Bolsonaro y la izquierda totalitaria

Por Miguel Ángel Belloso, economista y empresario español

El próximo presidente de Brasil ha arrasado entre ricos y pobres, y sobre todo entre la gente más formada

Queridos y grandes amigos: Cuando escribo estas líneas, ante la urgencia del cierre de la revista, desconozco los resultados pero presumo que Jair Bolsonaro habrá ganado las elecciones a la Presidencia de Brasil. Es más, tengo la certeza de que habrá aplastado a sus adversarios. Y me congratulo del suceso, ya sea solo por ver la cara de idiota de la izquierda planetaria, que ha ocupado su tiempo estas últimas semanas enarbolando una campaña brutal en contra del candidato electo, tachándolo de machista, racista, homófobo, misógino y demás calificativos amables. Son unos calificativos hiperbólicos emitidos sobre bases endebles y solo para causar el mayor oprobio posible y una reacción de última hora entre la gente con menos carácter. Pero la iniciativa ha sido un fracaso, por fortuna. Hace tiempo que Bolsonaro había ganado. Lo cierto, como ha escrito el expresidente Fernando Henrique Cardoso (que conserva su reputación incólume), es que en la primera vuelta de los comicios Bolsonaro venció en todas las regiones de Brasil, entre los ciudadanos de todas las franjas salariales (excluidos los pobres de solemnidad), y en todas las categorías de estudiantes, siendo apabullante el respaldo obtenido entre los universitarios, la clase más formada de la nación. Que con estos datos elocuentes e inexorables la izquierda mundial se haya empeñado en dibujar a Bolsonaro como un monstruo dice muy poco de sus actitudes democráticas, de su respeto por los ciudadanos del país más grande del subcontinente sur, y mucho de la vis totalitaria que siempre la anima. Naturalmente, la izquierda universal, los periódicos llamados de prestigio que combaten ferozmente a Trump, que no aceptaron el veredicto negativo de las urnas sobre el infame acuerdo de paz en Colombia, y los intelectuales bien pagados, como de costumbre, ya han condenado los resultados. No porque no sean meticulosamente legítimos sino porque, en opinión de todos estos perfectos imbéciles, el triunfo de Bolsonaro da un nuevo brío al auge global de la extrema derecha, o porque, como escribió en el periódico del régimen español, el diario El País, el sociólogo Manuel Castells (que no sabemos qué podrá enseñar con tino en Berkeley dada su catadura moral), «Brasil está en peligro, y con él el mundo».

Yo tengo una cierta aproximación a Brasil a través de Selma. Selma lleva con nosotros más de 11 años en casa y es la señora que nos ayuda a conservarla con un cierto decoro. También cocina con esmero y se ocupa de nuestra indumentaria durante la semana. Selma es una inmigrante brasileña con estudios y de clase media que por razones diversas decidió probar suerte en España donde acaba de obtener la nacionalidad. Es una brasileña blanca, rubia y de ojos azules, de padre italiano y de madre alemana que como tantos inmigrantes planea acabar sus días en Brasil, donde viaja cada año por vacaciones para ver a la familia y pulsar el clima de una nación enervada que desea mayoritariamente un cambio dramático después de una realidad insoportable por más tiempo. Hay un dicho allí que dice «si corres el bicho te pilla, si te paras te come».

Este es el grado de desesperación que ha alimentado este cambio de gobierno, que, como digo, es fruto de un apoyo transversal, de ricos y pobres, de mujeres y de hombres, de personas cultivadas y de no tanto. Naturalmente, Selma ha votado en Madrid a Bolsonaro en la primera vuelta, y lo ha hecho en la segunda. Cuando le recuerdo que tachan a su futuro presidente de racista me dice que «es justo lo contrario»: cree que los morenos o que los negros tienen la misma capacidad de prosperar que los blancos, las mismas virtudes, el mismo talento, pero naturalmente siempre que se pongan a prueba; lo que Bolsonaro rechaza es la discriminación positiva, que aboca a una suerte de trampa de la pobreza, pues consolida el estado asistencial y de subsidio generalizado construido por el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y luego de Roussef que es el que finalmente ha condenado a Brasil a la parálisis económica, penalizando las unidades productivas de riqueza, fomentando la huida de los inversores, el aumento del desempleo, y generando el tsunami de corrupción que ahoga el país y por el que el jefe de Estado más emblemático de la historia, el señor Da Silva, pena en la cárcel condenado por dos sentencias consecutivas, no por un juicio político.

Desde luego que Bolsonaro es un firme partidario de restablecer el orden y concierto en una nación en la que en los últimos tiempos florece el crimen organizado; también que está a favor de introducir una cierta moralidad en la vida pública y en la enseñanza, dejada a sus anchas por los socialistas del PT. Me parece que hace bien. La gente está harta de los excesos y de los disparates. Pero más importante aún es que la agenda económica de Bolsonaro incluye un programa liberal en favor de reducir el peso del Estado en la economía, de rebajar los impuestos onerosos que implantó Lula para financiar la juerga social, de privatizar los activos públicos y (en un compromiso realmente notable) de conceder total independencia al Banco Central del país, precisamente para evitar su manipulación política. Quizá Selma no llega del todo a valorar la importancia de estas propuestas, pero pienso que, como la mayoría de los brasileños, intuye el aroma positivo que esconden y la oportunidad única que había de dar un vuelco radical a la nación, precisamente para poder encontrarla en plena forma a su vuelta.

¡Bolsonaro viene! y trae tiempos interesantes

Por Fernando Thauby García

El avance -a todo galope- de Jair Bolsonaro dejó perpleja a la izquierda … y también a la derecha.
A la izquierda la demolió. La desbancó en la propia casa del Socialismo del Siglo XXI fundado en 1990 en Sao Paulo; arrasó con la “novedad” que sería el motor del renacimiento de la izquierda revolucionaria después de la caída del Muro de Berlín; que pondría fin a la orfandad de la izquierda latinoamericana; que constituiría la base desde la cual Fidel Castro y sus seguidores retomarían la Revolución Marxista.
Bolsonaro arrolló todo a su paso y aplastó al Partido de los Trabajadores.
A la derecha la dejó en shock, la puso frente a la peor de las disyuntivas, mirar para el lado y desconocer el parentesco, o subirse a un carro que no termina de convencer a muchos de ellos.
La trayectoria del Socialismo del Siglo XXI fue estelar: Fidel Castro de Cuba fue opacado por la aparición de Hugo Chávez de Venezuela. Lleno de dólares y con una personalidad flamboyante, Hugo se compró todos los escenarios y pontificó sobre lo humano y lo divino, parecía imparable, pero el triunfo, en 2002,  de alias Lula en Brasil al frente del Partido de los Trabajadores le arrebató el liderazgo a Chávez y a Castro y puso al movimiento a disposición del proyecto populista – imperialista de Brasil y de él mismo. Lo siguieron Tabaré Vásquez el 2004 en Uruguay; Bachelet en 2006, en Chile; Rafael Correa también en 2006 en Ecuador y el mismo año Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia; Fernando Lugo en 2008 en Paraguay, José Mujica en Uruguay en 2009, Dilma Rousseff en Brasil en 2010 y Bachelet de nuevo, en Chile en 2014.
Sus socios en Chile fueron el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Partido Humanista, que hasta hoy siguen postrados a sus pies en revolucionaria adoración.
Parecía que el renacimiento socialista había clavado la rueda de la fortuna y sería el dueño de la región por siempre jamás.
Pero se acabó el dinero, el ciclo alto del precio de las materias primas concluyó, las exportaciones bajaron o se detuvieron, China no siguió comprado todo y de todo. La mala gestión económica de los gobiernos revolucionarios del siglo XXI quedó al descubierto, llegó la crisis económica, la corrupción siguió un tiempo mas hasta que la ciudadanía dijo basta.
Y bastó.
Sobrevive la dictadura militar de Maduro en Venezuela; la dictadura de Ortega tambaleando en Nicaragua y el impresentable gobierno de Morales en Bolivia, tratando de continuar en el poder. Alias Lula en la cárcel; Cristina Fernández en la sala de espera de algún juzgado en

Argentina, y Correa huyendo de la policía. Sin duda que la derrota mas fea para el Socialismo del Siglo XXI es la de alias Lula en Brasil, transformado en delincuente común y Dilma Rousseff incapaz de hacerse elegir como senadora en una área poblada por pobres

¿Qué trae Bolsonaro?
Primero, hay que poner a la vista que la historia política de Brasil no es homologable a la de ningún otro país de la región. Fue un imperio que pasó a la república con suavidad. Que tuvo un número considerable de esclavos, que la esclavitud se abolió el 13 de mayo de 1888, el último país en hacerlo y que el voto universal se estableció recién en 1945. Brasil es una país fuertemente controlado por la aristocracia económica, los militares y la oligarquía política, el único afuerino fue alias Lula, que llegó al gobierno en 2003 y que no pudo terminar peor,

cometiendo los mismos pecados que criticaba a sus enemigos de la derecha, agravada por el feroz crecimiento de la corrupción, la delincuencia criminal, el derroche y la mala gestión.

¿Qué podemos esperar de Jair Bolsonaro?.
Debemos reconocer que la campaña en su contra que ha hecho la izquierda mundial ha sido feroz. Se ha escarbado su vida hasta los dos años de edad –cuando aprendió a hablar- y se han publicado sus dichos, descontextualizados y adobados con perfidia y mala fe. Los gurús de la izquierda chilena critican duramente al pueblo de Brasil por no saber votar, un comentarista ha llegado a decir que 50.000.000 de votantes si pueden equivocarse. Por ahora no han propuesto un sistema electoral (¿censitario?) que permita votar solo a las personas inteligentes, políticamente conscientes y evolucionados y con una base ideológica razonable,

es decir que sean de izquierda, ex-cuasi-marxistas y “políticamente correctas”: el PT y sus compadres, pero lo propondrán uno de esto días.
Por su carácter e historia podemos esperar también la iniciación de un exceso de acción política, que llevará a una aguda efervescencia interna en Brasil, e internacional, principalmente en el vecindario.
La efervescencia interna es posible que esté relacionada con el combate (la guerra) a la delincuencia y al tráfico de drogas.
En este aspecto es posible que choque con Morales de Bolivia, que tiene la nariz manchada con polvos blancos.

En el ámbito exterior, Brasil nunca se sentaría en ninguna mesa sino es en la cabecera. Debemos recordar la ridícula campaña del “Profesor” Aurelio García -del lote de alias Lula- que concurrió a Chile reiteradamente a explicarnos como llevar nuestros asuntos con Bolivia y con la Alianza del Pacífico, que, incidentalmente, ninguneó hasta aburrirse, dio por muerta … y se equivocó, ya que el se murió primero y la alianza sigue con buena salud.

La receptividad de Macri será inversamente proporcional al éxito que logre en su gestión económica. Evo se hará pedazos para asociarse con Jair en la construcción de un ferrocarril entre Santos e Ilo.
En Chile la izquierda se debatirá entre su odio a Bolsonaro y su adoración a Brasil.
Chile volverá a su acción política internacional de bajo perfil y se equilibrará en lo ideológico en el filo de la navaja que existe entre un Demócrata Cristiano sesentero y un Militar Brasileño y en lo estratégico, en contener la atropellada de Jair hacia el Pacífico, incluyendo la Alianza del Pacífico.

Viene tiempos interesantes.

La Selva Política y “Hakuna Matata”

Cristián Labbé Galilea

El “fenómeno Bolsonaro” no ha dejado a nadie indiferente. Las reacciones a nivel mundial, así como lo que se dice en el ambiente político de nuestro país, son una muestra de los alcances que tiene la posverdad en estos tiempos. Los medios de comunicación dicen lo que sus prejuicios les dictan; las redes sociales se inundan de noticias falsas (“Fakenews”), y los políticos repiten como loros insulsos: “…es la ultra derecha, son los fascistas, son una intimidación para la democracia…”.

Nada distinto de lo que se dice de Trump, del premier Italiano, de la derecha española, francesa, alemana o paraguaya… en definitiva, de todo aquel que se salga de “lo políticamente correcto”, se aparte del establishment o simplemente no piense como la izquierda. ¡Nadie más que la izquierda puede dar “certificados de demócrata”!

En un país como el nuestro, donde los comentaristas políticos crecen como “margaritas en primavera”, y de quienes se escuchan las sandeces más espeluznantes, es legítimo que quienes no son ni izquierdistas, ni progresistas, ni nada que se les parezca, se pregunten: ¿Dónde está el respeto a la voz del pueblo, de la que tanto se habla?… ¿Sólo cuando ellos ganan la democracia es legítima?…

Se complica esta preocupación cuando se comprueba que esto no solo ocurre en la izquierda tradicional o en la centro izquierda, sino que también “sigan estas aguas” quienes antes se definían como de derecha o de centro derecha: aquellos que conocimos en las filas de la recuperación de la democracia y que manifestaban “a voz en cuello” la urgencia de construir una sociedad donde la libertad -en todas sus dimensiones- fuera el pilar base.

¿Por qué cuesta tanto entender que fenómenos, como el de Brasil, son una respuesta al hastío que siente la persona común y corriente con los problemas que afectan a la sociedad real, y una consecuencia de que los sectores políticos han sido incapaces de solucionarlos principalmente porque se encuentran atrapados en sus “zonas de confort”?

¿Por qué, cuando alguien como Bolsonaro decide apartarse del modelo de lo políticamente correcto y tomar un camino diferente, la respuesta no se hace esperar y se le condena a… “las penas del infierno” en los medios de comunicación, en las redes sociales y en el discurso político?

La respuesta es muy clara… la corrupción, la violencia, la intolerancia, la inseguridad; la carencia de soluciones reales a temas como la educación y la salud; la ausencia de autoridad (auctoritas)… tiene a la sociedad cansada, hastiada, aburrida; por eso surge la tendencia a nivel mundial de elegir el “camino diferente…” Por lo tanto mi querido y definido lector, nada de qué sorprenderse, ni menos de qué alarmarse, sino más bien de contentarse porque es sabido que:… “cuando se pierde el derecho a ser diferentes, se pierde el privilegio de ser libres…” ¡Y eso, es muy grave!

Confieso que, mientras avanzaba en estas líneas sobre “nuestra selva política”, se me fue representando cada vez con más fuerza “Simba” -el protagonista de la película de Disney “El Rey León”- quien, en la búsqueda de qué hacer para restablecer la armonía y prosperidad de su selva, decide apartarse del “camino trillado” y, ante los muchos problemas que se le iban presentando, los enfrentaba diciéndoles a sus amigos “Hakuna matata” (no se preocupen)…

¿Qué derechos tienen los peores criminales?

Por José Miguel Vivanco, Director para las Américas´de Human Rights Watch y Juan Pappier, Abogado de la División de las Américas Human Rights Watch 

Cada vez con mayor frecuencia nuestras autoridades se ven enfrentadas a preguntas difíciles sobre la justicia y los derechos de los condenados por los peores delitos: ¿Los responsables por las más graves violaciones de derechos humanos deberían acceder a la libertad condicional tal como el resto de los reclusos? ¿Deberían permanecer en prisión incluso si padecen graves enfermedades?

El debate se ha dado recientemente con mucha fuerza en Perú. A fines del año pasado, el entonces Presidente Kuczynski concedió un «indulto humanitario» al expresidente Alberto Fujimori, que cumplía una pena de 25 años de cárcel por ejecuciones extrajudiciales, secuestros y desapariciones forzadas. Kuczynski sostuvo que la liberación se concedía para proteger la salud de Fujimori. Lo cierto es que se trató de una transacción política para evitar la destitución de Kuczynski. Horas después del indulto, el abogado de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso -organización que durante décadas aterrorizó a los peruanos-, pidió que también liberaran a su cliente. Y hace pocos días, un magistrado de la Corte Suprema revocó el indulto a Fujimori por considerar que violaba los derechos de las víctimas.

El debate también se da, aunque de forma soterrada, hace algunos años en Argentina y Chile, donde envejecen en prisión militares condenados por crímenes de lesa humanidad cometidos durante las brutales dictaduras de la década de 1970.

En Argentina, por ejemplo, las estadísticas oficiales indican que 117 personas mayores de 70 años están presas -la mayoría en prisión preventiva- por causas penales vinculadas con atrocidades de la dictadura. El Código Penal argentino faculta a los jueces para conceder la detención domiciliaria a quienes superen esa edad.

En Chile, el debate se reabrió a fines de julio, cuando la Corte Suprema otorgó la libertad condicional a cinco agentes de seguridad condenados por graves abusos cometidos durante la dictadura de Pinochet. La Corte consideró que los detenidos calificaban para la libertad condicional según la legislación vigente, que incluye haber cumplido al menos la mitad de la condena. Para muchos, esa decisión burlaba los derechos de las víctimas. Un grupo de parlamentarios intentó destituir a los tres jueces de la Corte que fallaron a favor de la libertad condicional.

Al margen de las consideraciones fácticas y jurídicas de cada caso, la discusión pone de manifiesto valores universales que son fundamentales para la protección y vigencia de los derechos humanos en cualquier sociedad democrática.

Muchas organizaciones de víctimas exigen el cumplimiento pleno de la pena y se oponen a la liberación de violadores de derechos humanos. Lo cierto es que, con arreglo al derecho internacional, incluyendo dos de los tratados más importantes en la materia, los Estados tienen la obligación jurídica de garantizar que las penas por violaciones a los derechos humanos sean proporcionales a la gravedad de los abusos. Por otra parte, algunos sostienen que negar la liberación a un violador de derechos humanos -cuando a un criminal común se le concede- viola la igualdad ante la ley. En efecto, todos los reclusos, incluidos los responsables de las más graves atrocidades, merecen un trato justo y digno durante su detención, incluyendo la posibilidad de ser liberados cuando las circunstancias lo ameritan y, en particular, si padecen enfermedades graves.

Para abordar estos difíciles casos es preciso encontrar un equilibrio entre los valores jurídicos en pugna. Los jueces y legisladores deben garantizar una justicia genuina por los más graves abusos. Pero, por otra parte, una enfermedad grave puede transformar la prisión en un auténtico calvario, indigno y cruel para cualquier persona.

Los condenados por crímenes atroces deben beneficiarse de las normas sobre libertad condicional que se apliquen a los demás presos, siempre que la justicia que se imparta sea, en última instancia, proporcional a la gravedad de los delitos. Además, como lo reconoció la Corte Interamericana de Derechos Humanos al examinar el indulto a Fujimori, los condenados por crímenes de lesa humanidad que sufran enfermedades graves pueden acceder a beneficios que sean estrictamente necesarios para proteger su salud, siempre y cuando estén sujetos a un control judicial.

Asimismo, los legisladores y jueces pueden tomar en cuenta la decisión de un preso de confesar un delito, cooperar con la justicia o pedir perdón al momento de regular la libertad condicional o decidir sobre ella. Sin embargo, ello no puede ser una exigencia adicional cuando la salud del detenido esté en riesgo. De lo contrario, podríamos estar ante un trato cruel e inhumano.

Hay que seguir haciendo esfuerzos para que las víctimas de violaciones a los derechos humanos obtengan la justicia genuina que merecen. Pero la justicia poco tiene que ver con la exigencia de que los criminales deban morir en prisión.

Es preferible ser castigado

Por Joaquín GarcíaHuidobro Correa

Las cosas claras… y el chocolate espeso

Cristián Labbé Galilea

Cada vez sorprende menos la candidez -rayana en la bobería- con que se repiten, sin mayor reflexión, las informaciones que “desembuchan” los medios de comunicación -mayoritariamente progresistas-, y asombra más la naturalidad con que, ante cualquier comentario o necesidad de definirse, se opta por lo “políticamente correcto”.

Claramente los vientos que soplan pareciera que no están para darle muchas vueltas al acontecer político, y menos para pasar malos ratos defendiendo posiciones cada vez más irreconciliables… “está bien que el gobierno celebre el triunfo del No;  obvio que la democracia se recuperó con papel y lápiz; de haber sabido, habría votado No…”.

En los tiempos que corren apuntar las cosas por su nombre, sin medias verdades, con palabras directas, claras y honestas, así como tener opinión propia y decirle “al pan pan y al vino vino” es, para muchos, si no un descriterio, al menos una falta de tino y una imprudencia.

Como algunos de mis devotos feligreses me miraban con cara de desconcierto cuando comentaba lo anterior, me vi forzado a emplear toda mi artillería argumental… “¿cuántos de ustedes han valorado lo que significa el triunfo, no solo para Trump sino para el derecho, el que Kavanaugh haya ganado la nominación para la Corte Suprema de Estados Unidos?… ¡Mutis por el foro!

Aprovechando el silencio volví a la carga… “¿cuántos se han comprado el cuento de que Bolsonaro no es más que un fascista de extrema derecha y que no tiene ningún destino?”.

Después de un largo razonamiento fuimos afinando conclusiones tan importantes como el que la nominación de Kavanaugh representaba: el triunfo del estado de derecho;, la validez y el valor del debido proceso; el acatamiento a la presunción de inocencia, y; que el peso de la prueba sea lo suficientemente contundente al momento de fallar y no un mero decir… Todo esto ni más ni menos que en el corazón de occidente, en el país baluarte de las libertades individuales, sociales y económicas.

En el asunto de las elecciones presidenciales de Brasil, con más de doscientos millones de habitantes y primera economía de américa latina, fue quedando claro que los electores habían resuelto barrer con la corrupción, el desgobierno, la inseguridad y los “arreglines” políticos…  Tal como dijo un elector… “puede no ser el mejor fertilizante para nuestra realidad, pero es el mejor pesticida para eliminar la peste que nos afecta…”.

Coincidimos en que ambos casos eran una descomunal derrota para la izquierda. El país del Tío Sam nos confirmó la urgente necesidad de fortalecer los principios jurídicos y del derecho -pilares base de una sociedad justa y libre-, y nos demostró que sí se puede ir en contra del establishment, las redes sociales y la mofa, cuando se tiene la fuerza de la razón.  En el caso de país del rey Pelé también ha quedado demostrado que de nada sirven los estigmas, las pullas y los sarcasmos, cuando se comprueba que la izquierda sólo sirve para administrar el fracaso, el odio y la descomposición.

Por último, coincidimos en que ambas experiencias eran una gran oportunidad para pensar en nuestra realidad, donde la izquierda (y algunos complacientes sectores políticos) han venido alterando con el tiempo el estado de derecho y la sana convivencia, para su propio beneficio y para poder sojuzgar a quienes no piensan como ellos…  “Está más que claro -remató uno de los presentes- hay que tener las cosas claras…”.

Bolsonaro, la histeria de la izquierda…

Por Roberto Hernández Maturana

La histérica reacción de la izquierda y el mal llamado «progresismo» no ha tardado en aparecer después del triunfo del derechista Jair Bolsonaro en Brasil.

Así desesperadamente, reparte epítetos contra el candidato que obtuvo una abrumadora e inesperada mayoría en primera vuelta, tratándolo de populista, homofóbico, fascista, racista, etc. demostrando la profunda desazón que le ha provocado evidenciar que la voluntad popular le ha vuelto la espalda en la nación mas grande de latinoamérica, dejando ver así toda su pobreza de ideas y falta de argumentos, mas allá de las consignas aprendidas de memoria que sus activistas repiten como mantra por el mundo y que muchos otros repiten haciéndoles el juego.

Pareciera que en todas partes la izquierda piensa –  y no les falta razón – que disparando adjetivos calificativos y desparramando basura sobre quien quiere destruir, podrá hacerlo caer hasta hacerlo desaparecer del mapa político, y en ocasiones de este mundo terreno,  en una característica típica que está en el ADN del mundo «progre» construyendo realidades desde las palabras y no desde los hechos.

De esta forma sus líderes, chilenos y extranjeros, cuál modernos Savonarola, aquel monje que envió a cientos a la hoguera durante la inquisición, dictan edictos descalificatorios y pontifican acerca de la moral de quién pretende demonizar, en éste caso Bolsonaro, para atacarlo duramente acerca de lo que dijo o no dijo, hizo o no hizo el candidato, más allá de cualquier contexto, quedándose tan fascinadas mirándose  el ombligo con sus propias palabras, que no son capaces de advertir que fue la corrupción de sus líderes (un ex presidente preso y una ex presidenta destituida que ni siquiera fue reelecta como candidata a senadora), la inseguridad, el narcotráfico, el pésimo manejo de la economía, lo que ha sido la causa de su propio desastre electoral, no pareciendo percatarse aún que los casi 50 millones de brasileños que votaron por Bolsonaro están cansados de discursos y «ventas de pomada».

Pareciera que el golpe ha sido tan fuerte, que el mundo «progre» de izquierda  no esta siendo capaz de comprender  que la realidad está mas allá de sus consignas repetidas una y otra vez, hasta caer en el vacío como ha ocurrido en brasil.

El relato progresista quiere hacernos creer que vivimos en un mundo pletórico de derechos individuales, muchas veces por sobre el interés colectivo, que solo presenta el único y verdadero conflicto de un mundo de una mayoría abusada por una minoría explotadora. ellos mismos se han comprado su discurso, a tal punto, que no logran comprender fenómenos como el fuerte renacer de los nacionalismos en Europa, Trump en Norteamérica o ahora Bolsonaro en Brasil, como si las masas fueran estúpidas, no siendo capaces de ver lo que las élites malignamente les dictan y que ellos, los “progre” si son capaces de ver.

La realidad es que el tiempo, el desgaste, la ineficiencia, la corrupción y la soberbia de las izquierdas han llevado a sus electores a un cansancio, y un hastío difícil de recuperar por un largo tiempo. el discurso confrontacional violento o soterrado, donde siempre se necesita tener un enemigo al frente, el discurso de colocar los intereses de las minorías por sobre otros intereses más acuciantes del ciudadano común, está cansando a la gente aquí y en Tombuctú.

La gente está buscando respuestas más sencillas y prácticas, y menos entelequia para los problemas que vive día a día. La izquierda deberá reinventarse para salir de un atolladero al que lentamente la han llevado sus propios intelectuales, con discursos floridos, máximas aprendidas y repetidas que al final del camino, se han evidenciado como quimeras impracticables… e injustas.

Bolsonaro, implicancias de una elección para Chile

Por Roberto Hernandez Maturana

Con el 98% de los votos escrutados, el líder de derecha Jair Messias Bolsonaro, ex capitán de Ejército y diputado brasileño de 63 años, defensor de los valores más conservadores, que están recobrando hoy inusitada fuerza en todo el mundo, se alzó con la primera mayoría en las elecciones de los Estados Unidos de Brasil, al obtener el 46,3% de los votos, frente al 28,8% de Fernando Haddad, el candidato designado por Lula, el ex presidente y líder del Partido de Los Trabajadores  (PT), hoy en prisión acusado de corrupción. Solo un vuelco inesperado, el 28 de octubre, fecha de la segunda vuelta, evitará que la derecha más conservadora gobierne a partir del 1 de enero el país más grande de América Latina.

El resultado de gran trascendencia para los países latinoamericanos significa una dura derrota para los populismos de izquierda, no solo en Brasil, sino que en toda América latina.

Su discurso que prometía mano dura contra la corrupción, que ha sido una epidemia bajo los gobiernos del Socialista PT, y contra la delincuencia, además de «Reducir el número de ministerios; extinguir y privatizar estatales. La política al servicio del brasileño» llegó fuerte a los oídos de los brasileños, cansados de ser manipulados por sus autoridades políticas, y del discurso disruptivo, odioso y descalificador, tan propio del mal llamado “mundo progresista”

Responde también al descrédito universal de la actividad política, no solo en Brasil, si no en gran parte del mundo occidental. Como dato anecdótico, la última presidenta del PT, elegida democráticamente Dilma Rousseff, destituida en 2016 por irregularidades en las cuentas fiscales de su gobierno y ahora candidata a Senadora por el Estado de Minas Gerais, con su exiguo 15,04%, no fue electa.

Bolsonaro ha propuesto un programa de rigor fiscal y privatizaciones produciendo con el resultado de esta elección que el Ibovespa futuro saltara al 6%, mientras que el dólar caía a 3,73 reales. En ese escenario, la consultora de riesgo norteamericana Eurasia elevó de 60% a 75% las chances de victoria de Bolsonaro en el balotaje.

¿Qué lectura podemos dar a estos hechos nosotros, los ciudadanos de a pie?

Sin duda, representa una derrota electoral para la izquierda, no solo en Brasil, sino que también en el mundo; no olvidemos que fue bajo el alero del PT que se organizó en 1990 el Foro de São Paulo, constituido para coordinar las acciones de los partidos y movimientos de izquierda en el mundo después de la caída del Muro de Berlín, y enfrentar al neoliberalismo en los países de Latinoamérica y el Caribe, y que año a año se reúne desde entonces, como fue este año en La Habana. Chile está representado en este foro por el Mas, la Izquierda Ciudadana, el Partido Comunista, el Partido Humanista, el Partido Socialista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Revolución Democrática y el Partido del Socialismo Allendista.

¿Y en Chile?

Las realidades de Chile y de Brasil son muy diferentes. Pero la brújula de la política es veleidosa. El “progresismo” ataca dura e intolerantemente, cual nueva Santa Inquisición, a todo aquello que considera reprochable… sus discursos de igualdad, equidad de género, liberalización de ciertas drogas, garantías a los delincuentes, protección indiscriminada de “derechos por sobre los deberes, comienza a cansar al auditorio.

Los partidos de la izquierda chilena, lentamente se van quedando en sus discursos rupturistas, odiosos, propiciadores del conflicto social y la lucha de clases, cada vez menos escuchados. Hoy, se diría que lo que los une es su oposición al gobierno de Piñera.

La derecha más “light”, la que gobierna, la que le gusta decirse “de centro derecha”, aún no encuentra su ADN y se debate entre ser simpática a la izquierda, y cumplir con el programa por el cual los chilenos la eligieron. Le cuesta reconocer las cosas evidentes, pero políticamente incorrectas: no se atreve a decirlas, y la gente la percibe como poco clara y poco sincera; y mientras no se haga cargo de sus propias ambigüedades en lo económico y en lo valórico y no se  haga cargo de las demandas de los sectores sociales emergentes, del abandono que sienten las regiones, de la urgencia de mejorar la productividad de una economía basada solo en lo extractivo, continuará perdiendo apoyo popular, el cual se dirigirá hacia la izquierda o hacia una derecha más “derecha”, más conservadora,  pero también aparentemente más cercana a un sentir popular de base… El tiempo dirá.

En Busca del Tiempo Perdido

 

Por Cristián Labbé Galilea

Apochinchado al ver cómo, a raíz de los 30 años del plebiscito del 88, se tergiversa la historia; cómo conspicuos personajes se dan “vuelta la chaqueta”, y cómo los más prefieren “hacerse el leso”, llegué a mi tertulia tatareando “Venecia sin ti” (Que C’est Triste Venise) -como un homenaje a Aznavour- … /Que profunda emoción… recordar el ayer…/ Mal que mal, el fallo de La Haya había sido contundente, “no tenemos nada que negociar, la Corte Internacional ratificó la intangibilidad de los tratados, Evo Morales tiene que asumir su derrota…”.

Comenté con mis parroquianos que han sido muchas las reflexiones que destacaron: que era un triunfo del derecho; que la Corte, previendo los efectos internacionales y, consciente de la necesidad de validarse como un tribunal objetivo e imparcial, resolvió fallar en… “estricto derecho”.

Dimes y diretes, pero nadie discutió el fallo… “a nadie le amarga lo dulce”, comentó un parroquiano, pero, como siempre hay una derivada, uno de los feligreses refutó… “todos hacen gárgaras con que se hizo justicia, que se falló en derecho, que era lo mínimo que se podía esperar…” y, sin mediar intervención alguna, preguntó: ¿y cómo estamos por casa?… Nadie comprendió a qué se refería.

Emplazado a explicar su aprensión, indicó: “hoy se hace una apología sobre la importancia del derecho y de cómo éste contribuye al entendimiento entre las naciones frente a cualquier controversia; sin embargo, en casa se contraviene esa norma básica… a vista y paciencia de todos”.

Después de un largo intercambio de opiniones estuvimos de acuerdo en que debíamos perfeccionar nuestro sistema judicial, porque no era posible que, jactándonos de ser una sociedad republicana ejemplar, presentemos inequidades tan evidentes como las que se viven a diario en nuestro país.

Los ejemplos y los casos fueron variados: “los delincuentes hacen “de las suyas”… la puerta giratoria funciona; en la Araucanía -a pesar de todo lo que se ha hecho- la violencia y el terrorismo actúan impunemente; vivimos un sistema judicial garantista, etcétera y etcétera… al mismo tiempo a los militares se les aplica un sistema judicial que fue descartado por injusto e inquisidor… eso es absolutamente contrario al derecho… y a nadie le importa”

Mis contertulios guardaron sepulcral silencio cuando uno de ellos denunció como impresentable que la sociedad política hiciera tanto caudal sobre la reivindicación del derecho, a raíz del fallo de la Haya, mientras en casa evidenciábamos una conducta tan contraria a lo que se sostenía.

Mirando al futuro quise endilgar la conversación hacia lo que esperábamos del gobierno, de cómo éste retomaría el tema de la Araucanía después de los últimos atentados, de cómo se haría justicia con los militares, de cómo se lograría la paz social y el reencuentro nacional.

Mi futurista enfoque fue interrumpido por un ilustrado contertulio… “hoy he visto cómo se han instrumentalizado: el plebiscito del 88; el caso de Bolivia; la Araucanía, y la convivencia nacional… Claramente hemos perdido mucho tiempo, nos hace falta… recuperar el tiempo perdido”.

En su referencia recordé a Marcel Proust (1871 – 1922), ese genio francés -sabio y controvertido- cuya obra “En busca del tiempo perdido” (À la recherche du temps perdu) nos enseña que es inútil volver a los lugares donde hemos vivido, porque ellos no están en el espacio, están en el tiempo y, por lo tanto, no es posible volver al pasado… sólo es posible mirar al futuro…

Gobierno De Las Fuerzas Armadas.

Por Christian Slater Escanilla

Si en algo concuerdo, de todo lo que se ha dicho en estos días, es sólo en una frase que ha expresado Eugenio Tironi:“que el plebiscito de 1988 es el fruto de las protestas de comienzos de los ochenta y de la acción heroica de los combatientes comunistas es, desde el punto de vista histórico, una ‘falacia narrativa’”. El Mercurio, 29 de septiembre. Falacia de la que él también se hace parte cuando nos quiere convencer sobre lo que se celebra el 05 de octubre. Un astuto y sutil relato que puede contener algunas verdades, pero como siempre, son verdades a medias y desde una sola vereda.g

Como ex militar, con exactamente 40 años en el Ejército de Chile, tengo otra verdad y otro relato muy distinto sobre lo que Tironi llama –equivocadamente– “la derrota de Pinochet”. Pero sí le agradezco la identificación que hace de los “combatientes comunistas”. Un acierto que permite acercarnos a una realidad: La Guerra.

Un conflicto bélico que se vivió en Chile en plena Guerra Fría. Las fuerzas de izquierda, principalmente los más exaltados, fueron derrotados por las Fuerzas Armadas y de Orden. Ambos combatieron por sus ideales y los heridos y los muertos quedaron en el campo de batalla. Los vencedores rápidamente impusieron el orden, de la única forma que sabían, empleando tácticas y técnicas de Guerra Regular y de Combate en Localidades. Por su parte, los vencidos pasaron a la clandestinidad, dando paso a una guerra sucia. Combatientes comunistas, como los llama Tironi, que sí habían sido entrenados para la Guerra Irregular, principalmente en Cuba y Nicaragua. Un conflicto que se extendió en el tiempo y que obligó al empleo de las Fuerzas Armadas en actividades de seguridad y control, para lo cual no estaban preparadas ni tampoco habían sido entrenadas.

Una cosa si estaba clara, las Fuerzas Armadas habían actuado para recuperar la Democracia y los “combatientes comunistas”, desde la clandestinidad, intentaban solo recuperar el poder, no la Democracia. Le habían fallado a Fidel Castro. Su mentor, su ideólogo, su líder. Un sueño que le había sido arrebatado al Dictador de Cuba. Un experto en la Guerra Irregular que, durante el Gobierno de Allende nos visitó por 23 largos días. Sus intentos por recuperar su fantasía comunista, serían entonces atroces.

Eso, como parte de la historia, es lo que a mí –en esa época– como un joven oficial del Ejército de Chile, desde diciembre de 1977 me correspondió vivir. Además de instruir a mis subordinados y cumplir con las tareas propias de un militar de carrera, tuve que asumir misiones de protección de instalaciones civiles, oleoductos, gaseoductos, puentes, torres de alta tensión, centrales hidroeléctricas, estaciones de repetición, control del toque de queda, integrar unidades de emergencia, participar en anillos o círculos de seguridad de personas importantes y decenas de otras actividades, que muchas veces me impedían llegar a mi lugar de descanso o a mi propia casa. Así y desde lejos vi crecer a mis hijos, confiando en que mi esposa asumiría el rol del padre ausente, dejando de lado, muchas veces, su posibilidad de desarrollo o realización profesional. Una realidad que la vivimos todos los soldados que estuvimos en el Ejército de Chile, mientras duró el Gobierno Militar. Tarea que pese a todo, asumimos con gran responsabilidad, pensando siempre en el bien común de los chilenos, pero por sobre todas las cosas, porque éramos una institución del Estado de Chile, obediente, disciplinada y no deliberante. Estábamos ahí para cumplir las órdenes de nuestros superiores, no para cuestionarlas.

Otros, sin preguntarles, tuvieron una suerte diferente. Fueron destinados a los Servicios de Inteligencia donde, algunos de ellos, por cumplir órdenes como soldados, cabos o subteniente, hoy, con edades que sobrepasan los 70 años, son cuestionados por la sociedad y perseguidos por la justicia.

También fuimos parte de aquellos que llaman “los veteranos del 78”. Estuvimos meses en la frontera con Argentina. La oportunidad más cierta de la realización plena de nuestra profesión militar. En una fría trinchera, donde abundaba la lealtad, la camaradería y el espíritu de cuerpo, escribimos nuestra última carta, recibimos la confesión, un escapulario y firmamos nuestro testamento. Ningún civil sospechaba lo que sucedía en el Sur o la zona Austral de Chile. Soldados Profesionales y Reservistas, dispuestos a dar la vida por todos ellos, sin importar su color político o clase social.

A nada de eso se refiere Tironi y, por su nivel de cultura y edad, sabe muy bien de qué estoy hablando. Él no hace ningún intento por explicar que no solo los civiles o los políticos de entonces se la jugaron por Chile. Las Fuerzas Armadas, no solo recuperaron y rescataron la institucionalidad, también tenían un proyecto, una hoja de ruta para restaurar la Democracia que lo hicieron público desde el primer día del pronunciamiento militar. Un claro ejemplo de aquello fue el Bando N°5 del 11 de septiembre de 1973, donde se especificaba que las Fuerzas Armadas asumían el poder “por el sólo lapso que las circunstancias lo exijan”.

Posteriormente por Decreto Supremos N°1064, publicado en el Diario Oficial del 12 de noviembre de 1973, el General Pinochet, como Presidente de la Junta de Gobierno, dispuso los estudios de una nueva Constitución Política del Estado. Durante este proceso a través de numerosos documentos, discursos, memorándum y declaraciones se establecieron las metas y objetivos del Gobierno Militar, contundentes testimonios donde siempre quedó establecido que el poder se entregaría oportunamente a “quienes el pueblo elija a través de un sufragio universal, libre, secreto e informado”(Declaración de Principios del Gobierno de Chile, marzo de 1974).

El 9 de julio de 1977 para el “Día de la Juventud”, en Chacarillas, el Presidente Augusto Pinochet Ugarte, estableció las bases de una nueva Democracia (no de una Dictadura). Una Democracia protegida, integradora, tecnificada y de auténtica participación social, anunciando además las etapas del proceso institucional: la recuperación, la transición y la normalidad o consolidación.

Pero el Presidente Pinochet fue más lejos en el proceso de restablecer la Democracia al convocar a un plebiscito para la aprobación de la Nueva Carta Fundamental. Al respecto, copio lo señalado por el General (R) Jorge Ballerino Sandford en el libro “El Plebiscito”: «Con todo, y para garantizar el carácter evolutivo del proceso, y enlazar fluida y pacíficamente la fase descrita (se refería al período de transición para la vigencia plena del ordenamiento institucional) con la etapa de la plena consolidación y vigencia de la nueva institucionalidad democrática, la Junta de Gobierno ha estimado necesario reservarse la atribución de proponer al país el nombre del Presidente de la República para el nuevo período que comenzará el año 1989″. »En todo caso, dicha proposición será sometida al veredicto plebiscitario del pueblo chileno. Si éste lo aprueba, quien resulte jefe del estado, deberá convocar nueve meses más tarde a elecciones parlamentarias».

«Si la propuesta fuere rechazada, se convocará dentro del plazo máximo de un año a elecciones conjuntas de presidente de la República y Parlamento, eligiéndose al jefe de estado según las reglas generales aprobadas para el futuro, es decir, por votación directa, incluida la llamada segunda vuelta electoral si ningún candidato obtuviese la mayoría absoluta».

Esa fue la hoja de ruta histórica del Gobierno de las Fuerzas Armadas y Carabineros. Al otro lado de la trinchera estaban los “combatientes comunistas”, sin hoja de ruta y con la única intención de recuperar el poder para instalar un régimen totalitario, subordinado a Cuba y la Unión Soviética. Solo buscaban desestabilizar el Gobierno, descabezar a las Fuerzas Armadas, fusilar a los momios, violar a sus familias, financiar su causa con asaltos a bancos, asesinar y secuestrar inocentes, internar toneladas de armas con las cuales “ajusticiaron” (así llamaron ellos al asesinato), a cientos de carabineros, personal de investigaciones y militares. Armas con las que también intentaron asesinar al Presidente de la República y que le costó la vida a sus escoltas. No importando que en el auto en que viajaba el General Pinochet, lo acompañaba un nieto menor de edad.

Estaba muy claro, ellos, los comunistas, no tenían un proyecto para recuperar la Democracia. Ni siquiera un bosquejo. Solo querían venganza. Recuperar el poder para cumplir el sueño roto de Fidel Castro. No para permitir elecciones de Presidente, Senadores y Diputados, menos para organizar plebiscitos y, jamás, para negociar con la oposición. Por lo mismo,fue el Gobierno de las Fuerzas Armadas y Carabineros, el que nos permitió no solo tener un Plebiscito el 05 de octubre de 1988 si no también, el Plebiscito del 30 de julio de 1989. El primero, un objetivo entre muchos otros, que estaba establecido claramente en la Constitución de 1980. El segundo, una reforma a la Constitución que fue consensuada entre el Gobierno y la oposición. Un Gobierno y un Presidente que fueron capaces de dialogar y aceptar los cambios propuestos. Un Gobierno que por sobre sus propios intereses sobrepuso los de los chilenos y el absoluto respeto a la decisión popular. Al respecto, soy un convencido que el General Augusto Pinochet U. –por sus responsabilidades políticas en los temas de Derechos Humanos– podrá ser juzgado, criticado y odiado por sus adversarios, pero como militar y estadista, fue el hombre que la historia y el destino eligió para ese momento. Él no lo pidió. No fue ni mejor ni peor, que miles de otros personajes de la historia de Chile y del mundo. Hizo, lo que en su tiempo y en su época, –para bien o para mal– muchos apoyaron y aplaudieron. Cumpliendo, quizás, con esa antigua y famosa frase del filósofo francés Joseph de Maistre, “cada Nación tiene el gobierno que se merece” o su modificación posterior, “no es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”, (André Malraux).

Es cierto, el proceso fue largo pero el desastroso país que habíamos heredado del Gobierno de Salvador Allende, el peor de toda la historia de Chile, ameritaba una refundación y una reingeniería de tal magnitud que, hasta el día de hoy la podemos disfrutar. Heredamos grupos armados con toneladas de armas clandestinas, heredamos la insolencia y el irrespeto a la autoridad establecida, heredamos la polarización de la sociedad, el uso común y diario del insulto, los groseros titulares de la prensa escrita, las tomas por la fuerza y la violencia, el desabastecimiento, la pobreza, el desprestigio internacional, el uso ilegitimo de las armas, los secuestros, los asesinatos, el apoyo de la izquierda internacional, en resumen, heredamos un país dramáticamente dividido.

Simultáneamente, después de haber sido tratados de gallinas, recibimos los aplausos e inmediatamente supimos de los apetitos políticos. Una descarada intención de hacer un rápido “borrón y cuenta nueva”, pero como dijo Jaime Guzmán, “…el poder fue entregado el día y a la hora señalada. Ni un día antes ni un día después, dentro de la Constitución que nosotros elaboramos…”, y que hasta hoy está vigente.

Entonces estimados lectores, ustedes comprenderán porqué me molestan las palabras del sociólogo Eugenio Tironi Barrios. Un hombre de esta época que como destacado integrante del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), fue parte del Gobierno de Salvador Allende. Ideólogo de variadas iniciativas que buscaron el consenso y el diálogo, especialmente de partidos de izquierda que apoyaron, a través de la “convergencia socialista”, el liderazgo de Ricardo Lagos. Fue además el gran estratega comunicacional del Plebiscito de 1988 y gran colaborador de los presidentes Aylwin, Lagos y Frei. 

Como ven, Tironi tiene talento de sobra, pero su formación ideológica le impide reconocer que las Fuerza Armadas y de Orden, entre el año 1973 y 1989, tuvieron una participación relevante que nunca ha sido reconocida en toda su dimensión. No logramos ver más allá de su talón de Aquiles, los Derechos Humanos. Los políticos de siempre, no son capaces de captar sociológicamente, el tremendo desgaste físico, moral, intelectual, profesional, familiar, social, humano, religioso y ético que debieron soportar miles de hombres y mujeres que cumplieron las más variadas órdenes, durante casi 17 años de Gobierno Militar.

Soldados entrenados para vencer en la Guerra o el Conflicto armado. A cualquier costo personal, si con ello se logra salvar a la patria y sus integrantes. Combatientes sometidos a los más estrictos sistemas de disciplina, orden y obediencia. Instruidos para sobrevivir en situaciones extremas sobreponiéndose a sus enemigos, ya sea aniquilándolos, neutralizándolos, desmoralizándolos o capturándolos. El instinto más básico, cruel y atroz de supervivencia de la especie humana: él o yo.

Peor aun cuando poco y nada sabíamos de Derechos Humanos y donde el Estado de Chile –en la formación de sus Fuerzas Armadas– tiene una escandalosa responsabilidad en cuanto a su formación y que jamás ha reconocido o no le conviene reconocer. Pero cuidado, si quieren soldados que ganen guerras, no son muchos los cambios que deben hacer. Distinto sería si sólo quisieran soldados para ser empleados en temas de catástrofes o desastres naturales. Pareciera, que más de lo primero y un poco de lo otro, es la justa medida.

Ya que Tironi no nos quiere ayudar, quizás este sea el momento adecuado para impulsar “la reflexión mediante un análisis y discusión de la actuación del Ejército en los últimos 50 años en todas las áreas, incluida la de los derechos humanos”, tal cual lo expresó el actual Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General de Ejército Ricardo Martínez Menanteau. Reportajes, El Mercurio, 16 de septiembre de 2018. Una iniciativa que, con buena voluntad, podría incluir al resto de las instituciones de las Fuerzas Armadas y de Orden. Y, si los ex “combatientes comunistas” se quieren sumar, ¿por qué no incluirlos? Aunque después de leer la Columna de Opinión de Álvaro Góngora (El Mercurio, 04 de octubre de 2018), donde con gran acierto y capacidad de síntesis nos recuerda que los Comunistas nunca han sido una buena compañía, pocas ganas dan de considerarlos. Parece que a ellos les falta su “mea máxima culpa” (por mi gran culpa).

Finalmente, para todos aquellos de siempre que quieren obtener reconocimientos que no se merecen, esos que acomodan la historia con secretos y mitos urbanos que nunca existieron y que nadie les contó, les quiero aclarar que el 05 de octubre de 1988, a las 22.00 hrs. de la noche, en la Escuela Militar, había miles de soldados al mando del General de División Jorge Ballerino Sandford, unos durmiendo y otros, en su mayoría, viendo una película en el cine de esa Escuela. Se habían reunido en ese recinto militar con una solo intención: emplearse ante cualquier acto hostil que intentara impedir o enturbiar el normal desarrollo del Plebiscito. En los patios, las armas en pabellones y los vehículos de combate encolumnados listos para regresar al otro día a sus cuarteles. Como ayudante –en esa época– del General Ballerino, solo les puedo decir que antes de pasar al reposo, él me manifestó: “se vienen tiempos muy difíciles Cristián”. 

El Plebiscito se había realizado en completa normalidad. Cumpliendo con una histórica tradición republicana, las Fuerzas Armadas, una vez más, habían brindado la seguridad y tranquilidad para que la ciudadanía concurriera a sus lugares de votación.

Jamás esa unidad de reserva recibió una orden para prever, planificar o actuar ante un éxito del NO. Así fue, y al amanecer del 6 de octubre, todo Chile sabía el resultado oficial. Se había cumplido con lo considerado en la Constitución del año 1980. Un hito más, de todos los previstos por el Gobierno de las Fuerzas Armadas en la restauración de la Democracia en Chile.

Se cumplió lo señalado

Por Miguel Trincado Araneda

En los diversos análisis, anécdotas y revelaciones difundidas con ocasión de los 30 años del triunfo del No, se omite destacar o, al menos, mencionar que, más allá de versiones en un sentido o en otro, el régimen de las Fuerzas Armadas y Fuerzas de Orden respetó la decisión mayoritaria expresada en las urnas al reconocer de manera explícita el triunfo del No.

Más aún, dicho reconocimiento tuvo su expresión máxima un año después al entregar el gobierno a quien fuera elegido democráticamente. Ello, en clara observancia y cumplimiento del itinerario político establecido en la Constitución de 1980, hecho que no tiene símil en gobierno de facto o dictadura alguna en el mundo. Hechos concretos y objetivos de los que todo el país fue testigo.

Ese 43% del 5 de octubre

Por Gonzalo Rojas Sánchez

Ese 43% que obtuvo la postulación del Presidente Pinochet en el plebiscito del 5 de octubre de 1988 se lo quisiera la inmensa mayoría de los gobernantes del planeta. Por cierto, ya lo desearía como piso el Presidente Piñera, con apenas seis meses de ejercicio del poder; o Bachelet, al concluir pocos meses atrás sus cortos cuatro años de mandato. Y no se nos olvide que Pinochet obtuvo ese porcentaje después de 15 años de gobierno.

Algunos dicen que quienes votamos que Sí, en ese momento miramos hacia atrás y, aún así, apoyamos al mismo sujeto que supuestamente había cometido graves violaciones a los derechos humanos.

En efecto, para la izquierda de todos los tiempos, esos 3.111.875 ciudadanos que votamos que Sí éramos unos sujetos perversos, cómplices activos del mal o, al menos, completamente obnubilados respecto del pasado reciente. Y resulta que cuando leemos eso, recordamos todo el cúmulo de agresiones que descargó por décadas esa misma izquierda -hoy disfrazada de liberalismo socialista- contra los que consideraba sus enemigos. Fue en los años 60 y a comienzos de los 70, cuando los marxistas plantearon toda la vida social en términos de buenos y malos. Ellos eran los buenos, nosotros los malos. Unos cuantos miles de documentos avalan esta afirmación, y no hay textos que la contradigan.

El 5 de octubre de 1988, tres millones cien mil chilenos fuimos de nuevo perversos -lo acaba de afirmar un destacado columnista- porque estimamos que 15 años antes las Fuerzas Armadas de Chile habían reaccionado con la debida fortaleza ante la agresión de un proyecto totalitario y porque veíamos con enorme preocupación el futuro del país. Se nos considera perversos al votar que Sí, ya que sabíamos que las Fuerzas Armadas habían sido preparadas durante los gobiernos democráticos -sí, bajo Frei Montalva y Allende también- para enfrentar la subversión y el terrorismo, y por eso habíamos apoyado el modo en que reaccionaron derribando el gobierno de Allende.

Bueno, pero importa poco la sesgada visión de quienes no estudian la historia, sino que solo difunden consignas. Por eso, aboquémonos a dilucidar quiénes eran esos más de tres millones de chilenos, hoy vilipendiados por haber votado que Sí.

En primer lugar, eran, en su inmensa mayoría, personas de los sectores medios y bajos (a no ser que alguien piense que había más de 3 millones de «ricos» por esos años). Eran, simplemente, personas sencillas, que habían encontrado la paz que les había quitado la Unidad Popular. No hacía falta pedirles más fundamentación para su voto.

Pero, además, muchísimas de esas personas declaraban encontrarse felices de vivir en libertad, de haberse librado de una Cuba chilena. Claro, eso para los teóricos del 2018, para aquellos que jamás han experimentado las amarguras del totalitarismo en acción, suena a invento de circunstancia. Sí, pero sin duda no les gustaría apreciar el «invento de circunstancia» en sus propias carnes.

Además -y por las mismas razones-, esos más de tres millones de personas rechazaban la violencia desatada con que el Partido Comunista intentaba derribar al régimen y no le veían buen futuro alguno a una coalición que no lo incluía, pero que sí le guiñaba el ojo. Y así fue a la larga: primero se practicó con los comunistas la inclusión y después se acordó con ellos la coalición. Los resultados están a la vista.

Por último, los votantes del Sí eran personas dispuestas a reconocer los abusos, pero después de leer el texto completo (esta no es cuestión de contexto), o sea, sin frases tachadas por la decisión unánime de la izquierda. Eran personas conscientes de que el que provoca una guerra sabe que se expone a los abusos y los asume de antemano.