de lágrimas al conocer con tanta exactitud los hechos sublimes de la Guerra del Pacífico.

Nos cuenta de su partida al norte dejando atrás amoríos y familia. Tiene 22 años, lo inspira la patria, de veras el hombre es un hidalgo de viejo cuño. En vísperas de la primera batalla, ha rezado y confesado junto a sus compañeros de armas en la misma intemperie del desierto, se ha encomendado a la Virgen del Carmen, narra la angustia de su persona y de su amado corcel Carboncillo.

Los batallones son bendecidos con el agua de Dios por los párrocos castrenses en el instante supremo de desenvainar el sable reluciente enfrentando al cholo enemigo. Don José Miguel con su pluma se afana en el detalle. La peripecia se borda con lujo escénico. Cómo no vibrar cuando nos habla de peones analfabetos que se acercan a su condición de letrado para confidenciarse en el recado, en el sentimiento al ser querido, y esos mismos hombres bregando por la patria son sacrificados en la penuria. Algunos, para no morir de sed en esos parajes desolados, beben su propia orina con sal; otros, por no precavidos, son envenenados vilmente en la fonda peruana; y aquellos desprovistos de municiones van cayendo desguarnecidos.

La anécdota de don José Miguel como encargado de inventariar los libros de la biblioteca de Lima incautados por Chile, y de su trato personal con Ricardo Palma, es finísima. El escritor y militar peruano trata de esconder los mejores libros para evitar su partida a Chile, y don José Miguel, durante la noche, allana los cajones. Ahí están los mejores, y nos indica que jamás reprendió al intelectual adversario por su legítima pillería. El escenario se relata de manera magnífica en sus alternativas más insignificantes: los sobresaltos de los soldados, la embriaguez del combate, el galope de los caballos, la camaradería, la sutil coquetería de ponerse camisa, calcetines y calzoncillos limpios antes de la refriega o de echarse esencia para caballeros en la barba.

Su actividad patriótica no se agota en la Guerra del Pacífico. En 1884, con 27 años, es enviado en comisión de servicio a la Frontera. En esa época de la Pacificación de la Araucanía, será testigo de las injusticias cometidas contra los mapuches, a quienes defiende con bravura al grado de ganarse la enemistad de las clases latifundistas, que exigen su destitución. Denuncia con nombres y apellidos a los patanes de la época (los Bunster, los Jarpa, los Subercaseaux), que se valen de mil argucias para adueñarse de la buena tierra arrinconando al indio. En esa defensa, el gobierno de José Manuel Balmaceda lo apoya. Y lógico, quisieron dárselo vuelta –asesinarlo de manera vil– en los caminos de Carahue a Temuco. Debió andar escoltado por seis jinetes. El terrateniente Manuel Bunster logra que don José Miguel no sea admitido en el Club Social de Angol. Los retrógrados de Chol Chol lo acusan de favorecer a un puñado de indios borrachos en perjuicio de agricultores pujantes y honrados.

Don José Miguel es hombre muy cercano al presidente Balmaceda, da gusto como lo describe y honra en sus memorias. Desde luego participa en la guerra civil, y muy concretamente en la batalla de Placilla, de donde sale airoso por milagro. La muerte del presidente lo acongoja. Se decepciona de la patria y sus galardones. Los lanza a un canal y exclama a viva voz: “Para qué quiero estas mierdas”. En 1893, cae en sus manos un periódico que anuncia una Ley de Amnistía. Ya no se siente un proscrito, y se encuentra sano con la dicha de haber defendido la Constitución que siempre consideró sagrada.

Podríamos seguir comentando las memorias de don José Miguel. Simplemente, recomendar al ciudadano actual que las lea y advierta que en Chile siempre ha habido gente verdaderamente decente, de genuina formación integral, dispuesta a servir a la patria en forma desinteresada. Es conmovedor saber que murió con la conciencia tranquila. Gratitud eterna a su condición de buen padre de familia.

 

Turismo gratis

Por El Contribuyente, (La tercera Opinión 25 de Febrero de 2018)

MB: “Querido Primer Ministro, muchas gracias por recibirme. Vengo con la intención de estrechar los lazos comerciales entre Chile y Japón”.

Abe: “Nos complace su visita, presidenta. Nos interesa que revisemos en conjunto algunos proyectos que tenemos para desarrollar este año y el próximo”.

MB: “Uf, hay un problema. Resulta que estoy terminando mi período, así que en realidad no tengo mucho que ver con lo que vaya a pasar”.

Abe: “¿No me diga? ¿Y cuándo se termina?”

MB: “De hecho, en dos semanas, fíjese. Usted puede encontrar toda la información en la página web del cambio de mando: triple w, eslach, punto, eslach, punto, hache, te, te, pe…”

Abe: “¿Y de qué vamos a hablar, entonces?”

MB: “Bueno, quizás me pueda recomendar algunos lugares para visitar. ¿Cuánto tiempo le queda a usted como primer ministro?”

Abe: “Mi partido extendió la posibilidad de reelección, así que en teoría podría gobernar hasta 2021”.

MB: “Pero qué envidia, fíjese que a mí la gente ya me está extrañando. Lo dije el otro día en un discurso. Es que en Chile es tan cortito el período que hay que volver una y otra vez. Incluso, mi sucesor es el mismo que estaba antes que yo y yo estuve antes que él y así nos vamos repitiendo el plato”.

Akihito: “Qué enredo. En cambio a mí no me mueve nadie”.

MB: “Esa sí que es suerte, oiga. Es una pena que no tengamos emperatriz en Chile”.

Naruhito: “El problema es para el que está primero en la línea de sucesión. El otro día hablamos sobre eso con el príncipe Carlos. Tenemos un wasap que se llama “Al aguaite”. Antes se llamaba “La paciencia, divina virtud” y también se llamó “No desesperes”.

Abe: “Bueno, ¿piensa quedarse muchos días, presidenta?”

MB: “Nooo, tengo tantas cosas que ordenar. Igual estoy tranquila porque en Chile me reemplaza mi ministro del Interior y allá inventamos un software que se llama “tubicación” y que me permite seguir todos sus movimientos. Porque en mi país también somos súper tecnológicos, ¿sabía?”

Abe: “No lo conozco, pero lo bajaré de app store. Oiga, le tenemos un regalo: es un collage que Naruhito preparó con fotos suyas que las pegó en un papel de arroz. Es un magnífico trabajo que esperamos sea de su agrado”.

MB: “Oh, qué sorpresa. Ven como ya me están echando de menos”.

Legado indeseable

Por José Antonio Guzmán Matta, Empresario

En su afán de hacer perdurar las acciones realizadas por su gobierno, la Presidenta Bachelet ha levantado la idea de un legado que, entre otras acepciones, la Real Academia de la Lengua define como los bienes que deja alguien cercano a desaparecer en su testamento.

Más allá de que la mayoría de sus ideas e iniciativas han sido ampliamente rechazadas durante su gobierno y derrotadas en las recientes elecciones, lo que obliga al próximo gobierno a rectificarlas, lo que ella pretende es declararlas inamovibles. 

Me pregunto por qué yo o el país habríamos de querer recibir su legado. Un legado de estancamiento económico y alto endeudamiento, de falta de autoridad para enfrentar la inseguridad, de aumento de la pobreza e inequidad entre los chilenos, de desempleo y precariedad laboral, de división social, de inconsistencia internacional y tantos otros males que pretende legarnos. Los escasos bienes que deja no alcanzan ni por lejos a compensar los males.

De todo esto se ha hablado y escrito bastante, pero de lo que se habla poco o se omite es de la descomposición moral ocurrida en el país bajo su dirección y bajo el gobierno de su coalición liderada por el PC. Descomposición que se resume en la soberbia fundacional de la retroexcavadora que repudia los acuerdos; en el creciente desprecio por el emprendimiento y el valor del esfuerzo personal para obtener un resultado; en la idea de que todo puede ser gratuito; en el olvido de los pobres; en la precarización de la vida; en la postergación de los ancianos; en el libertinaje de la juventud o la impunidad de la delincuencia, por citar los daños que se me vienen a la memoria y que serán difíciles de revertir.

No quiero y dudo que el país quiera recibir su legado. A otro perro con ese hueso.

 

 

“¡Como te Enfermas, te Mejoras!”

Por Cristián Labbé Galilea

En épocas estivales todo nos parece diferente. Cualquier ciudad con la mitad de sus habitantes, sin congestión, sin protestas, (léase sin destrozos), sin “los señores políticos” discutiendo por “sí o por no”, es una buena oportunidad para pensar “relajadamente” en las cosas que en el último tiempo han alterado nuestra paz social y la sana convivencia, como por ejemplo: “la cuestión mapuche”.

En Isla de Pascua -con cuyos habitantes me une una vieja amistad- y en el medio de la aldea ceremonial de Tahai,hicimos el ejercicio con mis amigos “rapa” y abordamos -desde el ombligo del mundo- la problemática de los pueblos originarios, su legislación, su integración, su “aculturización”, la discriminación e infinitas etcéteras…¿Qué mejor lugar para tratar el tema? ¡Ninguno!

Con un marcado acento pascuense uno de los presentes preguntó… ¿qué pasaría si los rapas tomáramos la misma actitud que los hermanos mapuches? Las miradas me apuntaron inquisidoramente, ¡se armó la tole tole!

A pesar del barullo inicial, donde todos opinaron, al final concluimos que la actitud del pueblo rapanui, con respecto a sus demandas, ha sido siempre firme, y, aunque no han faltado las convulsiones, las tomas y las amenazas de independencia, en todo momento, ha primado el diálogo.

Conocedor de lo que piensan los isleños de los continentales (no siempre positivo), aproveché para sumar puntos a la causa de la unidad nacional y les di todos “los créditos” a lo que se había dicho… “la isla ha logrado mucho con su actitud firme y realista, así cada vez va a lograr más”.

Sin dar pie a que me interrumpieran, cosa que veía venir, remarqué el carácter de “unitario” de nuestro país; recordé a mis “originarios” interlocutores que, si algo nos ha caracterizado históricamente, es tener “una nación”(personas que ocupan un territorio soberano, que tienen una tradición común y que la historia ha unido a través del tiempo), surgida de la fusión, el mestizaje y la inclusión,tanto de pueblos originarios, como de pueblos alóctonos (venidos de otras partes).

Recordando que el “Acuerdo de voluntades” (anexión de la isla al estado chileno), entre el rey rapanui Atemu Tekena y el marino chileno Policarpo Toro, se firmó recién en 1888, supuse que no se tenía conciencia de que por: nuestra condición geográfica; haber sido Capitanía General (no Virreinato); el rápido mestizaje; un proceso político caracterizado -en términos generales- por la estabilidad y la seriedad de sus gobiernos (decenios, liberales, radicales, democráticos, etc.), nuestro país había desarrollado -a través del tiempo- una cultura que, respetando la diversidad, nos había hecho únicos y diferentes.

Por lo mismo, resalté que en Chile existían varios pueblos originarios, entre amerindios y polinésicos, -mapuches, aimaras, atacameños, rapanui, kawesqar, yaganes- , todos mestizados con pueblos alóctonos que -hace muchas generaciones- eligieron nuestro país para vivir: españoles, franceses, alemanes, sirios, palestinos, italianos, croatas… de diferentes credos y posiciones políticas, y que hoy todos -manteniendo sus raíces culturales- se sienten “más chilenos que los porotos”.

El pascuense más anciano, a quien todos llamaban “Koro” concluyó: “es la politiquería la que nos saca de quicio… Ponen en jaque la gobernabilidad y la unidad (territorial y humana) de un país entero azuzando a minorías fanáticas. Sino quieren que esto se repita en el norte altiplánico, en la isla o en cualquier otra parte del territorio, tienen que ser los propios políticos los que solucionen este problema, mis ancestros decían…” ¡como te enfermas… te mejoras!

La falsa aceptación a Daniela Vega

 Por Francisco Méndez , columnista diario digital El Dínamo

Todos quieren sacarse fotos con ella. Quieren aparecer a su lado y aplaudirla cuando camina frente a sus ojos, para así mostrarse liberales, inclusivos y sumamente modernos. Pero no precisamente porque entiendan quién es y lo que significa la transexualidad. Sino porque repiten un par de frases bonitas para así regodearse en este mundo que, según insisten hasta el hartazgo, “ha cambiado”.

Por estos días no ha faltado el twittero que quiere lucirse como un ser tolerante y democrático aplaudiendo a Vega sin entender muy bien lo que está diciendo. Se ha visto a varios hablando de la “libertad de elegir”, como si la sexualidad fuera un producto que se transa en la bolsa y, por ende, todos tenemos derecho a acceder a la forma y la manera que queramos. Todo esto, ignorando que el verdadero acto de libertad de Vega ha consistido en poder mostrarse al mundo, al igual que nosotros, como lo que no eligió ser. Porque la sexualidad no se elige.

Pero todo esto no se dice. O si se dice es muy a la pasada. Lo importante es entrevistarla, hablarle como si tuviera una enfermedad, con una condescendencia muy propia de este nuevo progresismo neoliberal que esconde su discriminación detrás de un lenguaje puritano, higienizado y carente de cualquier rastro de provocación. Todo para así contarnos que las desigualdades y las diferencias de trato hacia mujeres, homosexuales o transexuales se solucionaron mágicamente cuando comenzamos a hablar distinto y a subvalorar las ocultas relaciones de poder que, por mucho que se maquillen, no han desaparecido.

Esto lo digo porque pareciera que la politiquería correcta es tal vez la que más le ha hecho daño a las causas que dice defender. En vez de cambiar estructuras y así establecer cambios reales, lo cierto es que lo único que ha conseguido es hacer que los sujetos que están llamados a cambiar las cosas terminen bailando al son del ritmo de la oficialidad y no al contrario, como se cree.

Porque, ¿es inclusión convertir a una persona en estrella solamente por ser una mujer trans, cuando todavía la institucionalidad nacional no la reconoce? ¿No es acaso una manera bastante actual de discriminar haciendo como que se acepta lo que realmente aún no se entiende? Me parece que sí. Que convertir a una persona en especial por ser lo que es, es precisamente discriminar.Y eso es lo que hace la televisión y la prensa al incluir a Vega, sin que muchos de los que la entrevistan hayan siquiera visto la película en la que actúa.

No quiero que se malentienda, con esto no pretendo subvalorar a esta profesional. Sólo me parece que muchas de las portadas en las que aparece, junto a los premios que ha ganado, tiene que ver más con una estrategia publicitaria de ciertas organizaciones artísticas que con dimensionar realmente el trabajo de la chilena. Lo mismo, creo, pasa con los medios de comunicación chilenos que la invitan en galas y todo evento posible.

¿Está mal tomarse los espacios y las oportunidades que se le presentan? Claramente no. Es una necesidad. Es políticamente importante tener conciencia de lo que se es y mostrarlo en cualquier escenario. El problema parece ser que esos espacios, insisto, siempre volverán la causa a su favor, sin que realmente haya ningún cambio sustancial. Es una falsa aceptación, bastante estética, florida y llena de halagos y parabienes. Nada concreto.

 

Querellas políticas

Axel Buchheister Rosas, Abogado

Un caso de texto para ejemplificar lo que no se debe hacer y que sólo sucede en Chile. Los países avanzados han establecido sistemas de persecución penal que suelen compartir una característica: son autónomos del poder político. Con ello se ha buscado que el aparato persecutor penal no responda a criterios políticos ni sea usado por el poder de turno para sus fines, que siempre son políticos. Como consecuencia, los gobiernos no pueden ejercer la acción penal.

En teoría en Chile es así, ya que la Constitución establece que un organismo autónomo, el Ministerio Público, “ejercerá la acción penal pública”, pero se dejó abierta una puerta, ya que agrega que “el ofendido por el delito y las demás personas que determine la ley podrán ejercer igualmente la acción penal”. La redacción parece querer resguardar el derecho de los afectados, porque apunta a la víctima y otras personas, pero como en la doctrina jurídica el Estado es una persona, por ahí se han colado todos los órganos públicos para ejercer la acción penal.

¿Por qué puede querellarse una entidad estatal o el gobierno, si existe un órgano público especializado y mandatado por la Constitución para hacerlo? Lo cual, desde luego, importa duplicar esfuerzos y gastos a nivel público. La respuesta es una sola: por motivos políticos. Cada vez que hay un caso que impacta al público, los gobiernos se querellan para demostrar que están haciendo algo, cuando la más de las veces las cosas han acontecido porque no han hecho lo que debieran: gobernar efectivamente y resolver los problemas. Querellas que atentan per se en contra de la autonomía al Ministerio Público, pues implican sostener desde el inicio que no hará bien su tarea y que requiere de otro que la haga.

Y que con frecuencia son voladores de luces que no han logrado nada, como se ha sido manifiesto en La Araucanía. Más aún, los indicios existentes apuntan a que quedan sin movimiento, lo que estrictamente es lógico, pues las facultades investigativas las ejercen exclusivamente los fiscales. Pero más grave, es que a veces se han usado para que los gobiernos le quiten el piso al Ministerio Público, retirando las acciones deducidas o recalificando delitos, para enviar un mensaje político a los jueces llamados a resolver, lo que atenta contra la autonomía del órgano persecutor y la independencia de los tribunales. El colmo de todo esto ha sido que los fiscales y los abogados del gobierno terminaron echándose la culpa frente a los jueces, mientras que pareciera que las policías se mandan solas. Un triste espectáculo institucional.

Making a Murderer

Por Roberto Hernández Maturana

Veo en el diario El Mercurio del último domingo que viene a Chile Jerome Buting, famoso abogado norteamericano que defendió a Steven Avery, protagonista del documental de   Netflix de gran éxito en ese país, “Making a Murderer” (construyendo un asesino). Se trata de un ciudadano de Wisconsin que estuvo 18 años encarcelado por una violación sexual y finalmente una prueba de ADN demostró du inocencia. Ya libre, lo acusaron del violento homicidio de una joven, y nuevamente fue encarcelado. Netflix  lo siguió 10 años para mostrar en una larga serie – que movió masivamente a los televidentes a pedir al gobierno su indulto –   sobre como un fenómeno de una supuesta manipulación policial y judicial en la localidad de Manitowoc puede “fabricar un asesino”. El abogado estadounidense invitado por la Defensoría Penal Públics (DPP) chilena a participar en un seminario que se efectuará en abril en Santiago, adelantó en una entrevista a una revista que publica nuestra DPP, que a veces piensa que la mayor parte de los norteamericanos “estarían dispuestos a aceptar condenar a 10 personas inocentes en vez de dejar libre a un terrorista”. Respecto a nuestro país manifiesta que “En Chile el respeto a la ley se vería progresivamente puesto en duda mientras más gente encarcele el gobierno sin tener la convicción para hacerlo, cuando se debe presumir la inocencia. Restablecer la presunción de inocencia es un problema planetario que creo, deberán enfrentar todas las generaciones” concluye.

Tiempo atrás vi la serie (es bastante larga), y en el documental se evidencia como la sociedad en su conjunto va “construyendo un caso”, creando una historia en la que estima necesario creer para encontrar luego un culpable donde depositar su rabia y su sentimiento de falla como sociedad, para encarcelar entonces a Steven Avery y olvidarse del asunto.

Todo ello me lleva a pensar en tantos ex uniformados presos en nuestro país, a base sólo de presunciones, testimonios débiles o vagos, o  “ficciones jurídicas”, como lo reconociera públicamente hace un tiempo  un conocido ex juez, y que han llevado a que muchos ex militares permanezcan encarcelados mediante un procedimiento judicial derogado en Chile en que la “presunción de inocencia” ha sido deliberadamente soslayada, lo que en ninguna parte del mundo sería aceptable. Al respecto el abogado penalista Julián López sostiene en la misma publicación de «El Mercurio» que estamos comentando, que “la presunción de inocencia es un principio fundamental de nuestro sistema procesal penal, donde este principio es una regla de trato de la persona investigada (debe ser tratada basado en la presunción de inocencia), y además es una regla de juicio que supone que nadie puede ser condenado si no se ha acreditado su culpabilidad mas allá de toda duda razonable”.

Ahora cuando termina el verano, y muchos han tenido la gozosa oportunidad de viajar, descansar, salir de la cotidianeidad , solos o en familia, viajando al Norte o al Sur del país, incluso al extranjero, no puedo dejar de recordar a tantos viejos militares presos bajo un sistema injusto, y que aun proclamando su inocencia permanecen encarcelados por una sociedad permeada  por una historia contada desde una sola vereda y que estima necesario, o más cómodo creer,  para encontrar luego un culpable donde depositar su venganza, su rabia y su sentimiento de haber  fallado como sociedad, encarcelando no ya a uno, sino a cientos de ex militares y como en el caso de Steven Avery, olvidarse del asunto. Lógicamente ello no ocurrió con los terroristas de izquierda…, para ellos si corrió el principio de inocencia…, hoy ninguno está preso…

¿Equidad Judicial o la Ley del Embudo?

Por Cristián Labbé Galilea

Comentábamos sobre lo que cada uno leía en verano. Los géneros literarios, los títulos y las recomendaciones, fueron variados. Todos habían leído “Veterano de tres guerras”, el último libro sobre Churchill tuvo varias menciones, al igual que “De animales a dioses” … La conversación apuntaba para largo cuando, de pronto, un asiduo feligrés interrumpió: “…por favor, en qué mundo viven ustedes, si ya no es necesario ir a una librería, basta con leer los diarios, estamos cohabitando al interior de un relato espeluznante, que no me atrevería a clasificar en ninguno de los géneros conocidos…”.

Nuestro letrado contertulio, mezclando casos de terror criminal como el de Emmelyn y el “brujo de Vichuquen”, el de Nabila Rifo, a quien le sacaron los ojos, el de Viviana Haeger, que apareció muerta en el entretecho de su casa, con casos de escándalos políticos como el de Soquimich, Penta, Caval, Girardi, Ominami… o con otros casos de abusos como el de Karadima, el de los hermanos Maristas… por fin aterrizó donde quería llegar: el caso Huracán y sus derivaciones.

Sin darnos tiempo para reaccionar, preguntó: “¿No les parece a ustedes que estamos viviendo sumidos en una realidad más propia de Kafka que de (Alberto) Blest Gana”? Esta situación es absurda, surrealista”. Luego, insistió en que, en todo esto, había un común denominador que debía ser interpretado cuidadosamente… “es la justicia la que está en entredicho… la gente está convencida de que en algunos casos hay “impunidad consciente” y en otros “persecución vengativa”, situación que debiera generar mucha intranquilidad y, sin embargo, reina la indiferencia ante este doble estándar”.

“Literalmente” estuvimos de acuerdo en que la situación no era “una simple comedia de equivocaciones”, sino algo más que eso: era “una enmarañada tragicomedia”, donde se mezclan los elementos trágicos y siniestros, con los grotescos y risibles, dando espacio también para el sarcasmo y la ironía.

El más radical de los presentes agregó: “Nuestra república está en crisis… no hay poder del estado que se salve… el ejecutivo, en la total inacción, el legislativo en el total desprestigio y ahora el poder judicial, ¡ni más ni menos que la justicia!, ¿que nos queda?”.

Después de una larga conversación concluimos que la crisis de confianza en el actuar de la justicia había llegado a límites increíbles: los terroristas sobreseídos; los delitos en la impunidad; los carabineros querellados; las filtraciones de la fiscalía a los acusados; las pruebas manipuladas por los peritos; el cierre abrupto y subrepticio del proceso… En resumen: nadie es culpable, nadie quemó los camiones, nadie hizo nada; en pocas palabras: nadie entiende nada… excepto que el actual sistema procesal y la misma justicia están en entredicho.

Uno de los parroquianos agregó: ”qué distinto es el caso de quienes son acusados en el antiguo sistema de justicia -a decir verdad solo los militares-.

¡Para ellos las penas del infierno!, para los militares no hay debido proceso, no hay igualdad ante la ley; en sus causas las pruebas pueden ser tan febles como “el olor de un perfume” (reconocido 40 años después). Tampoco corre la prescripción como en los casos de SQM, Ominami, y tantos otros”. Luego concluyo diciendo “en nuestro país no hay igualdad ante la ley, aquí hay dos justicias… una permisiva para los terroristas… y otra vengativa para los militares.”

Todo quedo en silencio cuando pregunto: ¿es eso justicia justa? o se trata de “la ley del embudo” ancha para un lado y muy estrecho para el otro… ¿qué dirá el “Observatorio Judicial” que se creó (2017) con la idea de velar por el sano funcionamiento del Poder Judicial y fortalecer el estado de derecho?

 

 

¿Adiós Carnaval? ¿Adiós General?

Por José Antonio Kast Rist

14:15 horas. 10 de diciembre de 2006. No sólo es la hora exacta en que muere Augusto Pinochet. También es la hora exacta en que empieza a agonizar, y luego a morir, la Concertación. Sin quererlo, los jóvenes que bailaron eufóricos frente a La Moneda, rendían también, un último homenaje, a la coalición que los había cobijado en estos años.

Porque digamos las cosas como son: la Concertación se mantuvo 20 años en el poder gracias a Pinochet. No fueron sus políticas públicas, su modelo económico o su ideología expresada en una vistosa teoría. Tampoco sus líderes, dirigentes o la estructura de sus partidos. No, no fue nada de eso. La verdadera razón que mantuvo unida a la Concertación y que posibilitó su permanencia, fue la vigencia de Pinochet como un recordatorio de un pasado glorioso, y a la vez horroroso de nuestra historia. Glorioso, porque evocaba la instauración del régimen político y social más exitoso de nuestro país y el responsable del milagro económico chileno. Horroroso, porque era una muestra viva de la profunda división y violencia de la Unidad Popular, junto con los crímenes horrendos que algunos, no todos, cometieron durante el régimen militar.

¿Qué hizo la Concertación durante 20 años? Administrar un modelo. No fue una coalición creativa ni impuso avances político-institucionales concretos. Al contrario, fueron las innovaciones de la Concertación las que hicieron mucho daño al diseño original del modelo, afectando desde la educación a la salud; del clima de negocios al transporte público; de las pensiones hasta los cimientos culturales del mismo. El único resultado tangible de la creatividad concertacionista en dos décadas, fue el aumento exuberante del aparato estatal, de la mano de un incremento significativo de los impuestos. Nada más.

¿Cómo se sostuvo entonces? Gracias a Pinochet. Era el comodín de cada ocasión, ante cada complejidad. Fue lo que permitió unir a comunistas con demócrata cristianos, a liberales con conservadores de izquierda. La permanente invocación de la figura de Pinochet permitió blanquear la incompetencia, ineficacia e incluso la corrupción de los Gobiernos de la Concertación. Fue el salvavidas permanente, y a la vez, la lápida definitiva de su organización. Precisamente, parafraseando a Silvio Rodríguez, la Concertación murió como vivió. Fue gracias a Pinochet que llegó al poder y pudo sobrevivir 20 años. Con su muerte, el destino de la Concertación estuvo sellado para siempre.

Lo que viene después no es relevante para explicar su historia. Sebastián Piñera ganó por el desgaste terminal de la Concertación y su Gobierno -nuestro Gobierno- cometió el error fundamental de confundirse y de intentar alzar banderas que le eran ajenas, perdiendo el apoyo de su base. La centroizquierda ya había perdido el elemento articulador de su existencia y si los chilenos ya no querían el producto original, menos iban a apoyar una copia, con dirigentes de derecha que aparentaban ser progresistas y otros que se sacaban fotos con Salvador Allende. Fue esa confusión la que posibilitó la vuelta transitoria de la izquierda.

La Nueva Mayoría, no fue otra cosa que un desesperado arrebato final. No sólo porque fue un entuerto que mezclaba a la DC y al PC, sino que principalmente, porque con su retroexcavadora intentaron derribar los cimientos que posibilitaron el éxito de Chile. Con sus múltiples reformas y desprolija implementación, terminaron sellando la desconfianza y el rechazo una mayoría de chilenos que no creen en sus promesas populistas ni confían en sus pactos instrumentales.

La noche del 17 de diciembre de 2017, una mayoría contundente enterró definitivamente a la Concertación. Con un mensaje claro: queremos una derecha verdadera, sin complejos y que trabaje por el bien de Chile, no solo por un grupo de chilenos. Se manifestó con un rechazo contundente a las reformas ideológicas; un llamado explícito a terminar con los operadores políticos; y un clamor desesperado por la recuperación del crecimiento, el empleo y la inversión que posibilita ese progreso. Un apoyo firme y decidido a la responsabilidad, eficiencia y el esfuerzo, rechazando el populismo y las falsas promesas.

Fallecido Pinochet, los chilenos perdieron el miedo que alimentaba la propia Concertación para asegurar su existencia. Fue esa pérdida del miedo, en definitiva, la que ha posibilitado el triunfo de la derecha en dos ocasiones y la que encierra la fórmula mágica de nuestra futura subsistencia. Si la nueva administración gobierna con nuestros principios, la coalición de centroizquierda no tiene opción de volver al Gobierno. Si la derecha, confía en sus ideas, el progreso de Chile podrá seguir aumentando gracias a un modelo de libertad y oportunidades que ha traído enormes beneficios a todos los chilenos.

 

Un cuento Chino

Columna  de Joe Black

No es novedad -tampoco noticia, por lo tanto- que el tenista Marcelo «Chino» Ríos deteste a los periodistas. Su relación con los reporteros siempre fue equivalente a la que tienen los perros con los carteros. El año pasado leí en un diario gringo que durante 2016, casi siete mil «postmen» fueron mordidos por canes. Es tan común, que ya existen estadísticas al respecto.

A fines de los 90, un humorista de televisión tenía una rutina en que repetía una y otra vez la frase «no te deseo mal, pero ojalá…». Y luego completaba ese mismo prefijo con bromas de mal gusto o de humor negro.

«No te deseo mal, pero ojalá se te acabe el papel higiénico en un baño público». «No te deseo mal, pero ojalá tu cajita feliz salga sin juguete». Cosas así.

El que más gracia me causaba era ese que decía: «No te deseo mal, pero ojalá estudies periodismo y el primer entrevistado que te toque en la práctica profesional sea el ‘Chino’ Ríos». Es un tema viejo.

Pero obviamente eso no justifica su ordinariez de esta semana, cuando citó una vulgar y pornográfica frase de Diego Maradona para invitar a los periodistas a que se sometieran ante él a un acto que en el bajo mundo se considera una suerte de «humillación sexual».

El tema dejaba muy mal a Ríos y merecía el reproche de todos por su mal gusto y su estupidez. Pero las cosas fueron agarrando vuelo en las redes sociales, y el hecho se trasladó a la política, donde varios recordaron el ataque del tenista a Alejandro Guillier (¡un periodista!, obvio) y su consecuente apoyo -acaso por contraste- a su contendor Sebastián Piñera en la pasada campaña presidencial. Desde la izquierda le dieron duro al «Chino» e invocaron principios como el respeto a la libertad de expresión.

El asunto escaló hasta el absurdo cuando a alguien se le ocurrió decir que el gobierno entrante le realizaría un homenaje en La Moneda a Marcelo Ríos para celebrar los 20 años desde que llegó a ser el número uno del tenis mundial. Fue tirarle bencina a la hoguera: para las hordas sesgadas que habitan las redes sociales, el «Chino» Ríos, con su prepotencia, su rotería y su poco respeto al ejercicio del periodismo, era el niño símbolo del piñerismo, que sería agasajado con una fiesta pública organizada por el gobierno (hecho que a poco andar fue desmentido, ya que se trataría de una exhibición comercial organizada por privados).

Y entonces, inesperadamente, apareció un famoso periodista deportivo a plantear que la futura ministra del Deporte, que es periodista, al organizarle el evento al «Chino» Ríos, en el fondo le estaba dando en el gusto y cumpliendo su deseo de «complacerlo/humillarse sexualmente».

Esa imagen fue la que a mí más me impactó de todo el episodio. Porque el comentarista convirtió una grosería callejera, lanzada al voleo contra todo un gremio, en un insulto personal contra una persona con nombre y apellido; contra una mujer, además. El remache de Ríos no iba contra la futura ministra, sino que fue el periodista el que desvió la pelota hasta el rostro de ella. Lo consideré violento. Me quedé pensando si sería violencia de género.

Y entonces me dediqué a mirar las reacciones en las redes sociales, y me pareció que a muchas de las mismas personas que se quejan contra la violencia de género les dio lo mismo la agresión contra la futura ministra del Deporte, y solo se preocuparon de la agresión contra los periodistas.

Y entonces me quedé pensando en que en algunos casos notables, la lucha contra la violencia de género no es más que un cuento chino.

La crueldad no es castigo

José Miguel Vivanco, Director Human Rights Watch

El gobierno presentó al Congreso un proyecto de ley que limita la posibilidad de liberar de forma anticipada a los que fueron condenados por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. A primera vista, el proyecto pareciera ser una buena idea para garantizar justicia. Pero no lo es.

De aprobarse, resultaría más difícil que los condenados por violaciones graves de DD.HH sean liberados antes de cumplir la pena, aun cuando sufrieran enfermedades terminales. En la actualidad, en Chile, es posible el indulto humanitario a presos con condenas de presidio perpetuo cuando enfrentan un “inminente riesgo de muerte” o sufren una “inutilidad física” tan grave que “le(s) impida valerse por sí mism(os)”.

El proyecto de ley suprimiría esta opción para todos los condenados a presidio perpetuo al igual que por crímenes de lesa humanidad. Y, por otra parte, limitaría la reclusión domiciliaria para los condenados por crímenes de lesa humanidad que sufran enfermedades terminales. Para ellos, la prisión domiciliaria solo sería posible si expresan “arrepentimiento” por los delitos, por el dolor ocasionado a las víctimas y por “el contexto” en que tuvieron lugar los abusos.

Un aspecto positivo del proyecto es que al suprimir el indulto humanitario limita las posibilidades de manipulación política, pues transfiere la facultad de liberar de forma anticipada a condenados por crímenes de lesa humanidad del Poder Ejecutivo a los jueces.

Esta medida pareciera inspirada en la reciente experiencia en Perú, donde el presidente Pedro Pablo Kuczynski le otorgó un indulto humanitario a Alberto Fujimori. Fujimori cumplía una condena de 25 años de prisión por su rol en ejecuciones extrajudiciales, secuestros y desapariciones forzadas. Su liberación provocó, con justa razón, indignación dentro y fuera de Perú. Su indulto no fue humanitario; fue parte de una vulgar negociación política con un sector del fujimorismo para permitir que el Presidente Kuczynski se librara de un inminente juicio político.

Pero, además de limitar las manipulaciones políticas, el proyecto de ley establece condiciones para la liberación de presos con enfermedades gravísimas que son un atropello a la dignidad humana. Forzar a los reclusos que padecen enfermedades terminales a arrepentirse para ser liberados podría constituir un trato cruel, inhumano y degradante. Así, la propuesta legislativa parece olvidar que todas las personas, incluso los responsables por crímenes atroces, merecen recibir un trato justo y digno durante su detención.

Conforme a los estándares internacionales de derechos humanos, las condenas que son insuficientemente severas o manifiestamente inadecuadas a la luz de la gravedad de los delitos, no constituyen justicia genuina y privan a las víctimas de la justicia que merecen. Sin embargo, siempre que verdaderamente se imparta justicia, no hay ninguna disposición del derecho internacional que prohíba beneficios -como la libertad condicional o el arresto domiciliario- a los condenados por graves violaciones a los DD.HH., cuando estos beneficios se otorguen mediante un proceso justo y trasparente.

Son muchas las situaciones en las cuales las autoridades tienen la obligación de liberar de forma anticipada a presos que cumplen largas penas de prisión cuando sufren enfermedades graves.

Si lo que se pretende es avanzar en la lucha contra la impunidad y fortalecer el estado de derecho, entonces el Congreso tiene la responsabilidad de corregir este preocupante proyecto de ley. De lo contrario, se estará confundiendo la crueldad con el castigo.

Triste espectáculo

Por Héctor Soto Gandarillas, Abogado

Lo ocurrido con la llamada Operación Huracán es especialmente desalentador ya no sólo para las instituciones involucradas sino para el estado de derecho y el país en su conjunto. Varios factores se salieron aquí de control. El más dramático, desde luego, es la sospecha de que la policía uniformada haya fabricado pruebas para imputar a gente inocente y torcer los caminos de la justicia. El Ministerio Público se forjó esa convicción sobre la base de peritajes que juzgó contundentes y tomó la decisión de no perseverar en la investigación. El problema es que Carabineros sigue insistiendo en que no hubo tal manipulación de pruebas y, como la fiscalía no es un tribunal sino un ente persecutor de acciones penales, se supone que tendría que ser la justicia la que finalmente determine cuál de las dos instituciones falló. Mientras eso no ocurra, es comprensible que el gobierno haya manejado el asunto con cautela, no necesariamente, como se ha dicho, con la intención de mediar -porque frente a un delito de ese calibre no hay arbitraje que proceda-, sino básicamente para los efectos de contener el daño a la confianza pública en dos instituciones que son fundamentales para el tinglado de la justicia en el país.

Al margen de estas consideraciones, el episodio, mejor dicho, el escándalo -en una arista ya no tan sustantiva pero que sin duda es importante- ha vuelto a poner en la agenda pública la conveniencia de restituir en las reparticiones del Estado grados de serenidad y prudencia comunicacional que son indispensables para que las instituciones puedan funcionar sobre una mínima base de dignidad. Las deserciones a este principio, movidas generalmente por afanes protagónicos y por una adicción al “faroleo” que mueve a muchos ministerios, jefaturas de servicio y organismos públicos a creer que si no están en los medios sus reparticiones simplemente no existen, ha estado causando estragos en diversas esferas de la vida pública.

A veces estos desbordes son veniales y no tienen mayores consecuencias. Da lo mismo, por ejemplo, que al director de turno de Salud del Ambiente se le ocurra en vísperas de la Semana Santa ir todos los años a tomarle el olor a las cholgas y merluzas del mercado para insistir que ahora la fiscalización sobre los productos del mar será más inflexible que nunca, en garantía -obvio- de la salud de la población. Está bien. Pero no hay cómo tomar en serio el ridículo ritual del caballero de delantal blanco paseándose entre los puestos del Mercado Central. También da un poco de pena el aguerrido funcionario de Transportes que en vísperas de los fines de semana largos ofrece el consabido punto de prensa en el peaje para decir que todo está preparado para la avalancha que se anticipa, no obstante lo cual -claro- es bueno que los automovilistas salgan y vuelvan temprano y sean generosos al calcular sus tiempos de viaje. En corto, la nada misma.

Ciertamente no son estos pasos de comedia lo que más molesta en el incordio entre Carabineros y los fiscales. El problema tiene bastante más fondo. Pero vaya que habría contribuido a orientar a la opinión pública alguna cuota de templanza o de mesura en las declaraciones que han estado formulando por estos días distintos personeros de las reparticiones involucradas. La opinión pública no sólo ha tomado nota de apreciaciones contradictorias y cambiantes. También ha existido un problema de volumen, como si la costumbre de hablar fuerte y golpeado les agregara un plus a las verdades invocadas. A menudo pareciera que las prioridades están, mucho más que en resolver los problemas de seguridad pública existentes, en ganar una hipotética guerra comunicacional cuyos retornos dejan al país donde mismo, si es que no peor que antes.

No hay que ser muy suspicaz para advertir que el frente comunicacional en el trabajo de las policías y del Ministerio Público se ha convertido en un área algo turbia o por lo menos limítrofe de manejos y negocios. Son un poco raros esos programas de televisión que muestran a nuestros carabineros y detectives en la pista de las truculencias de las películas de acción.Es preocupante la cantidad de trascendidos que llegan a los medios de investigaciones judiciales que están en curso sobre actuaciones o pruebas que supuestamente son secretas. Es cierto que a menudo son las partes las que filtran para favorecer sus propias posiciones, pero también se han visto casos donde no faltan elementos de juicio para inferir que los trascendidos provienen de las policías o de los propios persecutores. Hay que reconocer que desde que se puso al frente del Ministerio Público el fiscal Jorge Abbott viene haciendo un esfuerzo atendible por estabilizar el servicio y sustraerlo de la dinámica asambleística que, sobre todo a nivel de redes sociales, en algún momento lo capturó. Pero vaya que queda trabajo por hacer. Al final, para los efectos de la majestad del Ministerio Público, las filtraciones parciales y la opinología asociada a ella son tanto o más perjudiciales que el secretismo y la falta de transparencia.

¿Aprenderá el país algo de esta experiencia? ¿Cuánto le tomará a Carabineros recuperar la confianza si llegan a comprobarse las gravísimas imputaciones formulares, más ahora cuando está en curso la investigación a la impresionante maquinaria de defraudación que estaba enquistada en su organización y que operó durante años? ¿Tiene la fiscalía un plan B si sus acusaciones son erróneas? ¿Qué está pasando que la idea de justicia y estado de derecho se está desvaneciendo en La Araucanía a raíz de la impunidad en que siguen estando los casos de cientos de camiones incendiados y distintos ataques a las personas y a la propiedad? ¿Son las leyes las que se volvieron inoperantes, son las instituciones, son las personas las que están sobrepasadas? ¿Es todo el sistema el que no está a la altura de sus desafíos?

 

La verdad es que ya no queda mucho tiempo para tomar en serio la crisis. Llegó la hora de actuar. Con más energía y menos alardes mediáticos.

 

¿Terroristas Mapuches o Alienígenas?

Por Cristián Labbé Galilea

En esta época visito la Araucanía. En pocos días me empapé de esa peculiaridad de los agricultores… que pareciera que nunca están contentos del todo, siempre hay “por qué llorar”, ¡…mucha lluvia, poca agua, malo el precio, bajo el dólar! Al margen de bromas, en esta oportunidad, también pude comprobar el valor de la mujer chilena, al ver a la señora de un militar sentarse en primera fila, a metros de la Presidente Bachelet, con un lienzo que decía: Libertad a los presos políticos militares. ¡Valiente, Genoveva Sepúlveda… bravo, bravísimo!

Fuera de ese caso y del cariño de la gente del sur, la realidad en la región es sencillamente terrorífica. El nivel de violencia e inseguridad que se respira en el ambiente -sin exagerar- es aterrador. Nadie parece entender por qué, ante esta situación, la autoridad intenta transmitir la idea de que se trata de meras reivindicaciones, de las cuales debemos hacernos cargo.

Pude comprobar, a través de las redes sociales que mantienen los agricultores de la zona, la impotencia de la familia Urban, de la comuna de Ercilla (sector Collico), mientras les quemaban sus tierras y sus siembras, ante la mirada impotente de Carabineros y Bomberos, los que eran atacados por comuneros mapuches de la CAM (Coordinadora Arauco Malleco) con armas de fuego de grueso calibre…

Me ahorro, por espacio, el reproducir los llamados de auxilio de Rene Urban, la desesperanza de su hija de 17 años (Estela), los mensajes radiales de bomberos a quienes les quemaron a un voluntario (Alvaro) y el carro bomba, las declaraciones de los pilotos de los helicópteros mientras les disparaban con escopetas, la fibra óptica al sur cortada, la ruta 5 interrumpida por seis horas… Increíble ver -en vivo y en directo- un acto terrorista de estas proporciones.

Lo anterior mientras: la Presidente Bachelet se encontraba en la región inaugurando el pabellón Amor de Chile (¿?); el Director de Carabineros era llamado a informar; la Fiscalía amparaba a los terroristas y se querellaba contra Carabineros; la PDI incauta los computadores de la Inteligencia policial; el mundo al revés… ¡Kafkiano por decir lo menos!

Sin duda se ha llegado a un punto de quiebre… No cabe otro camino por el bien del país; por la fe pública; por la confianza en la policía uniformada, en la justicia, en la sociedad política; por la convivencia nacional: desenmascarar lo que encubre esta turbia situación, y quien debe hacerlo es Carabineros de Chile.

Es mucho lo que está en juego, lo que hoy se vive no es una mera reivindicación de los pueblos originarios, es terrorismo y la institución policial debe trasparentar por su credibilidad, reputación y autoridad (últimamente muy debilitadas) todo lo que sabe. Si no lo hace todo quedará en una oscura nebulosa, pudiendo en tal caso el subsecretario Aleuy argüir que estos hechos han sido incitados por alienígenas… (y no faltarán los que le crean).