La historia se escribe con la izquierda

Por Cristian Valenzuela Guzmán, Director de Desarrollo, Facultad de Derecho en Pontificia Universidad Católica de Chile

No busco en estas líneas empatar lo inempatable. Las violaciones a los derechos humanos no se justifican ni se contextualizan nunca. Pero no deja de ser curioso como múltiples actores políticos han salido a alabar la figura de Carlos Altamirano. Desde la izquierda más extrema, pasando por la DC y hasta la vocera de Gobierno, se han centrado en dotar a Altamirano de esa aura de revolucionario, que huyó y sufrió en el exilio, y que en su propia conversión se transformó en el artífice de la reconciliación chilena y de la recuperación política, económica y social de nuestro país. Claro, todas estas alabanzas son posibles porque la historia se escribe con la izquierda. Con la mano cargada por la ultra izquierda.

En verdad, lo que estos relatos omiten fue la responsabilidad primaria y fundamental que le cupo a Altamirano en la crisis total de la Unidad Popular. Como dirigente socialista, presionó y presionó al fracasado Gobierno de Allende, atizó a las masas y jugó con las ilusiones de millones de chilenos al generar las condiciones para el colapso total de nuestro país. La política chilena entró en crisis y Altamirano fue uno de los grandes responsables de que ello ocurriera. Que duda cabe que frases como ““La conjura de la derecha sólo puede ser aplastada con la fuerza invencible del pueblo unido a tropas, clases, suboficiales y oficiales leales al gobierno constituido” fueron llamados directos a la confrontación entre chilenos. O cuando afirma que “El golpe se aplasta con la fuerza de los trabajadores”, no buscaba sino seguir profundizando las divisiones entre los chilenos y amenazar la legítima reivindicación que distintos poderes del Estado y actores políticos querían buscar del fracasado Gobierno de Allende.

Aún así, luego de varias décadas, tenemos que asistir silenciosos al funeral de este verdadero héroe de la Patria que, a pocos días de las Glorias Navales, pareciera que algunos quisieran equiparar a Prat o a tantos otros héroes eternos por su supuesto aporte a la restauración democrática. No puedo sino disentir de esa mirada tan parcial. ¿Cuáles fueron las virtudes de Altamirano? ¿Provocar con su retórica la guerra civil en Chile? ¿Arrancarse del país para vivir en Berlín y París? ¿Regresar al ostracismo en Chile? Altamirano pertenece a ese exclusivo club de izquierdistas arrepentidos que gozan de la impunidad de sus actos en el pasado y que viven el presente como testimonios vivos del romanticismo revolucionario que muchos aún añoran.

Varios de ellos, terroristas confesos, que caminan libremente por la calle y que fueron liberados de culpa por sus delirios de juventud. Algunos de ellos siguen dictando cátedra, participando del análisis político y plenamente integrados en la sociedad capitalista que tanto lucharon por derribar. Otros, increíblemente, están sentados en el Congreso, recibiendo sueldos y pensiones que pagamos todos los chilenos y sin haber cumplido un día en la cárcel por los crímenes, complicidades y omisiones de su época. Por último, están los que siguieron robando, secuestrando y amedrentando, y que siguieron viviendo en clandestinidad, hasta que los pillaron. Esos que nunca renunciaron a sus nefastos ideales y que, sin perjuicio de ello, siguen siendo venerados por las nuevas generaciones de izquierda, sea que estén presos en Brasil o libres caminando por las calles de París.

¿Quién le cobró la cuenta a esos revolucionarios fracasados? ¿Quién los funó? ¿Quiénes los fustigan hoy, en la hora de su muerte, increpándolos por todo el daño que hicieron en vida y las consecuencias irreparables de sus actos antipatriotas? Muy pocos. Casi nadie.

En la otra vereda, cientos de oficiales, suboficiales, clases y soldados siguen pagando las culpas, en la cárcel, por lo que ocurrió hace 45 años atrás. A ninguno de ellos la historia les favorece ni hay capítulo alguno de su trayectoria que pueda aminorar sus condenas. No, ellos fueron los únicos violadores de los derechos humanos de los chilenos y todo el régimen asociado a sus crímenes debe ser borrado de la faz de la tierra. Sus honores degradados, sus familias perseguidas, su historia eliminada. Las estatuas se las lleva Allende, los honores, Altamirano. A estos hombres, la prisión y el destierro ideológico.

Para la izquierda, narradora exclusiva de los acontecimientos de Chile en las últimas décadas, los únicos responsables de la destrucción de Chile en 1973 son las Fuerzas Armadas y los civiles que participaron en el régimen militar. Ellos no se pueden arrepentir, ellos no pueden cambiar. Ni ellos, ni nosotros sus hijos, podemos cuestionar la historia ni participar de los procesos de modernización actual del país, porque cargamos con una deuda histórica que jamás será saldada y que ellos se encargan, una y otra vez, de seguir reescribiendo cuando muere algún antiguo jerarca.

No busco en estas líneas empatar lo inempatable. Las violaciones a los derechos humanos no se justifican ni se contextualizan nunca. Pero lo que es inaceptable, es que la izquierda siga escribiendo la historia a su manera y nos imponga, desde su falso altar moral, a todos estos héroes fracasados, que no solo no son virtuosos, sino también son culpables de la división de Chile y responsables de sus horrores.

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