La Jauría


Por Daniel MatamalaThomsen

Reemplacemos “encarcelamiento” por “censura”, y tendremos una clave para entender a Chile hoy.

Antes, algo de contexto: en 2000, Henry Kissinger debía dar un discurso en la Universidad de Texas. Líderes estudiantiles organizaron un boicot tachándolo de “fascista criminal de guerra” por su intervención en Chile, entre otros países.

La universidad canceló la invitación.

La izquierda estudiantil celebró el resultado y las campañas para boicotear a políticos, activistas y comentaristas se propagaron. Según la fundación FIRE, doscientas presentaciones han sido canceladas desde entonces en universidades estadounidenses tras boicots organizados por estudiantes o, incluso, académicos.

Las razones invocadas son variopintas. En octubre pasado, la Universidad de Rutgers canceló el discurso de su ex alumna y periodista de Fox News Lisa Daftari, quien fue acusada de islamofobia. La “evidencia” era haber dicho que “los terroristas islámicos dicen ser guiados por las enseñanzas del Corán”.

El código para la jauría es: la tipa es de derecha (¡y de Fox!), cáiganle encima.

El efecto de esta ola de censura es desolador. La Universidad de Berkeley, célebre por las protestas de sus combativos estudiantes contra la guerra de Vietnam, ahora ofrece ayuda sicológica a quienes “se sientan amenazados” por un discurso del escritor derechista Ben Shapiro.

Las universidades, por definición lugares para confrontar ideas, se convierten en espacios “seguros”, libres de dudas, en que un simple debate puede gatillar problemas sicológicos. Estas burbujas son una aberración intelectual, y además son contraproducentes, ya que convierten a oscuros provocadores en celebridades, glamorosas víctimas de la censura.

Tal como predijo Orwell, la izquierda inventó el juego, pero la derecha no tardó en imitarlo. Sus protestas han obligado a cancelar apariciones en campus de figuras progresistas como el cineasta Michael Moore o la activista pro-aborto Amy Irvin.

Y el contagio ya llegó a Chile. En 2018, la Universidad de Concepción negó una sala para una charla de José Antonio Kast. La medida convirtió la hasta entonces inadvertida gira del político en noticia nacional, y a él, en víctima de la censura. Días después, el ex diputado fue agredido en la Universidad Arturo Prat de Iquique, y la Asociación de Académicos emitió un vergonzoso comunicado en que lamentó, no la violencia, sino “la visita no deseada del dirigente de ultra derecha” y “la provocación de quien sabía que recibiría esta respuesta”.

Un año después, es Kast quien lidera una funa virtual y obliga a Teletón a cancelar una actividad con el escritor Jorge Baradit. ¿Las razones? Desde sus tuits misóginos hasta ser un “seudo-escritor” o “un profeta para el progresismo de izquierda”. Entre los argumentos más compartidos por otros activistas en redes sociales estaban que Baradit es “de los mismos que insultan a las empresas capitalistas que donan a la Teletón” y que “faltó que invitaran al alcalde Jadue”.

El código para la jauría es: el tipo es de izquierda (¡comunista!), cáiganle encima.

La discusión sobre misoginia es una trampa: basta revisar los perfiles de quienes atacaron con más virulencia a la Teletón para advertir que el sexismo está lejos de sus preocupaciones.

Es la misma mentalidad tras los carteles de “Se busca”, a la usanza del Viejo Oeste, contra el senador Lagos Weber por ser partidario del TPP. O de los llamados a impedir la entrada a Chile de Miguel Bosé por sus declaraciones contra la ex presidenta Bachelet. La progresión es vertiginosa: del “no estoy de acuerdo con él…” al “… por lo tanto, tengo derecho a acallarlo”.

“Yo no manejo ninguna jauría” se defendió Kast tras el incidente. El término es preciso. Jauría fue la que lo agredió a él en Iquique, y la que justificó con argumentos políticos el ataque. Jauría fue la que amenazó, desde otra esquina ideológica, un acto con niños de la Teletón.

Nadie “maneja” a esas jaurías. Pero los líderes sí son responsables de las consecuencias de sus dichos y acciones; en ello consiste el liderazgo.

Y tanto en los campus estadounidenses como en los chilenos, tanto en las protestas callejeras como en el ring de las redes sociales, lo que vemos no son líderes. Son apenas aprendices de brujo, desatando fuerzas de censura, intolerancia y odio que son incapaces de controlar.

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