Bolsonaro y la izquierda totalitaria

Por Miguel Ángel Belloso, economista y empresario español

El próximo presidente de Brasil ha arrasado entre ricos y pobres, y sobre todo entre la gente más formada

Queridos y grandes amigos: Cuando escribo estas líneas, ante la urgencia del cierre de la revista, desconozco los resultados pero presumo que Jair Bolsonaro habrá ganado las elecciones a la Presidencia de Brasil. Es más, tengo la certeza de que habrá aplastado a sus adversarios. Y me congratulo del suceso, ya sea solo por ver la cara de idiota de la izquierda planetaria, que ha ocupado su tiempo estas últimas semanas enarbolando una campaña brutal en contra del candidato electo, tachándolo de machista, racista, homófobo, misógino y demás calificativos amables. Son unos calificativos hiperbólicos emitidos sobre bases endebles y solo para causar el mayor oprobio posible y una reacción de última hora entre la gente con menos carácter. Pero la iniciativa ha sido un fracaso, por fortuna. Hace tiempo que Bolsonaro había ganado. Lo cierto, como ha escrito el expresidente Fernando Henrique Cardoso (que conserva su reputación incólume), es que en la primera vuelta de los comicios Bolsonaro venció en todas las regiones de Brasil, entre los ciudadanos de todas las franjas salariales (excluidos los pobres de solemnidad), y en todas las categorías de estudiantes, siendo apabullante el respaldo obtenido entre los universitarios, la clase más formada de la nación. Que con estos datos elocuentes e inexorables la izquierda mundial se haya empeñado en dibujar a Bolsonaro como un monstruo dice muy poco de sus actitudes democráticas, de su respeto por los ciudadanos del país más grande del subcontinente sur, y mucho de la vis totalitaria que siempre la anima. Naturalmente, la izquierda universal, los periódicos llamados de prestigio que combaten ferozmente a Trump, que no aceptaron el veredicto negativo de las urnas sobre el infame acuerdo de paz en Colombia, y los intelectuales bien pagados, como de costumbre, ya han condenado los resultados. No porque no sean meticulosamente legítimos sino porque, en opinión de todos estos perfectos imbéciles, el triunfo de Bolsonaro da un nuevo brío al auge global de la extrema derecha, o porque, como escribió en el periódico del régimen español, el diario El País, el sociólogo Manuel Castells (que no sabemos qué podrá enseñar con tino en Berkeley dada su catadura moral), «Brasil está en peligro, y con él el mundo».

Yo tengo una cierta aproximación a Brasil a través de Selma. Selma lleva con nosotros más de 11 años en casa y es la señora que nos ayuda a conservarla con un cierto decoro. También cocina con esmero y se ocupa de nuestra indumentaria durante la semana. Selma es una inmigrante brasileña con estudios y de clase media que por razones diversas decidió probar suerte en España donde acaba de obtener la nacionalidad. Es una brasileña blanca, rubia y de ojos azules, de padre italiano y de madre alemana que como tantos inmigrantes planea acabar sus días en Brasil, donde viaja cada año por vacaciones para ver a la familia y pulsar el clima de una nación enervada que desea mayoritariamente un cambio dramático después de una realidad insoportable por más tiempo. Hay un dicho allí que dice «si corres el bicho te pilla, si te paras te come».

Este es el grado de desesperación que ha alimentado este cambio de gobierno, que, como digo, es fruto de un apoyo transversal, de ricos y pobres, de mujeres y de hombres, de personas cultivadas y de no tanto. Naturalmente, Selma ha votado en Madrid a Bolsonaro en la primera vuelta, y lo ha hecho en la segunda. Cuando le recuerdo que tachan a su futuro presidente de racista me dice que «es justo lo contrario»: cree que los morenos o que los negros tienen la misma capacidad de prosperar que los blancos, las mismas virtudes, el mismo talento, pero naturalmente siempre que se pongan a prueba; lo que Bolsonaro rechaza es la discriminación positiva, que aboca a una suerte de trampa de la pobreza, pues consolida el estado asistencial y de subsidio generalizado construido por el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y luego de Roussef que es el que finalmente ha condenado a Brasil a la parálisis económica, penalizando las unidades productivas de riqueza, fomentando la huida de los inversores, el aumento del desempleo, y generando el tsunami de corrupción que ahoga el país y por el que el jefe de Estado más emblemático de la historia, el señor Da Silva, pena en la cárcel condenado por dos sentencias consecutivas, no por un juicio político.

Desde luego que Bolsonaro es un firme partidario de restablecer el orden y concierto en una nación en la que en los últimos tiempos florece el crimen organizado; también que está a favor de introducir una cierta moralidad en la vida pública y en la enseñanza, dejada a sus anchas por los socialistas del PT. Me parece que hace bien. La gente está harta de los excesos y de los disparates. Pero más importante aún es que la agenda económica de Bolsonaro incluye un programa liberal en favor de reducir el peso del Estado en la economía, de rebajar los impuestos onerosos que implantó Lula para financiar la juerga social, de privatizar los activos públicos y (en un compromiso realmente notable) de conceder total independencia al Banco Central del país, precisamente para evitar su manipulación política. Quizá Selma no llega del todo a valorar la importancia de estas propuestas, pero pienso que, como la mayoría de los brasileños, intuye el aroma positivo que esconden y la oportunidad única que había de dar un vuelco radical a la nación, precisamente para poder encontrarla en plena forma a su vuelta.

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