Clauzewitz, la profesión militar y la justicia

Por Roberto Hernández Maturana

Soy un militar retirado y como la mayoría de los militares abomino el conflicto y el uso de las armas como solución de estos. Ellos, sean guerras o revoluciones, siempre tendrán consecuencias que perseguirán dolorosamente a generaciones, incluso a los descendientes de quienes tuvieron participación directa en los hechos.

Decía el prusiano Carl Von Clauzewitz, uno de los más influyentes soldados, historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna en su tratado “De la Guerra”, que ella constituye un “acto político” y esta manifestación es la que pone en juego el único elemento racional de la guerra, siendo los otros dos el «odio, la enemistad y la violencia primitiva», y el tercero «el  juego del azar y las probabilidades», precisando que  «El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno».

El uso de la fuerza SIEMPRE será de responsabilidad del gobernante y en todo estado medianamente organizado, dicha fuerza será ejecutada por el instrumento de todo gobierno para ejercer la violencia… sus Fuerzas Armadas y de Orden.

El uso de las armas, en todo conflicto ya sea externo o interno, una vez decidido por quien gobierna (siempre será un político ya sea de origen civil o militar), será siempre brutal y todo político (ya sea civil o militar) debería muy bien guardarse de emplearlo, pues la política con el tiempo se suaviza, el azar se olvida, pero el odio permanece vivo por años de años y quienes pagan las consecuencias del ejercicio de la violencia, normalmente serán los soldados que debieron ejercerla, ya sea porque lo hicieron en forma ineficiente, o porque se aplicó en exceso, olvidando que en ella se manifestará siempre  el odio, la enemistad y la violencia primitiva inherente a todo conflicto como ya nos mencionara Clauzewitz.

Hoy 154 presos políticos militares cuyas edades promedian los 77 años, cumplen condenas en diversas cárceles de Chile, la mayoría en los penales Punta de Peuco y en Colina 1. De ellos, 12 han fallecido victimas de graves enfermedades, sólo entre 2016 y 2018 esperando un indulto presidencial que nunca llegó, y que les permitiera morir con dignidad en sus hogares. El último fue el Coronel de Ejército en Retiro René Cardemil Figueroa (QEPD), fallecido el 7 de abril pasado a los 76 años, después de una larga agonía, víctima de un cáncer óseo, pero a quien el Servicio Médico Legal, en un informe evacuado el 27 de Febrero de 2017 consideró como un “Paciente portador de un cáncer metastásico. No tiene problema médico grave que le impida continuar con su actual condición”.

La totalidad de estos presos políticos, militares en la época en que ocurrieron los hechos por los cuales hoy se encuentran condenados, eran subalternos y sus edades fluctuaban entre los 20 y los 30 años. Los responsables “políticos” y los responsables “directos”, tanto los que llevaron al país al caos, como los que dieron las ordenes para enfrentar ese caos hoy están fallecidos.

Ninguno de esos ex uniformados presos cometió los “delitos” de los que se les acusa por una “causa personal”, si no en cumplimiento de ordenes superiores que ellos recibieron porque el “bien común de la patria estaba amenazado”.

Ninguno de esos ex uniformados presos cometió algún delito antes, ni después de los hechos por los cuales hoy se encuentran condenados, y la totalidad de ellos presentan una conducta que hace que la mayor parte del personal de gendarmería que custodia las cárceles de Chile respire tranquilo cuando son destinados a custodiar a estos prisioneros.

Hoy, sólo ellos y los cientos de procesados militares son las víctimas de ese odio, enemistad y violencia primitiva de la que nos habla Clauzewitz. El “acto político cuyo objetivo incumbe solamente a los gobiernos” (aspecto este como se dijo que interesa especialmente al pueblo) y el “juego del azar y las probabilidades” (que incumbe según Clauzewitz solamente al gobierno), permitieron que el país superara la crisis y consolidara su democracia… pero, pasada la crisis hoy solamente el instrumento (las FF.AA. y de Orden) son hechas responsables (y sólo quienes eran los subalternos en la época), y no quien dispuso el uso de dicho instrumento (los políticos que llevaron al país a la crisis y quienes dispusieron las medidas para enfrentarla).

Ciertamente es ingrata la profesión del soldado… El ingresa a las filas siendo un joven lleno de amor patrio y espíritu de sacrificarse por ella hasta rendir la vida si fuera necesario. No sabe entonces ese joven que será la política finalmente quien pondrá un arma en sus manos y le dirá como y contra quien usarla en defensa de esa patria que juró defender. Lo mas probable es que nunca leyó a Clauzewitz ni su libro “De la Guerra” donde afirma la necesidad imponer la voluntad al enemigo, mediante la máxima fuerza disponible para privarle de su poder y donde el reputado teórico militar se angustia por la brutalidad de la fuerza como un elemento inhibidor del uso de los medios y donde deja claro que la guerra no es un acto aislado, que responde a objetivos políticos o económicos, en el que expresa que es la  política el factor clave del comienzo del conflicto y del desarrollo del empleo de la fuerza, donde además es el fin político el objetivo, indicando que la guerra es el medio para alcanzarlo y los medios no pueden ser considerados aislados de su finalidad.

Ciertamente un joven y romántico soldado aprenderá todo esto con los años, no solo con la lectura y el estudio, sino también con la experiencia personal.

Es tiempo que todos los chilenos, quienes vivieron en los aciagos 70 y las generaciones posteriores, nos hagamos una profunda introspección, seamos capaces de reconocer nuestros propios errores y buscar sanar nuestras heridas como sociedad. De lo contrario, desgraciadamente la historia puede condenarnos a repetir los dolorosos hechos del pasado.

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