Los comunistas no son ninguna payasada

Por Cristián Labbé Galilea

Todo indica que los tiempos de tranquilidad están cambiando, bajó la temperatura ambiental y subió la política…: ¡Cayó el general Villalobos! ¡El ex-ministro Campos sigue dando explicaciones! ¡El senador Guillier “se fue de boca”! ¡El ex-fiscal Luis Toledo duró lo que dura un suspiro…! Para qué seguir.

Pero nada supera al espectáculo que dieron algunos personajes -si se les puede llamar así- durante la instalación de las nuevas autoridades. Fuimos testigos, en vivo y en directo, de lo que muchos llamaron “una sarta de payasadas”: el señor Alarcón, más conocido como Florcita Motuda (un verdadero alienígena), la diputada Jiles, que se hace llamar “la abuela” (seguramente temiendo que se la va a comer el lobo) y el vocalista del conjunto musical Sol y Lluvia, (de tropical guayabera y casaca de mezclilla) bufonescamente juraban como parlamentarios…. ¡Qué vergüenza!

Dirán que quien así piensa es: retrogrado, conservador, poco condescendiente, momio y mil epítetos más, pero en esos mismos días vimos cómo, en el parlamento inglés, en el congreso americano, en el partido comunista chino, en la Duma rusa, liberales y conservadores, vestían de rigurosa formalidad. ¿A caso son ellos menos demócratas, menos tolerantes, menos desarrollados? No, ellos son respetuosos de las formalidades mínimas que significan la alta responsabilidad de gobernar una sociedad, cualquiera sea su orientación política, social o económica.

Lo cierto es que en nuestro país hemos caído en una chabacanería vergonzosa y no es una actitud producto del azar, ni de los tiempos que se viven; es -ni más ni menos- que el interés de transgredir y anular cualquier rito republicano, y lo grave es que estas actitudes de intolerancia manifiesta y explícita no son percibidas en su real dimensión por los sectores políticos, sino que son vistas sólo como simples “payasadas”.

Payasadas que son mucho más que eso: son golpes persistentes y perseverantes al orden institucional, como por ejemplo las acusaciones del diputado comunista Hugo Gutiérrez quien, en su estilo rupturista, violento e intolerante, las emprendió contra el nuevo director de carabineros, entregando a la prensa antecedentes privados y secretos, además de irrelevantes, con el ánimo de socavar la autoridad institucional y nacional.

El diputado Gutiérrez olvida que el país está al tanto de que en su infancia le decían “el diablo” (por su virulencia); que fue abandonado; que fue recogido y después adoptado -en la comuna de San Bernardo- por un suboficial de ejército;   que le dio su apellido y que lo educó en los mejores colegios de Iquique y que, cuando el militar murió, desamparado después de una penosa enfermedad, el diputado no tuvo la humildad para asistirlo y menos acompañarlo a su última morada…

La historia (que habría preferido no relatar) da cuenta de que los comunistas, esos que muchos creen que ya no existen, están “vivitos y coleando”: se han quedado, por ahora, con la presidencia de dos comisiones claves de la cámara de diputados, -la de Constitución a cargo del mismísimo Gutiérrez la de derechos humanos a cargo de Carmen Hertz-; por ahora, porque durante el periodo presidirán nueve comisiones…

Nada de esto sucedería si los sectores políticos realmente republicanos y demócratas, se dieran el trabajo de leer la Declaración de Principios del Partido Comunista chileno, así podrían comprobar que la vaguedad allí maliciosa y mentirosamente declarada, ¡no es ninguna payasada!

Un comentario en “Los comunistas no son ninguna payasada

  1. Hace mucho rato Cristian que quienes se supone deben estar en pro de los ciudadanos sólo se interesan en ellos mismos y buscan la participación ciudadana cuando postulan a un cargo, por esta razón yo y muchos que no somos políticos hemos incorporado nuestra presencia con comentarios directos haciendo política porque la mayoria de parlamentarios simplemente no lo hace, sólo buscan y ven oportunidades laborales en cargos parlamentarios, la vocación por el servicio público no existe y mucho menos el servicio público.

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