Hasta los Gatos Quieren Zapatos

Cristián Labbé Galilea

Mientras me dirigía en taxi al aeropuerto de Valdivia, después de una náutica experiencia en la zona fluvial del río Calle – Calle, fuimos detenidos por una protesta que interrumpía la ruta con neumáticos quemados, mobiliario urbano destruido, árboles derribados  y -al mejor estilo francés- un indeterminado número de “chalecos amarillos”. Al instante la radio nos despejó la duda… se trataba ni más ni menos que de la “guerra de la jibia…”.

Quise saber la opinión del taxista sobre el intríngulis de esta nueva controversia entre el parlamento, el gobierno, los empresarios, los trabajadores y otros actores de la vida nacional, y que tenía alterado el orden en varias ciudades del país.

Después de algunas volteretas argumentales y muchos “si bien es cierto no es menos cierto” de mi interlocutor, confirmé una vez más que, en la mayoría de los conflictos políticos que vive el país, la opinión pública en general entiende muy poco el fondo de los problemas y se limita a hacerse eco de lo que más “le tinca”… mientras unos pocos violentistas, además de agredir física y verbalmente a Carabineros, destruyen y queman lo que se les pone por delante, sin que nadie resulte responsable.

De lo anterior sobran los ejemplos: la admisión en los colegios emblemáticos; el plan de la Araucanía; el Ministerio Indígena; la ley de migraciones; la ley de pesca… para que seguir, si con suerte se salva la iniciativa que declara la Brisca deporte nacional.

Lo cierto es que estas expresiones de violencia generan un ambiente de inseguridad y de inestabilidad que afectan las bases de la sociedad libre ya que, consciente o inconscientemente, la autoridad ha ido cediendo a la presión de unos pocos facinerosos que, a través de la calle, instalan una agenda que constriñe al gobierno a asumir una actitud reactiva, perdiendo la iniciativa política, elemento esencial para una buena gestión.

No se requiere ser muy perspicaz o saber mucho para concluir que, cuando eso ocurre, todo se altera: los inversionistas toman sus prevenciones y disminuyen el riesgo; los trabajadores se inquietan porque ven amenazadas sus fuentes laborales; los estudiantes se perjudican (y también se aprovechan) al vivir en un entorno de aprendizaje anormal; la sociedad se irrita y se pone intolerante… ¡Cada uno vela por lo suyo y el resto, que se friegue!

Lo que ocurre en definitiva, es que se entra en un espiral negativo, cuya causa primera es la ausencia de un gobierno que: ejerza con firmeza el principio de autoridad, y; que garantice el orden, la seguridad y la estabilidad política y económica necesaria para generar no solo bienestar social sino que también un ambiente de sana convivencia cívica. Son esas ausencias las que favorecen el descontento de unos y la desilusión de otros, con lo cual se impone la imagen de caos y de ingobernabilidad.

Trataba de explicar esta “rebuscada tesis” a mi imperturbable conductor cuando en un estilo muy propio del chileno medio me retrucó… “no entiendo muy bien lo que me quiere decir, pero lo que sí sé es que hoy por hoy, hay muchos que pretenden todo fácil, como será que…. hasta los gatos quieren zapatos”.

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