Inmigración, fenómeno que se instala

Editorial El Mercurio sábado, 16 de febrero de 2019

El Ministerio del Interior ha informado que la estimación del número de extranjeros que residen en nuestro país -calculado reuniendo los datos censales del INE y los administrativos del Estado- alcanzó a un millón 251 mil 225 personas al 31 de diciembre: 6,6% de la población total. La cifra es indicativa de cómo el moderno fenómeno de poblaciones que migran en busca de mejores horizontes ha llegado con fuerza a nuestro país. De hecho, Chile sería, de acuerdo con estas estimaciones, el país de Latinoamérica que más proporción de extranjeros albergaría. También se trata de la cantidad más alta de inmigrantes que registran las estadísticas nacionales, y da cuenta del carácter explosivo que ha adquirido el proceso: hace pocos años el número de extranjeros apenas superaba el 2%.

La magnitud de estos guarismos muestra lo atractivo que hoy resulta Chile para tantos ciudadanos de naciones latinoamericanas que contrarrestan el sufrimiento que supone alejarse de familias y tradiciones con las oportunidades que el país les ofrece, las que superan con creces a aquellas que pueden encontrar en sus lugares de origen. El abrupto posicionamiento de los venezolanos como el grupo con mayor presencia es una muestra dramática de aquello, como también la situación de los haitianos. Quienes han tomado la decisión de llegar a un lugar desconocido lo hacen, en su gran mayoría, motivados por un encomiable afán de superación que los lleva a trabajar con ahínco para crear valor para sus familias y para el país que los alberga. Se trata, sin duda, de un fenómeno beneficioso, que aporta nuevas capacidades, y es propio del mundo moderno y globalizado.

Tal valoración, sin embargo, no debe llevar a cerrar los ojos frente a las consecuencias del modo explosivo en que se ha dado tal crecimiento. Desafía este a las políticas sociales, con un impacto diverso, desde el aumento de los campamentos en algunas ciudades que han sido destino de la inmigración, hasta el efecto que la llegada de niños extranjeros ha tenido en colegios municipales que hasta hace poco veían decrecer su alumnado. Complejo es el caso de la salud, en que la inmigración no solo puede incidir en los perfiles epidemiológicos (la controversia en torno al aumento del VIH sería ejemplo de ello), sino que agrega una nueva demanda sobre servicios ya recargados, lo que puede ser resentido por la población local. Sumado esto a las tensiones propias de la convivencia entre culturas diversas, el riesgo de alimentar nefastos sentimientos xenófobos es real. La experiencia internacional muestra que pretender desconocerlo solo consigue agudizar el problema: Europa ya es pródiga en ejemplos de cómo la desatención de estas cuestiones por la política tradicional ha llevado a grandes masas a apoyar populismos de signo radical.

Desde esa perspectiva, una política migratoria seria, que procure ordenar el fenómeno, evitar los abusos y crear condiciones para que los extranjeros puedan entregar su aporte al país en forma digna y justa, resulta imperativa. Es valioso el esfuerzo que en este sentido desarrolla el Gobierno con la reforma a la ley de migraciones; estas cifras, en tanto, han de servir para un mejor diseño de futuras políticas en esta materia.

Hay aquí un desafío para el diseño de políticas que se hagan cargo de esta realidad.

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