El humor en tiempos de cólera

Por Daniel Matamala Thomsen,  Periodista

El humor en Viña suele ser cosa seria, tan seria que levanta los primeros debates sociales del año que comienza, en la práctica, justo al terminar el Festival. Antes ha sido la homofobia o el desprestigio de los políticos. En 2019, puso al descubierto el mix explosivo de las cámaras de eco y la corrección política.

Nuestra sociedad está fragmentada: de lunes a domingo, por 24 horas, las redes sociales son cámaras de eco entre iguales. Pero, con millones de personas expuestas simultáneamente al mismo estímulo, en ratings que llegan a los 50 puntos, las seis noches de festival son uno de esos raros momentos que recrean algo parecido a lo que Habermas llamó la “esfera pública”.

Es un instante en que las convicciones crecidas en el cómodo nido del grupo de WhatsApp y los likes de Facebook se ponen a prueba ante un público diverso. Es una gran paradoja que tengamos que recurrir a la uniformidad de la “tele de antes”, esa que se veía en cadena nacional, para conectarnos con la diversidad del país en que vivimos.

Y ese choque puede ser brutal. Le sucedió a un grupo que podemos definir como liberal, relativamente joven e instruido, que tenía su propia heroína designada y su villano preferido: Jani Dueñas y Dino Gordillo, respectivamente. Para ellos, el fracaso de la primera y el triunfo del segundo fueron inesperados golpes de realidad. Algo así como mirarse en un espejo demasiado fiel, que les devolvió la imagen de un Chile distinto al que imaginaban.

En estos tiempos de cólera, de agravio fácil y de epidermis delicadas, descubrir un sentido del humor diferente en otros significó no solo un shock, sino una ofensa. Se multiplicaron las descalificaciones hacia ese público (“añejo”, “machista”, “patético”, por citar algunas publicables) que osaba reírse de algo diferente a lo “correcto”.

Este debate tiene unos 2.700 años. Ya en el siglo VII a.C., los poemas satíricos de Arquíloco levantaban controversia al ensalzar a través del humor vicios como la cobardía en combate (“Puse a salvo mi vida / ¿qué me importa el tal escudo? /¡Váyanse al diantre! / Ahora adquiriré otro no peor”) y la embriaguez del soldado (“de las huecas jarras hasta las tapas quita / y vierte el vino rojo hasta la hez”). Tan aguda era la sátira de Arquíloco, que se dice que llevó al suicidio a dos de las víctimas de sus dardos, su exprometida Neóbula y el padre de ella, Licambes.

Según la gran enciclopedia bizantina, la Suda, a Arquíloco habría que “quitarle su boca sucia y su discurso injurioso, y lavarlos como una mancha”. Para Plutarco de Queronea, el poeta hacía “un espectáculo de sí mismo”, con “sus indecorosas y obscenas expresiones hacia las mujeres”.

Por 27 siglos, de Arquíloco de Paros a Gordillo de Lota, el humor se ha balanceado en la cornisa de lo prohibido. Aunque hoy los dictadores o sacerdotes sean reemplazados como censores por una forma cada vez más caricaturesca de corrección política.

En su mejor versión, es la saludable idea de pensar antes de replicar irreflexivamente chistes o estereotipos hacia ciertos grupos de la sociedad. Una cuestión de inteligencia y empatía. Pero está mutando hacia lo contrario: un índice no solo de palabras prohibidas, sino incluso de temas vedados: situaciones y segmentos de la población sobre los que estaría prohibido hacer humor.

Una feminista como Ana Belén se lamenta de que “la corrección política se nos ha ido de las manos”. Mario Vargas Llosa la define como “una nueva inquisición”. El director de la RAE, Darío Villanueva, dice que es “una censura perversa”.

Un Index librorum prohibitorum. La negación misma de la reflexión crítica. Así se llega al absurdo. Un diputado de la República, Raúl Florcita Alarcón, teoriza que Dueñas fue víctima “de la ultraderecha… convocada para show armado contra Venezuela”. Desde la vereda conservadora, otros celebran que el éxito de Gordillo y el fracaso de Dueñas representan “la derrota del feminismo”, una interpretación que tomó tanto vuelo que la propia Dueñas le pidió “disculpas al movimiento”, por el daño infligido a la causa.

Para ser humor, este debe jugar siempre al límite del off-side. Una línea plagada de sutilezas y equívocos que es más riesgosa aún, en estos tiempos de cólera.

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