Derecha… derecha, sumar y no restar


Por Roberto Hernández Marurana

El lunes 10 de junio José Antonio Kast llegó hasta el Servicio Electoral  para iniciar el proceso de inscripción del Partido Republicano, conglomerado que según sus principios, surge para defender la vida en sociedad y la familia; nueve días más tarde, el 19 de junio el Abogado Raúl Meza Rodríguez concurrió a las oficinas del Servicio Electoral para iniciar el proceso de inscripción del Partido Fuerza Nacional que dice reivindicar los valores y principios del Gobierno Militar.

A ellos, se anuncia la formación de otro partido, “Convergencia Nacional” que rescata valores nacionalistas y prontamente se agregará un partido de confesión evangélica, que aunque se manifiesta ajeno a la izquierda o derecha, estará valoricamente bien a la derecha.

Lo anterior ya se ha prestado para miradas hoscas de unos a otros, y algunas declaraciones confrontacionales de quienes lideran estas agrupaciones políticas, y que muchos chilenos decepcionados del accionar y falta de cumplimiento de los compromisos contraídos durante su campaña, por la derecha soft que gobierna hoy, y que miran con simpatía a la  aparición de partidos que se declaran de derecha sin ambages, se pregunten sin embargo «para dónde va la micro», estimando algunos  de que esta aparente división resta fuerza a ese sector político.

Humildemente me permito disentir de esta última afirmación

La experiencia parece indicar que en estos tiempos es difícil que todos sigan como un solo hombre a un solo partido o líder… hay muchos matices y énfasis distintos, y ello no debería ser necesariamente malo. Si no se pude alinear a todo un sector bajo una bandera, ¿porque no mejor sumar bajo principios semejantes en lugar de excluir?

Quienes en política pretendan actuar como un regimiento, parecen no  entender que al final en democracia, son los bloques y los acuerdos quienes obtienen el poder.

Los políticos lo saben bien… y lo aceptan, aunque no lo digan.

Creo que los adherentes de esta derecha, que simpatizan con alguno de estos partidos en formación y que añoran un único líder que convoque cual mesías a todo el sector se equivocan proclamando  unidad en todo y a todo evento, quizás  porque les incentiva una aspiración de orden y disciplina moral que proclaman los líderes de estos partidos pero así no es la política. Más aún debería ser  responsabilidad de los seguidores de estas corrientes no solo el apoyarlos y trabajar por su desarrollo, sino que también exigirles generosidad por sobre sus ambiciones, y empujar a sus dirigentes es para que se pongan de acuerdo. Nadie sobra y si no se pueden unir, al menos que todos caminen hacia una misma dirección.

Solos no llegarán a ningún lado.

La izquierda en este sentido parce conocer mucho mejor el libreto… tuvo su “Concertación”, después su “Nueva Mayoría” y últimamente su “Frente Amplio”… y no le ha ido mal en su aspiración de alcanzar el gobierno ¿por qué no la derecha?

Lo importante es que quienes aspiramos a un mejor gobierno para Chile estemos atentos al logro de nuestras aspiraciones, a no seguir cantos de sirena y a no dejarnos manipular…como ya ha ocurrido en el pasado.

Lagos, la mentira y el yoghurt

Por Cristián Labbé Galilea

Nuestra capacidad de asombro, que parecía agotada, en estos días se ha visto nuevamente superada… al comprobar una extraña paradoja: la izquierda, que ha buscado siempre aparecer como la adalid de la libertad, la democracia, la institucionalidad y la paz… aparece en los hechos, como: la gran aval de los regímenes totalitarios, la que promueve la intervención militar y la que siembra la violencia como vía para desafiar a la autoridad establecida… ¿No es eso una paradoja? ¡Obvio que sí!

Nos hemos ido acostumbrando a aceptar que quienes son ligeros para calificar de totalitarios, fascistas, ultras, intolerantes y otros epítetos similares, a todo aquel que no piensa como ellos, hoy aparecen visando democracias tan espurias como la de Venezuela o haciendo la “vista gorda” frente a la violencia y las violaciones a los derechos humanos.

Escépticos ante esta tesis algunos parroquianos, que siempre se refugian en la posición políticamente correcta, estimaron que lo dicho era una caricatura o, al menos, una exageración del sino de los tiempos…

Cambiaron su percepción los presentes al analizar la visita de la Alta Comisionada de la ONU (la señora Bachelet) a Venezuela y los efectos que ésta tendría. Argumentos más, argumentos menos, se coincidió en que su intrusión en ese país sólo lograría fortalecer a Maduro.

También fue materia de larga discusión el que la izquierda, que dice ser la legítima representante del pueblo y de la paz ciudadana, aparezca vinculada al narcotráfico, al fraude electoral, a la violencia en los colegios y al terrorismo en la Araucanía, sin que eso le afecte mayormente dada la apatía de la autoridad y la complacencia de los políticos.

Pero sin dudas lo que acaparó el máximo tiempo de nuestra conversación y lo que más impresionó a los contertulios fue el que el ex presidente Ricardo Lagos, en un arresto de sinceridad, señalara que los militares venezolanos debían actuar en contra del régimen de Maduro y en defensa de la Constitución.

Tal como se lee… y aunque usted no lo crea, quien ha posado de ser un crítico implacable de los militares y de lo sucedido en nuestro país el año 73, sin que nadie se lo pidiera, hoy aparece “motu proprio” pidiendo la intervención militar en Venezuela y de paso legitimando la acción de las fuerzas armadas chilenas.

Pareciera que el tiempo y las canas le han hecho ver al señor Lagos que los militares, en aquellos países donde se les respeta, son los naturales garantes de la libertad de una nación y del orden institucional, y en aquellos lugares donde se les corrompe y se les interviene, son la peor de las pesadillas.

Al final, de una larga jornada los parroquianos pudieron concluir que a través de una simple frase y de una curiosa paradoja se puede explicar lo vivido por nuestro país en los años 70 y siguientes, y tal como alguien irónicamente sugirió: la mentira y el engaño son como el yogur, tienen fecha de vencimiento.

Descrédito de los partidos tradicionales y nuevas esperanzas

Por Christian Slater Escanilla

Ya está más que claro que los Partidos Políticos están en total descrédito. Sean estos los tradicionales o los otros, esos tan difíciles de encasillar en una ideología política y que todos los días se cambian el nombre.

De la izquierda tradicional, ni hablar. Totalmente desarticulada y peleándose las migajas. La derecha, un desastre, bajo cuya tienda tras el vacío de poder y liderazgo cualquier cosa puede suceder.

En la otra vereda, 7 millones de habitantes, que no votaron, desencantados, desconfiados y aburridos de los partidos políticos. ¿La verdad?: ¡hastiados! No quieren saber nada de aquellos y menos, de sus corruptos procedimientos para alcanzar y mantenerse en el poder. Cúpulas políticas que, para el logro de sus intereses personales, nuevamente han secuestrado a la democracia, burlándose de sus escasos seguidores y simpatizantes.

Hoy, con un gobierno que ha exacerbado todos los conflictos sociales no convenciendo ni a la izquierda ni a la derecha, solo nos queda echar mano al último recurso nacional: los Patriotas. Aquellos que por sobre sus ideologías políticas y diversidad étnica estén dispuestos a hacer una tregua para salvar a Chile. Esos que aman su propia libertad y felicidad tanto como la de los demás chilenos.

Hombres y mujeres con un mismo sueño común. Una patria donde no se perjudique a nuestras familias y menos a nuestros hijos, aunque para ello debamos luchar contra el Gobierno de turno, los partidos políticos, el Congreso o las leyes. “Una facultad y soberanía que tiene el pueblo, cuando así lo juzgue conveniente”. (Aurora de Chile, del 22 de octubre de 1812). Hace más de 200 años, cuando aún no sabíamos de la existencia de los Partidos Políticos y su incompatibilidad con la democracia.

Anti liderazgo populista

Por Patricio Quilhot Palma

En estos días de desconcierto político, escuchamos a un prominente precandidato a La Moneda decir una de las frases más populistas que se haya oído: “gobernar no es tomar decisiones, es escuchar a la gente”…

Esta expresión desafortunada nos ratifica el desastre que afecta a la clase dirigente de nuestro Chile, en todos los sectores y tendencias. Quien emitió esta aseveración probablemente cree firmemente en ella, sin siquiera haberse detenido a pensar en su significado. ¿Qué suena bien? Sí, pero… ¿Qué eso sea lo que la democracia requiere y espera de sus autoridades? ¡Por supuesto que no!. Cuando la sociedad en su conjunto concurre a las urnas, no es para dialogar con un payaso que la escucha. Los ciudadanos vamos entregar nuestro voto a quien ꟷentre varios candidatosꟷ ofrece las mejores ideas de solución a los problemas que nos retardan o impiden el acceso a una vida mejor. Clave resulta para su selección, el grado de confianza que nos inspire, es decir la capacidad y voluntad que el candidato declare poseer para llevar adelante su propuesta. Eso es lo que en nuestro idioma significa la expresión “GOBERNAR”, tal como lo señala la Real Academia de la Lengua, al definirla como: “mandar con autoridad, guiar y dirigir, conducir, etc.” Si aplicamos el curioso significado dado por el precandidato, entenderíamos que el capitán de un barco debería preguntar a sus pasajeros o tripulantes hacia dónde dirigir la nave o cuándo atracar o fondear. Es justamente la antítesis de lo que se espera de un líder, elegido para dirigir los destinos de la sociedad hacia el mejor puerto y por la mejor ruta posible. Al intentar comprender a este curtido dirigente, solo cabe reflexionar acerca de la mediocridad que cruza nuestra dirigencia política, donde el ejercicio del populismo ha llegado a niveles inaceptables. Ello se ve reflejado ꟷentre otras áreasꟷ en el temor visceral de muchos a ejercer la autoridad que se les ha delegado, tal como se observa en la Araucanía y en cada manifestación subversiva e impune, con las que nos defraudan cada día. Pasamos de un gobierno populista de izquierda a otro de derecha y así sucesivamente, sin solución de continuidad. En cuanto a ejercer sus deberes, todos son iguales, no hay ni uno que tenga la fortaleza que deriva de la convicción de estar haciendo lo correcto, en cumplimiento a su deber constitucional. De allí la tremenda desilusión que muestran las encuestas. Este precandidato en cuestión, dedicado a administrar una riquísima comuna, tiene la oportunidad de robar cámara fácilmente, penetrando la mente de nuestros conciudadanos con ideas simplistas y banales, tan peligrosas como las de aquel comunista que crea universidades de papel, después que su partido se birlara hasta las ventanas de otra. El acceso al poder no puede estar limitado a una casta incapaz de comprender la altísima responsabilidad que implica el ejercerlo.

Para empezar, los candidatos deben entender que la posición de poder y la fuerza derivada de los votos que lo llevaron a ella, no sirven de nada si ellos mismos no cuentan con la voluntad necesaria para utilizar ambos recursos y generar los cambios que prometieron. La grata sensación de ocupar un sillón poderoso y de ser tomados en cuenta por las cámaras, no impide ni interfiere con la obligación contraída con sus electores. Por el contrario, es dicha obligación la razón de su poder temporal. Con una inmensa molestia, vemos que cada vez que un buen alcalde ꟷde esos que “gobiernan” sin confundirse con e l “diálogo”ꟷ hace su tarea, las voces de censura sobran en los medios, generando un escenario patético, donde se ha llegado incluso a trasladar la responsabilidad de un subversivo autoquemado con su criminal bomba molotov, culpando por ello a supuestos perdigones, disparados por un carabinero. A esta distorsión severa de la realidad, de los derechos y deberes ciudadanos contribuyen frases tan desafortunadas como la que motiva a escribir estas líneas. Pero, más allá de la frase, preocupa sobremanera la debilidad conceptual de quienes las emiten. ¿Será que el cobarde asesinato de Jaime Guzmán, logró castrar la intelectualidad de algunos de sus más conspicuos seguidores? O, tal vez, ¿será que la clara doctrina que les enseñó ha sido desvirtuada por el progresismo populista? Hay diversas formas de ejercer el liderazgo, pero en todas ellas se encuentra implícita la responsabilidad del líder de guiar a quienes le han entregado su confianza y esperan su conducción. Muchas veces el líder no busca ser considerado como tal, pero cuando ello ocurre es inevitable que se haga cargo de sus seguidores. Ello implica ejercer la Autoridad, sin complejos y dentro del ámbito que el cargo le otorga. Si no lo hace, se transforma en un falso líder o peor aún, en un líder populista, vulgarmente calificado de “populachero”. Resulta barato caer en el populismo, pero el daño que éste causa a la ciudadanía es enorme e imperdonable. Hace muchos años nos engañaron con una “revolución en libertad”, seguida de una “revolución de las empanadas y el vino tinto”, de triste final. Nos levantamos del desastre en que nos dejó la aventura socialista y disfrutamos de largos años de paz que nos llevaron a un inédito nivel de desarrollo. De regreso al sistema democrático tradicional, la prudencia de los primeros años permitió consolidar una nueva forma de vida para nuestra sufrida población. Lamentablemente, los años de progreso se ven ahora amenazados por una conducción carente de la necesaria Autoridad y proclive al populismo, en todas sus líneas. Especial repudio merece esta desgraciada tendencia cuando ella proviene de un sector que se fortaleció al alero de aquellos que gobernaron sin otra ideología que la del Bien Común, creando las bases que nos llevaron a disfrutar de una condición de vida envidiada por el resto de Latinoamérica y que hoy vemos peligrar por su debilidad conceptual y falta de voluntad. El riesgo es enorme, al dejar que la nave derive hacia aguas turbulentas, pudiendo terminar encallada en las rompientes de una izquierda cada vez más corrupta.

El sofá de Dn Otto

Por Roberto Hernández Maturana

La proposición del gobierno de hacer optativa la asignatura de historia para los 2 últimos años de la enseñanza media, ha evidenciado a mi juicio las dos formas de enfrentar las situaciones y la forma de ver el mundo, tanto de la izquierda como de la derecha.
Los partidos de derecha prácticamente no han abierto la boca, lo que podría entenderse como una mal entendida lealtad al régimen que sustenta el bloque, pero también podría entenderse como una forma de una aun más mal entendida practicidad de ver el mundo.
La derecha históricamente ha tenido lo que podríamos llamar una visión técnica del desarrollo de las sociedades. Para ella el motor de la historia ha sido las ciencias exactas y no la historia, ni la filosofía, ni la sociología. Y esto ha sido una constante en los gobiernos que se han declarado en al ala derecha de la política, impidiéndole muchas veces ver, o anticiparse, y a veces darse cuenta, del sentido de los cambios que se originan desde las mismas personas, como hoy está ocurriendo con este verdadero cambio de paradigma que significa entrar a la era de la información, algo de consecuencias mayores aún que aquellas derivadas de la revolución industrial.

Sin ir más lejos, el gobierno militar cerró la carrera de sociología en las universidades apenas hacerse cargo del país, y la mantuvo cerrada durante casi toda su administración, lo que le impidió tener un real análisis científico de la estructura y funcionamiento de la sociedad chilena. Su énfasis estuvo en el progreso económico y social, algo en lo que siguen insistiendo los gobiernos de esa tendencia en nuestro país, desconociendo o no preocupándose de los fenómenos colectivos producidos por la interacción social, es decir “del sentir colectivo”, quedando ciega a los efectos de las causas, significados, e influencias culturales que motivan la aparición de diversas tendencias de comportamiento social; algo que sí ha sabido manejar la izquierda, al menos para “venderse” a la sociedad desde el punto de vista comunicacional, aunque su eficiencia administrativa normalmente se ha quedado en el discurso que no ha ocultado su ineficiencia y mal manejo de los recursos del estado.
Es de esperar que más que hacer optativo el ramo de historia, el gobierno se preocupara de hacer reformas en el método de enseñanza de la asignatura, hacia un sentido más investigativo que descriptivo que se ha prestado a interpretaciones torcidas por intereses políticos y no por realidades sociales.
Por su parte, los partidos de izquierda protestan a voz en cuello por la eliminación obligatoria de esta asignatura para hacerla optativa en los dos últimos años de enseñanza media… ¡Y como no si ellos han sido maestros en deformar la historia para contarla de acuerdo a sus intereses ante la apatía e indiferencia de la derecha! 
Su visión antagónica, derivada de sus próceres y mentores, que presentan al motor de la historia como una constante lucha de clases, entre explotadores y explotados, entre patrones y empleados, entre el capital y el trabajo, le ha permitido victimizar a parte importante de la sociedad, colocándose ella, la izquierda, como redentora de los oprimidos, sirviéndole para conquistar a las masas que creyendo en en sus discursos reivindicacionistas  en  muchas ocasiones le han otorgado apoyo electoral…, y si ello no se ha dado así, tiene en su otra mano el naipe del conflicto, el terror y el uso de la fuerza. Para eso a la izquierda no le importa falsear o deformar la historia, haciendo que generaciones completas olviden o crean una historia que no fue, condenando a esas sociedades, no sólo a la ignorancia, sino también a repetir los errores que provocaron las pasadas crisis sociales.
Las causalidades son parte de la historia, son hechos que deben ser conocidos si no queremos incurrir en los mismos errores del pasado. Los hechos de la historia no surgen en forma espontánea, sino que se derivan de una cadena causal. Pero ello a la izquierda no le importa, y una sociedad anestesiada se entrega sin resistencia al consumo de una historia ya digerida por maestros de la política, expertos en sociología…, no por historiadores.
En el caso chileno, es dramática la falta de autocrítica y la negación de responsabilidades, especialmente de la izquierda, en los hechos que casi nos llevaron a una guerra civil en 1973, y a esta deformación histórica se ha prestado gustosamente la derecha que hoy nos gobierna. Muestra de ello son por ejemplo las loas que dedicó la vocera de gobierno al recientemente extinto Carlos Altamirano, haciendo tabla rasa de la responsabilidad de ese dirigente y su partido en la historia que nos condujo a los aciagos hechos que condujeron a la intervención militar, entonces apoyada mayoritariamente por la población civil.

Así, hoy pareciera a las nuevas generaciones, que aquellos sucesos ocurrieron prácticamente derivados de la sed de sangre y de  poder de unos gorilas azuzados por el imperialismo norteamericano, y no por la intervención de unos militares decididos a evitar lo que parecía una inevitable guerra civil, y a sacar el país de un descalabro económico que hoy solo tiene parangón con la situación que está viviendo Venezuela.
La historia no debe ser relegada al cajón de los trastos olvidados… la decisión del gobierno parece más bien una claudicación ante algo que parece considerar inútil, dejando a otros, en este caso a la izquierda que siga manejando la historia a su antojo. La asignatura debe ser reformada para que la historia sea aprendida en su real dimensión causal y no solo meramente interpretativa. Lo que hace el gobierno se parece a la actitud de Dn. Otto cuando sorprendió a su Sra. besándose con Fritz en el sofá… vendió el sofá.

El alma Rusa

Por Joaquín Castillo Vial, Subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad

“Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible —dice Borges en uno de los numerosos prólogos que escribió—: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad… esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden”. Si bien el argentino se refiere principalmente a las grandes novelas eslavas, su frase también puede ser un intento por responder a la constante pregunta por esa personalidad única y esquiva —el alma rusa, la llaman algunos— que ha intentado ser fijada con profusión dentro y fuera de sus fronteras. Sin afán sistemático, y además de los grandes narradores decimonónicos, ahí están las novelas de Emmanuel Carrère (Una novela rusa y Limónov), las películas de Zvyagintsev (Loveless, competidora de Una mujer fantástica, merecía con creces el premio Oscar) o los documentados libros de Orlando Figes.

Una de las últimas muestras de esa exploración es Chernobyl, que, con producción estadounidense, sigue preguntándose por el alma rusa. La exitosa miniserie de HBO relata el accidente nuclear de 1986, sus responsabilidades directas y sus efectos más o menos inmediatos. Con el foco puesto en Valeri Legásov, el científico nuclear a cargo de controlar el incendio de la planta, relata las repercusiones políticas, biológicas, sociales e íntimas del suceso a través de las historias de diversos personajes involucrados. Muchas de estas historias están basadas en Voces de Chérnobil, recogidas por la Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich, aunque su nombre no aparece en los créditos. Un bombero que acude a los primeros llamados y que es rápida y fatalmente afectado por la radiación; funcionarios militantes e irresponsables que se tapan las espaldas; una científica que debe enfrentarse a una omnipresente burocracia para saber la verdad y actuar con rapidez ante la emergencia; militares y civiles de distinto origen que deben limpiar las consecuencias de esa radiación descontrolada… a fin de cuentas, toda una sociedad sacudida por una tragedia inédita, y que saca lo mejor y lo peor de quienes están involucrados en ella.

La serie tiene pretensiones de fidelidad histórica, lo que, a pesar de las quejas de muchas instituciones y medios rusos —el canal de televisión estatal anunció su propia ficción acerca del suceso, espía estadounidense incluido—, parece lograrse con éxito. Sin embargo, sus puntos altos narrativos no los genera su apego a los hechos; ellos están en su habilidad para construir conflictos profundamente humanos, capaces de situar constantemente al espectador en un dilema moral.

Los personajes son entrañables o repulsivos, en coherencia con las acciones que eligen desplegar en situaciones límite. Ahí están los héroes de distinto signo que se sacrifican por una comunidad amenazada, como los mineros que, duros e indomables, vapuleados por el sistema soviético, no dudan en inmolarse para ayudar en la zona del desastre. Pero también el viejo burócrata Zharkov que, con liderazgo en el rostro y en sus gestos, minimiza las consecuencias de la tragedia al preferir la verdad oficial y recomendar el sitio de la ciudad y el corte de las líneas de teléfonos para evitar los rumores.

También se ha querido leer Chernobyl —especialmente su versión de las responsabilidades del accidente— como un episodio más de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia, como si las categorías de la guerra fría pudieran ser utilizadas sin problemas tres décadas después. Sin embargo, más que una obsesión con el pasado, las historias de esta serie dan cuenta de una profunda actualidad: muestran al ser humano viviendo en un medioambiente amenazado, en una sociedad donde los contubernios políticos pueden ir en directo desmedro de la verdad, y donde se necesita del sacrificio de muchos para la supervivencia de la comunidad. Elementos universales, pero también rasgos distintivos de un pueblo ruso cuyo patriotismo refleja los extremos de la condición humana.

En la línea de los discípulos de los rusos que mencionaba Borges, esta serie escrita por Craig Mazin nos muestra que nadie es imposible: en un régimen totalitario como la Unión Soviética —ficcionalizado, por supuesto— también están quienes son capaces de ir contra la corriente, de superar el conformismo de una sociedad corrupta y de destapar la verdad, aunque en ello se vaya la vida. El entusiasmo con que ha sido recibida Chernobyl está justificado. Estamos frente a una trama política y con cierta dosis de apocalipsis, pero sobre todo ante una trama humana que, al tiempo que ilumina un episodio histórico concreto, permite imaginar cómo nos comportamos ante un mundo tensado hasta el límite.

Lavín: ¿Ahora sí?

Por Héctor Soto, Abogado editor asociado de Cultura de La Tercera 

Hay sectores de la derecha tradicional donde la figura de Joaquín Lavín no solo es subestimada, sino también despreciada. Le llevan una contabilidad estricta de sus ocurrencias más estrambóticas -la playa de Santiago, sus aviones para hacer llover en Las Condes, las torres de salvavidas en el Paseo Ahumada, ahora las patrullas juveniles para vigilar las botillerías- y creen que el rating conseguido con este tipo de leseras, además de entregar un pobre retrato de su estatura política, es un dato que habla pésimo de nosotros como sociedad. El culpable no sería él, sería la falta de madurez y de cocción cultural del país. Y lo creen, sobre todo hoy, porque Lavín se ha disparado en las encuestas, y tal como van hasta las cosas es difícil que otro candidato de la centroderecha pueda interponerse en su camino a La Moneda. Este sería, aún más que Piñera, el primer candidato de la derecha que no proviene de los cenáculos tradicionales del sector.

Conjeturas aparte, y descontado el sedimento de mala leche que hay en estas percepciones, para explicar el fenómeno habría que admitir que Lavín es más que la suma de sus disparates. Bastante más. De hecho, ha sido en distintas oportunidades un buen alcalde. Fue de los primeros políticos que reivindicaron la idea de que si las autoridades no estaban para servir a la gente, entonces la democracia se podía convertir en una gran mascarada, porque eso es lo único que tenían que hacer. Trató también de juntar las ideas con la acción, porque está bien que los políticos tengan muy buenas intenciones, pero está mal que no den testimonio de ellas y, peor, que entrampados en la burocracia estatal ni siquiera intenten hacerlas efectivas.

Lavín es un caso raro en la política chilena. Proviene del riñón más duro de la derecha de los años 70 y 80 -la Católica, Chicago, el Opus, la UDI, el pinochetismo- y es por lejos el político que mejor se ha sacudido de estas mochilas, al punto que entre el Lavín de entonces y el actual hay más rupturas que continuidades. Él las ha explicado en distintas oportunidades y, más allá de que usted o yo se las crea, lo importante es que el país las acepta.

En contra de lo que piensan sus críticos más tenaces, el rasgo por lejos más interesante del liderazgo de Lavín no es el camaleonismo. No, la política chilena está llena de tránsfugas que se han paseado por el espacio público con distintos sombreros y no es mucho lo que han conseguido. Lo de Lavín no tiene nada que ver con eso. Lo suyo es una capacidad casi demoníaca para conectar bien transversalmente con los circuitos emocionales de la gente, sobre todo ahora, cuando la sociedad chilena no parece tener mayor complejidad en su imaginario cívico que la cabeza del chico taimado, bloqueado y “emo”.

Ahora la bandera de Lavín es la de la integración social. Y esta causa es su gran ventaja, porque ya es un político viejo, que se ha reinventado una y otra vez, que ha estado en la huesera las tres o cuatro oportunidades en que pareció ser un cadáver y que, sin embargo, tiene mucho más empatía que incluso los jóvenes para escuchar, para entender y para responder a las expectativas de la gente. Sí, a menudo con populismo. Sí, a veces con traje de sheriff. O con impermeable y botas amarillas en las emergencias. O rodeado de recursos tecnológicos aparatosos para controlar la delincuencia.

Bienvenidos a la política de las emociones. No de los foros, sino de los matinales. No de las palabras, sino más bien de los gestos. No de los seminarios sesudos, sino de las redes sociales. No de las ideas o la imaginación política, sino con frecuencia del sentido común en sus versiones más ramplonas. En esas aguas –difíciles, procelosas, no hay que subestimarlas, porque son las del país que hemos construido- Lavín es, definitivamente, un astro.

La pregunta del millón es si queda en el alcalde de Las Condes algo parecido a una columna ideológica articulada y potente más allá del cosismo, del pragmatismo, del oportunismo incluso para subirse a cuanta iniciativa le pueda reportar dividendos, desde las farmacias populares que inventó el alcalde Jadue al programa Machuca de la educación municipal, que inventó él. ¿Cuánto puede cambiar un político? ¿Cuánto hay de yo y cuánto de circunstancia?

En cualquier caso, hay que guardar las proporciones. Queda algo de tiempo, no mucho. Lavín es hoy el político mejor aspectado para suceder a Piñera, pero también parecía un candidato imbatible cuando lo derrotó Francisco Chahuán en la V Región. Y también fue una sorpresa que Felipe Alessandri lo venciera en encuestas para ser el candidato de Chile Vamos en Santiago. Los que lo conocen dicen que aprendió de esas derrotas. Y que esta vez, por su parte, la cosa irá en serio

Dos minutos

Por Ascanio Cavallo Castro

El cambio de gabinete más esperado y postergado del año ha sido un fiasco como espectáculo político: no hubo novedades sustanciales en los dos equipos pivotales -el político y el económico-, nadie fue sacrificado en el altar de la oposición y los motivos de la remoción de los ministros caídos permanecen en el cuaderno privado de las evaluaciones del Presidente. Costará mucho saber realmente por qué salieron, por ejemplo, el exministro de Economía José Ramón Valente o la exministra de Energía Susana Jiménez

De los 24 ministerios, seis fueron modificados, un modesto cuarto que se hace más leve cuando se considera que de las cinco reformas que el Presidente reiteró como sustanciales y que estando en el Congreso “no han podido avanzar”, solo una compete a un ministro de recambio: la de Salud, cartera a la que regresó el más que curtido Jaime Mañalich. Las cosas sugieren que Mañalich llega en calidad de bombero, a salvar los muebles de unos proyectos que el saliente Emilio Santelices, habiéndose demorado una eternidad, ya no podría proteger.

La remoción de mayor envergadura ha sido la del canciller Roberto Ampuero, que parece poner fin a la “venezuelización” de la política exterior y a las apuestas excesivas del gobierno chileno por Juan Guaidó. Con Ampuero se va también, probablemente, la prioridad sudamericana ahora que el continente se oscurece. Además de constituir un triunfo para RN -partido quejoso donde los haya-, el ingreso de Teodoro Ribera asegura un estilo más circunspecto y menos lustroso, más europeo, en un año en que la Cancillería debe afrontar, afuera, el pulso entre Trump y Xi, y adentro, los megaeventos de Apec y COP25. Si sobrevive a eso, también es probable que Ribera reciba el premio del fallo de La Haya sobre el río Silala, que de no mediar algún hecho extraño debería ser una nueva victoria judicial sobre el gobierno de Evo Morales.

Pero en realidad lo más importante de la ceremonia del jueves no fue el rapapolvo ministerial -en estos casos siempre se renueva el sentimiento de precariedad entre los que se salvaron-, sino el breve discurso del Presidente, acaso el más sombrío en lo que va de su gestión. En esas pocas palabras, Piñera describió un cuadro exterior deprimente, con un retroceso generalizado del comercio mundial y un serio deterioro en los términos de intercambio para Chile, además de un cuadro interior estancado y en proceso de polarización. Como diagnóstico, entre la UCI y la UTI.

La oposición más tenaz tiende a oír estas cosas con una combinación de entusiasmo y enojo, como cree que es su deber. Entusiasmo, porque el gobierno reconoce que está en problemas y que su triunfalismo inicial camina hacia la decepción, y rabia, porque estima que es una agresión que el gobierno la culpe de obstaculizar sus proyectos, como cree que es su deber. La oposición se siente hinchada de deberes, todos los cuales convergen en la patriótica tarea de impedir que la derecha logre dos o más gobiernos, y el gobierno se siente colmado de derechos, todos los cuales convergen en el noble propósito de que la oposición siga siendo tal por muchos años. Cuadro interior estancado.

Pero si se escucha únicamente ese par de minutos pensando que el Presidente habla en serio, entonces el país puede estar entrando en un período más desolador de lo que nadie había creído, partiendo por él mismo.

Los indicadores de percepción social de las últimas encuestas -incluyendo la que el CEP liberó el mismo jueves- coinciden en presentar un derrumbe de las expectativas económicas y la creación de lo que sin ambages puede ser llamado pesimismo colectivo. El túnel, el malhadado túnel. Una melaza de temor y zozobra parece esconderse bajo las malas evaluaciones de todas las áreas sensibles de la gestión de gobierno. El propio Presidente, según estas cifras, no está proyectando esa aura de vigor y confianza que emergió después de las elecciones. Algo ha pasado en estos 13 meses.

Por supuesto que el gobierno no habría imaginado semejante panorama, ni ha estado preparado para él. Por su naturaleza, los gobiernos democráticos actuales carecen de herramientas para enfrentar el pesimismo. Quizás ya pasó la era en que podían convocar a apretarse el cinturón y ser escuchados por masas resignadas. Decirle a la nación algo tan leve como que debe ajustar sus expectativas no es algo que la nación quiera oír, a menos que lo movilice un impulso suicida. Anestesiada en contra del dolor por 30 años de anuncios de crecimiento, la nación odia saber de deterioros en su salud. El realismo “a la baja” ha perdido prestigio, ni siquiera es sinónimo de responsabilidad. No es parte de los derechos del gobierno.

Quizás por eso, después de asomarse a ese valle oscuro por dos minutos, el Presidente volvió enseguida a celebrar sus logros y confirmar sus metas, a describirse a sí mismo con el espejo de la grandeza y a convocar de nuevo al diálogo y a los grandes acuerdos nacionales. Como si se hubiese tratado de un momento necesario, pero lamentable. Como una sirena de emergencia después de la cual alguien susurra que solo se ha tratado de un simulacro. Pero al mismo tiempo, no hay tal simulacro: es un hecho que el panorama mundial está muy incierto, los mercados muy volátiles y las proyecciones de crecimiento muy menguadas. Dado que Chile no tira el carro de la economía mundial, sino que más bien es tirado por ella, las consecuencias son bastante obvias.

Teniendo ese pronóstico en frente, era razonable esperar que el gobierno se refrescara profundamente, ya para tomar nuevas fuerzas, ya para descolocar a la oposición. Pero optó por otra cosa. Las cuatro reformas que “no han podido avanzar” -tributos, pensiones, trabajo y educación- siguen en manos de los mismos ministros; la relación con una oposición endurecida y en creciente polarización seguirá a cargo de los mismos responsables, y el adverso camino de la economía será recorrido con las mismas personas.

Si no fuera porque Piñera no tiene el fenotipo de los que se paralizan, cabría concluir que el Presidente no encontró soluciones para un ajuste mayor. Parece más probable, en cambio, que no haya encontrado ganancias en hacerlo. ¿Mejoraría el PIB con la salida de Felipe Larraín? ¿Aumentaría la percepción de seguridad con el despido de Andrés Chadwick? ¿Habría mejores posibilidades de negociación con la cesación de Gonzalo Blumel?

Nada de esto. Un cambio de gabinete puede ser decepcionante, pero no atrabiliario. Lo que el Presidente ha hecho ha sido montar una atrevida y aparatosa puesta en escena para reforzar a sus ministros claves, aplicar correcciones donde solo él sabe por qué lo hace y pasarle al país un mensaje lúgubre sin derrumbar la estantería, como al pasar y como de costado, haciéndose el plano.

Ojo señor maquinista

Por Cristián Labbé Galilea

Esta semana nuestra tertulia estuvo inicialmente abocada a efemérides como: la matanza en la Plaza Tiananmen, China; el desembarco en Normandía, hito de la II G.M, y; el asesinato de Diego Portales; todos temas relacionados con la libertad y con el mundo libre.

En lo contingente los temas se centraron en: la “toma” de liceos por parte de estudiantes violentistas, y; en la Araucanía, donde dirigentes mapuches anunciaron la creación de un gobierno autónomo. Ambos asuntos concernientes al tan ajado “principio de autoridad”.

Cortas divagaciones nos llevaron al meollo de lo que está afectando nuestra convivencia, así como al anhelado bienestar y progreso al que aspiramos todos. Nada de sencillo y menos de trivial, la libertad y la autoridad, pilares básicos socavados peligrosamente.

 

Un desilusionado parroquiano interrumpió nuestras elevadas reflexiones para hacernos ver que era ese el contexto en que se debía analizar el surgimiento del partido político de JAK. Poco se demoró un tercero en replicar que este nuevo referente afectaba la frágil unidad de la coalición.

Sin estar de acuerdo con dicha aseveración, la mayoría coincidió en que esta situación era responsabilidad de los propios partidos del sector, y particularmente del gobierno, quienes en reiteradas ocasiones habían “ninguneado” a JAK, a pesar que éste se había sumado incondicionalmente a la candidatura del actual presidente.

Hizo mucho sentido en los presentes el argumento de que el gobierno -como lo hacían los maquinistas de los viejos trenes- estaba “sacando la cabeza cada vez más hacia la izquierda”, en su ambiciosa búsqueda de votos y ante la desesperada necesidad de mejorar en las encuestas, generando con ello una gran frustración entre quienes votaron por el actual mandatario.

Sesudas intervenciones nos llevaron a concluir que el Partido Republicano de JAK era un aporte al sector porque, además de “reunir a los dispersos”, se constituiría en un “estabilizador político” que aseguraba que las próximas presidenciales las volverían a ganar las ideas de la sociedad libre.

El ambiente se distendió cuando un antiguo contertulio recordó al viejo Silabario Hispanoamericano (A. Duffocq G, 1948) donde hicimos nuestras primeras letras, “a,e,i,o,u, (el burro sabe más que tú)” y donde aprendimos las primeras lecciones…,  y tatareo… “¿que será ese ruido que pasa por ahí… serán los estudiantes que van a rezar a la Virgen del Pilar…?” ¡Claro que no!… se contestó el mismo antes de recitar: “…mi trencito de madera… ni se cansa ni descansa… insolente echa nubes de carbón… en mi sueño soy el dueño, chucu chucu, de este tren”.

No alcanzamos a salir del asombro cuando quien había interrumpido nuestras cavilaciones explicó su genial enseñanza: “los estudiantes violentistas no están para rezos; le están haciendo ruidosos gallitos a la autoridad, que si no se impone ahora, luego será tarde; y, en cuanto al  trencito “chucu-chucu”, es importante tener presente que, al ser la libertad uno de los pilares de nuestras ideas políticas, debemos ejercerla con firmeza y plantearle al maquinista ’de nuestro tren‘ que no se asome tanto a la izquierda porque se le pueden descarrilar otros carros… “.

Políticos desenchufados y la agonía de un referente

Por Roberto Hernández Maturana

Esta semana se conocieron los resultados de la encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP). El más afectado en esta encuesta ha sido el Gobierno, que evidencia que la ciudadanía ha perdido confianza en el Ejecutivo, el que fue mal evaluado en diversas materias relevantes, mostrándonos que en 6 meses, quienes aprueban la forma en la que el Presidente conduce su gobierno bajó de 37% a 25% y quienes lo desaprueban subieron de 39% a 50%. Así más de 2/3 de la población estima que se ha actuado con debilidad frente a las presiones de uno y otro sector mostrando poca destreza ni habilidad. El Presidente también mostró una baja de un 41% de evaluación positiva a 29% y a dos de cada tres chilenos ya no les da confianza.

Conforme a la encuesta del CEP, los tres problemas a los que el Gobierno debiera dedicar el mayor esfuerzo son la delincuencia, las pensiones y la salud, y aun cuando el gobierno ha desplegado una  nutrida agenda, presentando al Congreso  iniciativas para llegar a soluciones en política pública, se evidencia que una de las causas de la desafección popular se debe al exceso de anuncios que confunde la necesidad de llevar la agenda pública, con anuncios en boca del propio Presidente, de soluciones que a veces parecen improvisadas y otra causa podría encontrarse en un notorio ambiente de confrontación con la oposición

De esta forma, aun cuando la agenda legislativa en el tema de delincuencia ha mostrado algún grado de avance en el Congreso, los proyecto de ley que modifican el sistema de pensiones y el que modifica el sistema de Isapres y reforma de Fonasa parecen entrampados, no obstante que son algunos de los temas que más preocupan a las personas, las que sin dudas deben haberse desencantado de nuestros políticos.

Por el momento pareciera que aunque la encuesta no evidencia un malestar que pudiera transformarse en movilizaciones, en la oposición parece crecer un endurecimiento en  sus posiciones y un desorden o desafección entre los adherentes del gobierno.

Por otra parte, la actitud de bloqueo de la oposición y la constante disputa con el gobierno, es percibida por la ciudadanía como una grave inmovilidad política para resolver los temas de mayor relevancia que afectan a los chilenos, donde se evidencia también falta de voluntad de la mayoría opositora de un Congreso obstruccionista, que muestra una clase política entrampada en disputas que parecen estériles  para el común de las personas, y desconectada con las necesidades del Chile real.

Así, en definitiva, en  la disputa gobierno – oposición, es la clase política en su conjunto la que ha perdido la confianza ante la ciudadanía, a la que instituciones como el Gobierno mismo, el Congreso y los partidos políticos les resultan cada vez más lejanos, justamente en momentos en  que se evidencia falta de voluntad para adoptar medidas para recuperar las confianzas y mejorar aspectos relevantes de la orgánica y funcionamiento de las instituciones y de la vida y seguridad de todos los chilenos, revelando la encuesta CEP  que la ciudadanía se muestra cansada de que la clase política no sea capaz de ponerse de acuerdo en los temas que que realmente le afectan.

Por otra parte, no es posible soslayar la grave crisis que hoy vive el Instituto Nacional, establecimiento educacional señero en la educación publica de Chile y que revela la incapacidad de nuestras autoridades para dar solución a un problema que parece escapársele de las manos.

Un reciente reportaje de la Revista Sábado de El Mercurio de Santiago, revela que hace más de 5 años que la demanda para ingresar al Instituto Nacional viene en caída, siendo las movilizaciones estudiantiles uno de los principales motivos. Ex rectores y el actual rector Fernando Soto, nos dice el artículo en  comento, indican que una de las razones del retiro de alumnos se debe a un nivel de violencia que no se había visto en años anteriores.
Revista Sábado informa tambien que el año pasado postularon 980 jóvenes, la cifra más baja registrada en los últimos años, a principios de los 2.000 postulaban más de tres mil estudiantes para completar 600 cupos.

De

Del mismo modo ha caído el desempeño escolar del IN, el que por décadas fue motivo de orgullo y prestigio. Si en la PSU, en 2014, aun se mantenía con el mejor resultado a nivel municipal y en el puesto 14 a nivel nacional, en 2016 por primera vez no figuró entre los primeros 100 colegios a nivel nacional, si bien el año pasado repuntó un poco quedando 78 en el ranking general y en la cuarta posición entre los municipales.

El mismo artículo da cuenta que los jóvenes que han buscado nuevos colegios para normalizar sus estudios, han tenido problemas, ya que en muchos de los establecimientos les solicitan entre otros antecedentes certificados que acrediten que no son violentistas.
Y así continúa languideciendo un centro educacional que fue modelo y guía en nuestro país, entre tomas, desalojos, encapuchados incendiarios y destructores, enfrentamientos entre estudiantes, entre encapuchados con estudiantes, entre encapuchados con docentes y apoderados, entre apoderados, entre estudiantes y apoderados, entre aquellos y docentes y estos con apoderados, en una crisis que ya no se entiende, entre demandas con cierta lógica y otras absurdas que nada tienen que ver con la educación pero que tienen al Instituto Nacional viviendo una crisis cercana a su fase terminal.

La crisis del Instituto Nacional…, y de la educación estatal

Por Roberto Hernández Maturana

La crisis del Instituto Nacional tiene múltiples causas. Desde luego la acción vandálica de unos violentistas organizados por grupos anarquistas, que parecieran querer acabar no solo con la infraestructura del establecimiento, sino que también con la vida de los docentes y demás estudiantes que si quieren estudiar.

El colegio más emblemático del país está en el centro de la polémica por un espiral creciente de violencia, con bombas molotovs en los patios, encapuchados con overoles blancos aleccionando estudiantes y constantes enfrentamientos con carabineros. Los distintos actores se culpan entre sí , y no hay indicios que indiquen que esto se detendrá en el corto plazo.

Mediante un documento titulado “Compendio de demandas del estudiantado del Instituto Nacional” – publicado por  CNN Chile – los estudiantes definieron peticiones que ellos consideran de  largo intermedio y corto plazo.

La implementación y/o mejora de la educación sexual, cívica y mental dentro del plan común del currículo escolar, todo esto en miras de un establecimiento plurisexual y co-educativo ha sido una de sus primeras y centrales demandas.

También los estudiantes que protestan exigen mayor transparencia en cuanto a la rendición de cuentas de los fondos de la Subvención Escolar Preferencial, una iniciativa que entrega recursos adicionales por cada alumno prioritario y preferente, a los sostenedores de establecimientos que han firmado con el MINEDUC un Convenio de Igualdad de Oportunidades y Excelencia Educativa; para la implementación de un Plan de Mejoramiento; también los protestantes exigen mayor transparencia la rendición de cuentas de los fondos de la subvención escolar.

Del mismo modo los protestantes piden generar foros interestamentales constantes para tratar y avanzar en temas de convivencia escolar dentro de la comunidad educativa.

También exigen medidas del ámbito de la salubridad, como lo es la reparación de filtraciones de cañerías, agua caliente en calderas, adaptación de baños, solución de problemas del cableado eléctrico, control de plaga de ratones, entre otras peticiones.

En el plano nacional, piden la derogación de la ley Aula Segura, la desmunicipalización efectiva y el fin al sistema de “voucher” de financiamiento. Asimismo, rechazan el proyecto de ley Admisión Justa y la ley de Control preventivo de identidad a menores.

Igualmente, piden la implementación de una opción vegana en los menú JUNAEB a nivel nacional. También exigen el rechazo Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, más conocido como TPP11.

Sin embardo, pareciera que lo que subyace en esta protestas realmente es la crítica al proyecto educativo que representa reunir en un mismo plantel a alumnos especialmente dotados para el estudio y llevarlos a un nivel de excelencia superior. Este proyecto sigue siendo un proyecto tan válido hoy como lo era en el momento de su fundación.

Así se ha intentado desacreditar esa visión educacional acudiendo a argumentos de discutible sustentación. Se ha buscado instalar la idea de que no habría ningún valor especial en esta experiencia, negándose a aceptar las diversas demostraciones en contrario.

La existencia de estos liceos, a diferencia de lo que a veces se plantea,, no impide ni contradice el propósito de mejorar el resto de la educación pública. Una política educacional debe reconocer también la distinción, pero este reconocimiento es precisamente el que parece estar a la base de los cuestionamientos: se niega la posibilidad de que estos liceos puedan definir exigencias académicas a sus postulantes en séptimo básico (algo que es habitual en la experiencia comparada, aunque con diferencias en el nivel escolar preciso en que ello se permite). Al mismo tiempo, se les transmite a los jóvenes que fueron seleccionados por esta vía que no tienen ningún mérito especial.

Si se miran las matrículas de las universidades y carreras más selectivas, es posible comprobar que los jóvenes provenientes de liceos estatales representan una proporción relativamente reducida, por debajo de la participación que tienen en el número total de quienes rinden la PSU. El grueso de ellos ha provenido tradicionalmente de unos pocos planteles, destacando entre estos el Instituto Nacional.

Las autoridades y la comunidad deben trabajar con unidad para rescatar este emblemático liceo. Es muy difícil para una comunidad educativa lidiar con esa falta de reconocimiento, totalmente inmerecida, por lo demás, a la luz de la nula evidencia con la que se argumenta al respecto.

Esta es una de las razones por las que es tan preocupante la situación por la que atraviesa ese emblemático establecimiento. Los niveles de violencia que se han observado este año, las suspensiones crecientes de clases, la tensión en su comunidad y la ausencia de autoridad hacen imposible crear las condiciones para desarrollar bien el proyecto educativo que lo ha caracterizado por más de dos siglos.

Lo que resulte de esta pugna, sin duda afectará a toda la educación pública.

El factor Kast


Por Gonzálo Cordero, Abogado

No es fácil ser de derecha, reconozcamos que tiene mala prensa, mientras la izquierda aparece preocupada de la igualdad y de quitarle a los ricos -o a los súper ricos- para darle a los pobres, a nosotros nos imputan defender a los poderosos, cuidar privilegios, ser “economicistas” y bastan un par de opiniones que contradigan lo políticamente correcto para ser ubicado en la extrema derecha. A Bolsonaro se le crucifica, a Maduro se le relativizan o niegan sus tropelías; lo que dice J.A. Kast “violenta”, lo que dicen o hacen Camila o Giorgio, por mencionar a algunos, se recibe con un halo de “buena onda”.

Si el partido que formará J.A. Kast pacta con Chile Vamos se denunciará la derechización del oficialismo; si lo hace el Frente Amplio con la Nueva Mayoría será por pragmatismo y se celebrará como un paso de institucionalización de toda la “centroizquierda”. Pero, como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Estas son las cartas con que la derecha tiene que jugar y punto.

Entre un Kast y el otro la derecha cubre un amplio espectro, claro que hay diferencias importantes a lo largo de todo ese arco, pero cualquiera sean esas discrepancias, por más socialmente conservadores que sean unos y por más liberales que sean otros, hay puntos de coincidencia que colocan a todos en una misma vereda en relación con la izquierda, que se ubica claramente en la del frente.

J.A. Kast está muy lejos de ser esa derecha xenófoba, proteccionista y contraria al libre comercio que ha crecido en Europa, su proyecto es una combinación de liberalismo económico y de un conservadurismo social que contradice muchas de las bases de la organización liberal sobre las que se estructura la modernidad. Pero esto es bastante más de fondo y complejo que simplemente acusarlo de ser un extremista o un fanático, porque la verdad no lo es.

Su discurso no teme desafiar lo políticamente correcto, eso lo lleva a plantearse como un político que no hace concesiones, que defiende cada una de sus convicciones, denuncia a quienes buscan ser mayoría y lo hacen, en su visión, a cualquier costo. Por eso, plantea la tensión entre principios y pragmatismo, conectando con una parte del electorado de derecha que, por sí mismo, es insuficiente para ser mayoría, pero que es imprescindible sumarlo para serlo.

¿Cuál es el límite del purismo enfrentado al pragmatismo de la actividad política? En la respuesta a esa pregunta está la medida de su responsabilidad, porque llevado al extremo se convertiría en el mejor aliado de la izquierda. Al final, lo que importa es no confundir nunca al verdadero adversario, a partir de ahí se defienden los principios. Ojalá todos los recuerden, desde un Kast al otro.

¿El fin de la autoridad?

Por Juan Carlos Eishholz

Nunca en la historia fue más difícil ser autoridad. Jefes de gobierno resignados a tener bajo respaldo ciudadano, gerentes generales que rotan con una periodicidad sin precedentes, profesores que son desoídos y hasta amenazados por sus alumnos, padres que se desvelan tratando de educar a sus hijos.

Llevado al Chile de hoy, sin ir más lejos, es cosa de ponerse en los zapatos del fiscal nacional, o de quien encabeza una iglesia, o de algún comandante en jefe, o del presidente de un partido político, o de un gerente general de la industria del retail, o del director del Instituto Nacional. La lista es larga, casi interminable.

¿Qué está pasando? Una posible interpretación es que habría muchas personas ineptas o corruptas ocupando esos cargos. Y sí, desde luego que las puede haber, pero existen muchas más que son competentes y honestas. Por tanto, no estamos hablando de casos individuales, sino de un fenómeno extendido de autoridades que no están pudiendo cumplir bien su rol de dirigir.

Una interpretación alternativa es que se trata de un momento excepcional, de transición, como los ha habido antes en la historia, y que han supuesto enormes desafíos para las autoridades. Esta parece ser una interpretación más fundada, y si nos quedamos con ella, solo habría que esperar que estos cambios sociales y tecnológicos que estamos viviendo —o padeciendo— se morigeren para que volvamos a un mundo con más orden y certezas, en el que las autoridades sean nuevamente la luz que ilumina el camino. Sin embargo, no parece que eso vaya a suceder.

La interpretación más plausible es que este fenómeno de individuación, autonomía y empoderamiento ciudadano que venimos observando llegó para quedarse. Y si eso es así, tendremos un mundo cada vez más complejo y cada vez menos predecible; un mundo, por lo tanto, con más preguntas y menos respuestas, con más diversidad y menos uniformidad, con más voces y menos control, con más redes y menos jerarquía.

Si vivir en una realidad así, más líquida y menos sólida, es un desafío para todos, lo es especialmente para las autoridades, que son justamente las llamadas a satisfacer esa necesidad humana básica de certeza y seguridad. Para eso elegimos Presidente, para eso nombramos un gerente general, en búsqueda de eso es que un niño mira a sus padres.

¿Estamos entonces acercándonos al fin de la autoridad? La respuesta es no, porque ella es consustancial a todo grupo humano —y a todo grupo de mamíferos, de hecho—, que por definición requiere organizarse para funcionar. Pero sí estamos presenciando el fin del ejercicio de la autoridad como lo hemos conocido por varios miles de años. Y es que no puede ser de otra manera. ¿Cómo pretender dar una solución rápida a problemas cada vez más sistémicos que nadie entiende del todo? ¿Cómo alinear a los parlamentarios de un partido cuando ellos son presionados por múltiples actores a través de las redes sociales? ¿Cómo brindar seguridad a empleados que ven amenazado su trabajo con la automatización?

La realidad social y organizacional ha cambiado, pero la forma de ejercer la autoridad no lo ha hecho. Y si la democracia está siendo cuestionada, las instituciones están en crisis o las empresas están en problemas, es en gran medida debido a que quienes las dirigen no han sabido adaptarse en el ejercicio de su rol, y siguen actuando desde un paradigma más patriarcal.

En el extremo, esto conduce al populismo que hoy estamos viendo florecer en muchos lados, que no es el mismo de otras épocas, que tomaba la forma de asistencialismo. El de hoy se expresa en dar respuestas simples a problemas complejos. Eso es lo que trasunta la política internacional de Trump, basada en bravuconadas y plagada de mentiras que niegan la realidad, o el decreto de Bolsonaro que facilita la posesión de armas de fuego en su país. Y aunque no alcanzan para ser calificadas de populistas, las políticas empresariales que se quedan en la reducción de costos y no ponen acento en la innovación también son respuestas simples a desafíos complejos.

Nada de esto representa una solución real y sostenible, pero ayuda a la popularidad, porque frente a la incertidumbre las personas buscamos respuestas que nos brinden seguridad, aunque sea solo una ilusión. Más temprano que tarde, sin embargo, esas pseudosoluciones se prueban falsas, la popularidad cae, y las sociedades u organizaciones se van estancando o entrando en crisis.

¿Cuál es el desafío? Contrario a lo que muchos piensan, la respuesta a la incertidumbre no está en un ejercicio autoritario o carismático de la autoridad. Muy por el contrario, el desafío es enfrentar a las personas con la complejidad, exponiéndolas a las disyuntivas que aparecen, en lugar de hacerse cargo a través de soluciones simples que no las comprometen. Si un Presidente quiere generar progreso en su país, una solución fácil y cortoplacista es decretar alzas de aranceles; la difícil y sostenible es generar competitividad.

Estos desafíos complejos que hoy van siendo la norma, y para los que no existe una respuesta única, demandan autoridades visibles, y que estén dispuestas a plantear preguntas más que a dar respuestas, a involucrar en las decisiones más que a dar órdenes, a escuchar más que a dictaminar, a exponer el conflicto más que a ocultarlo, a generar aprendizaje a partir de los errores más que a castigarlos. Todo esto implica, desde luego, abandonar ese supuesto tradicional de la autoridad infalible, buscando alinear no desde una pretendida verdad, sino desde un propósito colectivo que promueva la autonomía y responsabilidad de los individuos.

No es el fin de la autoridad, pero sí el fin de la autoridad como la hemos conocido desde que comenzamos a dejar de habitar en pequeñas bandas de cazadores-recolectores y comenzamos a construir grandes civilizaciones. Mientras antes evolucionemos en adaptarnos a esta forma distinta de ejercer la autoridad, menos durará el dolor de la transición social que hoy estamos viviendo.

Entre Peter Pan y el país de las maravillas

Por Cristián Labbé Galilea

Así como se sabe que parte importante de los cuentos infantiles clásicos contienen, además de grandes enseñanzas, una velada crítica a la época en que fueron ambientados, es sabido también que conductas impropias de hombres públicos, que pueden parecernos simples bagatelas, son el vivo reflejo de la sociedad que representan.

En esta última categoría se inscriben, entre muchas otras, las frecuentes informalidades en el parlamento; el que un “Honorable” haya llegado a la Cuenta del Presidente caracterizado de Batman o el que en el mismo acto apareciera en la tribuna un mimo con cara de fastidioso…¡Una vergüenza!, pero ¿qué se le hace, si es el sino de los tiempos?

Por otra parte, lo que no es un cuento de niños, aunque como un clásico refleja nuestra realidad, es que esta semana las encuestas vuelvan a posicionar a Lavín como el político con más posibilidades de alcanzar la presidencia en las próximas elecciones.

Es como volver el tiempo veinte años, algo así como si estuviéramos viviendo en “El País de Nunca Jamás”, donde el escoces J.M. Barrie -en su novela Peter Pan- nos muestra un grupo de niños que viven alejados de la realidad, en un entorno que no cambia, donde no crecen, y cuya principal amenaza es el Capitán Garfio y su malvada camarilla (no vaya mi suspicaz lector a pensar que me refiero a algunos “señores políticos”).

Genial metáfora que nos permite mezclar fantasía y realidad. Si en “Neverland” los niños no crecen, en nuestra realidad hay muchos que no maduran; si allá viven en la irrealidad, aquí lo hacen en la irresponsabilidad; si allá no pasa el tiempo, aquí con el tiempo se les olvidó el pasado… ambos mundos mágicos.

A pesar de lo dicho, cada día son más los ciudadanos que se han liberado de la confusión y, despertados de la alucinación a la que estaban sometidos, han crecido y han percibido que las circunstancias políticas, económicas y sociales definitivamente cambiaron, por lo que ya no creen en cuentos de hadas. La realidad los ha obligado a crecer rápidamente, ya no son “los niños perdidos” del nunca jamás.

Liberados de la oscuridad y de la incapacidad de entender la realidad, el ciudadano de hoy prefiere: la estabilidad al caos; la honestidad por sobre la corrupción; la autoridad y la confianza en lugar de la decadencia y la desintegración; la libertad y la autonomía en vez del asistencialismo; ¡todos factores claves para la robustez de nuestra sociedad!

Sin embargo, como hemos señalado que los cuentos clásicos nos entregan enseñanzas y críticas, no podemos dejar de pensar que también existen los incautos que siguen “conejos blancos”, como ocurre en  “Alicia en el País de las Maravillas” (Lewis Carroll, 1865), donde la protagonista, por seguir a un hablador conejo blanco, cae en un lugar donde todo parece absurdo e ilógico, donde campea la intolerancia y el surrealismo…

¡Saque mi habilidoso lector sus propias lecciones y conclusiones!

La paradoja de la libertad

Por Karin Ebensperger Ahrens

Cuando cayó la Unión Soviética se observó lo paradójico que puede ser el concepto de libertad. Mucha gente —tras generaciones de comunismo— no tenía elementos de juicio para manejar su creciente libertad, que pareció abrumadora. Estaban acostumbrados a la tarjeta de racionamiento, a mínimos productos y a no opinar de políticas públicas.

La libertad es un proceso, requiere formación para poder tomar decisiones informadas y conducentes al propósito deseado. En “La Paradoja de la Elección”, el psicólogo Barry Schwartz se refiere a la ansiedad que produce tener demasiadas opciones sin estar preparado para enfrentarlas. En política, el asunto se asocia a qué entendemos por libertad, y cuál es el rol del Estado en relación con ella. Los estatistas creen en una burocracia dominante, los libertarios persiguen que los ciudadanos tomen casi todas las decisiones incluso si son malas, y otros sostienen que, dentro de un Estado de Derecho, hay ciertas limitaciones a la libertad para asegurar el bien común. Por ejemplo, obligar a vacunarse.

Me siento interpretada por esta última visión. Creo muy difícil organizar una sociedad democrática si se llega al extremo de que cada decisión, incluso la que tiene implicancias para otros, la tenga que tomar personalmente cada ciudadano. El tema sin embargo es muy complejo.  No es paternalismo —y así lo reconocen las sociedades democráticas— obligar a ahorrar para la vejez, pero de ahí surge una enorme gama de opciones para encauzar una política al respecto. Ese es un ejemplo de la difícil y paradójica libertad en una sociedad democrática.

Según la psicología y la economía conductual, los seres humanos no actuamos siempre en forma racional, y la falta de preparación en ámbitos complejos impide juzgar cada cosa en su mérito.

Por eso, la madre de todas las batallas es la Educación, que no es mera instrucción electiva, sino una formación integral. Si consideramos que el fin de educar es enseñar a pensar para tomar decisiones libres, hay ramos humanistas indispensables para orientar a los jóvenes.

La filosofía aporta un sentido de vida: ciencia sin filosofía puede ser destructiva, economía sin ética nos hace estúpidos, persiguiendo un consumo vacío de sentido.

La historia, sea de Chile, de las instituciones o del mundo, nos permite entender el devenir: que somos finitos, que el poder tiene límites, que el progreso es complejo y tiene diversas miradas. Rebajar la importancia de Historia como ramo formativo en el nuevo currículum del Ministerio me parece un despropósito en un mundo que se ha quedado sin certezas, y con crecientes opciones.

¿Justicia o populismo?

Por Roberto Hernández Maturana

Tras diez años de discusión, la noche del martes la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley que establece la imprescriptibilidad de los delitos sexuales cometidos contra menores de edad, con una indicación impulsada por el diputado René Saffirio: que los delitos que hayan sido cometidos a partir de 1990, fecha en que Chile adscribió a la Convención sobre los Derechos del Niño, puedan ser retroactivos.

En resumen, los congresistas estimaron que respecto de estos delitos pueden violar el principio básico de la irretroactividad de las normas que ordenan la persecución penal. Así, mañana podría también establecerse tribunales especiales o, llegados a este punto, por qué no, sancionar conductas con efecto retroactivo.

Al respecto muchos juristas y legisladores han rasgado vestiduras, manifestando que aun  cuando estos abusos son atroces, la resolución de la Cámara sería de un  populismo irresponsable y atentatorio contra los principios civilizatorios.

Advierten los estudiosos y profesores del derecho, que esto podría inducir a una reducción del estándar probatorio, porque es muy difícil que cuando hayan pasado 30 o 40 años existan pruebas contundentes del delito, lo que permitiría a los jueces condenar por presunciones e indicios poco precisos y concluyentes. Y si los jueces no admitieran este tipo de pruebas más débiles deberían absolver con lo que la imprescriptibilidad puede convertirse en un gesto que resulte más teórico que práctico. También existen críticas sobre las razones por las cuales se daría este trato de favor a las víctimas de ciertos delitos y no de otros, como aquellos relacionados con derechos humanos . En el Congreso hay actualmente en tramitación varios proyectos que proponen declarar la imprescriptibilidad de delitos funcionarios, cohecho, ejecuciones ilegales, tráfico de inmigrantes y trata de personas, femicidio, parricidio, infanticidio, delitos terroristas, etc. Igualmente, la existencia de dificultades para que las víctimas tomen conciencia del abuso sufrido se puede verificar también cuando las personas sean jóvenes de 18 o más años.

Para el académico Hernán Corral, que expuso en el Senado respecto a la irretroactividad de la norma con respecto a hecho anteriores a la entrada en vigencia de la futura ley , está «debe considerarse contraria a la Constitución por lesionar en algunos casos la cosa juzgada judicial y en todos la garantía constitucional de la propiedad».

Adicionalmente, el abogado penalista Juan Carlos Manríquez ha planteado que la aprobación de la norma puede significar «un quiebre con la tradición jurídica nacional muy profundo» porque «se alterarían otras reglas, como la seguridad jurídica».

Por otra parte, el abogado Enrique Aldunate, dijo que «No se puede comparar, la pérdida de vidas por delitos relacionados con DDHH con un hecho puntual que afecta la libertad sexual», dijo en referencia al hecho de que la imprescriptibilidad sí se aplique para delitos de lesa humanidad diciendo que  «esa sinonimia no puede ser aceptada».

Para el académico de la U. del Desarrollo, Alejandro Leiva, la imprescriptibilidad «va a generar problemas probatorios, porque transcurridos 30 o 40 años, para que se logre probar un delito de esta naturaleza, (la seguridad) disminuye muchísimo, y eso atenta contra la certeza de los fallos y aumenta la posibilidad de error judicial».

Se ha dicho finalmente que  los legisladores prrtenden imponer su visión por sobre las garantías, y lo hacen en aparente defensa de valores superiores, para perseguir conductas deleznables o para proteger víctimas merecedoras de apoyo, pero se agrega también que el fin no justifica cualquier medio, porque al validarse ciertos medios no solo se sacrifica la seguridad jurídica del presunto delincuente, sino la seguridad de toda la sociedad

El debate que se inicia es interesante, porque más allá de la necesidad de castigar estos deleznables delitos, se puede caer en acusaciones difíciles de probar después de años de cometido el presunto delito…, pero si la justicia pone al acusado en la “necesidad” de demostrar que no cometió el delito por el que se le acusa, entonces la injusticia es infinitamente peor… y eso es precisamente lo que hoy continúa ocurriendo con muchos ex uniformados que siendo jóvenes subalternos en 1973 hoy son acusados a base de testimonios de  víctimas o testigos… o presuntas víctimas o testigos, colocando muchas veces a los acusados en la imposibilidad de demostrar que no estuvieron donde se les acusa haber estado, cuando el caso debería ser exactamente al revés, la justicia debe demostrar que el acusado sí estuvo o participó en los hechos por los que se les acusa… pero no solo a base de testimonios, si no de pruebas concretas.

Es muy interesante  conocer lo que afirma sobre la memoria engañosa la doctora  Elizabeth Lofthus, una psicóloga y matemática estadounidense, que ha dedicado gran parte de su vida a estudiar la memoria humana para determinar la solidez de esta, partiendo de la hipótesis de que el entorno y todo lo que rodea al momento del almacenamiento de un recuerdo o su recuperación influyen,

y esa influencia era negativa en cuanto a la calidad del recuerdo. Así la Dra Lofthus afirma que todo nuestro ayer, nuestro aprendizaje, nuestro yo, se basa en la memoria, que es como el camino que nos muestra de donde vinimos, preguntándose ¿cuánto podemos confiar en ese camino?

Elizabeth Lofthus concluye que en un juicio, la memoria de un testigo es la evidencia más peligrosa a la que puede recurrirse. Si un testigo define a un acusado y lo entrega como culpable, básicamente este ya puede ser considerado culpable ante la justicia.

Estudios anteriores ya demostraron que la memoria era frágil y presentaba falsos recuerdos, por ejemplo autores como John D. Bransford y Marcia K. Johnson fueron precursores a los estudios de Lofthus en este tema

Volviendo al cuestionamiento que hoy se hace a la imprescriptibilidad de los delitos sexuales cometidos contra menores de edad a partir de 1990, fecha en que Chile adscribió a la Convención sobre los Derechos del Niño, puedan ser retroactivos, cabe preguntarse si lo que realmente nuestros legisladores quieren  legislar para un estado justo o se están entregando al populismo y veleidades de voluble mayorías.

Nuestros parlamentarios no deberían olvidar que someterse en democracia sin reglas, ni límites, al arbitrio de la opinión de las mayorías, atenta contra las libertades y la democracia misma

 

Oportunismo, venganza y testimonios falsos

Por Christian Slater Escanilla

El último que habló de revanchismo y oportunismo político o más bien dicho de “venganza” y no justicia, fue un actuario (abogado) que trabajaba con el Juez Mario Carroza, (Radio Universidad de Chile, viernes 05 de enero de 2018). Fue desvinculado de esa labor y nunca más supimos de él. También podríamos comentar las decenas de casos en que, a través de una “ficción jurídica” se condenó a ex militares, donde además se utilizó un procedimiento judicial que quedó derogada entre los años 2000 y 2005. Lo que se llamó la Reforma Procesal Penal.

Ni hablar de los jueces que, reabriendo causas —juzgadas y cerradas en plena democracia— vuelven a investigar y, en algunos casos, condenan sin nunca haber interrogado o conversado personalmente con los enjuiciados por estos temas. Son los mismos que han dejado de perseguir a terroristas y criminales que se pasean libremente por Chile y el mundo. Los mismos que reconocen su color político de izquierda. Pero, más aún, establecen absoluciones para terroristas como el que secuestró a Cristián Edwards. Sumemos los que son protegidos por el comunismo internacional y viven libremente en México, Francia o Argentina. Ellos son intocables.

Condenas que se realizan con la verdad única y exclusiva del Juez quien, indebidamente amparado en el antiguo sistema procesal penal, es el único que persigue, interroga, juzga y sentencia. Para ello, utilizan testigos que después de más de 40 años, creen recordar cosas que nunca sucedieron o las recuerdan —para no ser mal pensado— de una forma diferente a cómo realmente sucedieron. Esto se reconoce como el desarrollo de memorias distorsionadas o totalmente falsas. Al respecto, la Doctora en psicología Elizabeth Loftus, de la Universidad Irving de California, nos comenta: “hay muchos individuos en nuestra sociedad que han sido encarcelados por crímenes que no cometieron. En Estados Unidos un proyecto recopiló más de 300 casos de personas que habían sido encarceladas por error. Cuando esos casos fueron analizados, se descubrió que la principal causa de equívoco fue la memoria defectuosa, el testimonio defectuoso de los testigos”. Al respecto, estimado lector, puede encontrar en la WEB, innumerables reportajes sobre este tema.

No está de más recordar que en Chile —algo que sigue pendiente— el Código Penal establece el delito de prevaricación para los jueces de todo tipo y fiscales judiciales, cuando fallen contra lo que indica la ley vigente, lo mismo cuando se dicten sentencias manifiestamente injustas.

Que lo anterior, algún día, se investigue y se revisen las condenas dictadas, aún es parte, de la esperanza de muchos chilenos. O, al menos, teniendo a la vista lo señalado por los estudios de la Doctora Loftus, se cuestione y definitivamente se anule el exagerado valor que los Jueces le dan a las declaraciones de testigos que, muchas veces, tienen antecedentes alcohólicos, de drogadicción o poseen un escaso nivel intelectual.

Anarquía versus Utopía

Por Patricio Quilhot Palma

Hace miles de años, en la cuna de la democracia moderna, los sabios griegos crearon el concepto de “anarquía”, aplicándolo para definir la “ausencia de autoridad” o “ausencia de gobierno”. Dicho término es aplicable a todas las actividades colectivas, tanto públicas como privadas. Así lo podemos ver cuando, por ejemplo, en una empresa cualquiera el gerente permite que los diferentes departamentos que la componen actúen en forma independiente, sin un hilo conductor que defina las metas y las prioridades.

Cuando observamos la realidad nacional, la desgraciada conclusión a la que llegamos es que nos encontramos en medio de un proceso anárquico, donde los elementos componentes del Estado de Chile actúan en forma descoordinada, sirviendo cada uno a intereses distintos. Poco o nada va quedando de la búsqueda del “bien común”, el cual va siendo sustituído por los intereses sectoriales o personales. En pocas palabras: a nadie le importa el efecto de una medida sobre los demás, sólo le interesa cómo lo afectará a él.

Así como se inventó el término anarquía, los griegos crearon también el de la “utopía”, definida por la Real Academia de la Lengua como “el plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización”, en síntesis, una aspiración válida, pero de dificultosa materialización. ¿Será entonces una utopía el desear contar con un estado fuerte, ordenado y respetado? Puede ser, pero no por ello debemos dejar de aspirar a él.

La falta de coherencia entre las diversas instituciones es palpable a diario en nuestro país. Mientras el Poder Ejecutivo anuncia medidas necesarias para garantizar el respeto y el orden público, sus órganos dependientes emiten señales en contrario, tal como vemos con la reiterada falta de respaldo a la acción policial. Mientras el Poder Legislativo rasga vestiduras por la falta de iniciativas de Ley de parte del gobierno, sus integrantes se confabulan para impedir su aprobación y así debilitar al adversario que los derrotó en las urnas. Mientras el Poder Judicial exige respeto por su independencia, una sala del más alto tribunal se inmiscuye en el ámbito administrativo del Poder Ejecutivo.

Así, podemos seguir citando muchísimos ejemplos de la forma en que la anarquía comienza a ocupar el espacio de la vida ciudadana de los chilenos. Definitivamente, vamos por un pésimo camino y nadie quiere o se atreve a intentar rectificarlo. Por supuesto que no es cosa de llegar y cambiarlo, pero ya es hora que se levanten las voces de los intelectuales y los buenos políticos – escasos – para remecer consciencias y formar opinión que apoye el regreso al orden. Difícil o utópica parece la tarea, pero si no se enfrenta con valor y decisión, tal vez el resultado nos arrolle antes de lo que imaginamos.

Entre los elementos sectoriales más llamativos de esta descomposición, podemos visualizar lo que ocurre con el Poder Ejecutivo, donde los electores decidieron soberanamente reemplazar a una coalición decadente e ineficiente por una que prometía un cambio sustancial en la forma de gobernar, esta vez, trayendo a la primera línea a los mejores y más capacitados. Nadie duda de la calidad profesional de la mayor parte de los integrantes de la nueva administración, pero los hechos nos van demostrando que algo anda mal y que su capacidad no logra ser puesta en evidencia ante la ciudadanía. Se habla de diversas razones, que no constan al común de las personas. Lo real es que da la impresión de que el Jefe del Gobierno y del Estado se está farreando un equipo de buenos colaboradores.

A lo anterior, se suma la seguidilla de errores no forzados, cometidos por quien dirige al equipo, haciendo pensar en una carencia de análisis previo de las situaciones que pueden afectar al gobierno o – lo que es mucho peor  – la existencia de un estilo personalista que desprecia las sugerencias de esforzados asesores. Cualquiera sea la razón, se completa el cuadro con la falta de un sistema de Inteligencia que permita anticipar los conflictos y administrarlos oportunamente.

Para qué hablar del Poder Legislativo, donde basta con ver la bolsa de gatos que lo compone para comprender la causa de su ineficiencia creciente, determinada por la participación de legisladores de última hora, sin la preparación profesional o siquiera la cultura necesaria para discutir y agregar valor a la formación de las leyes que nos regirán. Desde la farándula hasta la delincuencia han sido vistas sin tapujos en las salas del Congreso, sufriendo los chilenos la culpa por haberlos elegido.

El Poder Judicial, por su parte, azotado por la crisis de Rancagua y por la extralimitación de algunos próceres del activismo judicial, había escondido hasta ahora sus debilidades, tristemente conocidas por un sector de la sociedad. La interpretación de leyes a su antojo, la aplicación de normas legales con efecto retroactivo, la subordinación de la soberanía jurídica a la potestad de órganos nternacionales, la prevaricación evidente de los Jueces de DD.HH., constituyen pruebas suficientes de la anarquía que inunda gradualmente los tribunales, sin que se observe una solución en el horizonte.

Los encargados de fiscalizar el cumplimiento de la Ley, como se mencionó, son incapaces de utilizar los mecanismos constitucionales para rectificar los abusos de los malos jueces. No hay un diputado que se atreva a acusar constitucionalmente a un juez ladrón, prevaricador o inmoral, guardándose este recurso sólo para casos en que puedan obtener algún beneficio sectorial, como ocurrió con la izquierda en el último y fallido intento en contra de ministros de la Corte Suprema.

Vamos por un muy mal camino, con un pésimo augurio para nuestro país. No se ve solución ad portas y – peor aún – todavía se escuchan voces que hablan de elaborar una nueva constitución…Podemos imaginar lo que resultaría de esta amalgama de intereses, inmoralidades y abusos, plasmados en una nueva Carta Fundamental. Es doblemente triste escribir sin proponer, pero la situación supera la capacidad de cualquier ciudadano común y recae en seres superiores, como aquellos que dieron vida, forma y estructura a nuestro – hasta ayer – orgulloso Estado de Chile….La utopía sigue siendo válida ante la anarquía incontenible.

«las flores pintadas no huelen a nada»

Por Cristián Labbé Galilea

Nadie sensato puede desear que a un gobierno le vaya mal, sea cual sea su posición política; si eso ocurriera incluso un enconado detractor debiera pensar que él, como todos sin excepción, se verá afectado.

Obvio, cuando el barco se hunde “a todos les toca…”. Luego, por más bronca que los pasajeros le tengan al capitán, éstos no debieran desear, en ninguna circunstancia, un naufragio. Lo anterior no quiere decir que quienes van a bordo se sientan inhibidos para expresar su preocupación por el derrotero que se está siguiendo, ni por “las maniobras” que a su amaño ejecuta el timonel.

Pensando en nuestra realidad se puede decir que, si bien es cierto nada indica que exista algún riesgo de zozobra, no se puede negar que el confort, el bienestar y la calidad de vida de los pasajeros, han caído notoriamente.

Hacia donde se mire, se ven nubarrones que zarandean nuestro andar: la economía estancada, las inversiones no llegan, la competitividad en fuerte caída, la agitación social es pan de cada día, la inseguridad y la violencia golpea en todas direcciones, las instituciones están peligrosamente debilitadas… En suma, se percibe una notoria caída en las expectativas, que se refleja en que “el Capitán” está en su más bajo nivel de aprobación.

Cualquier sensato pasajero se preguntará el porqué de esta paradoja: si al Capitán se le ve todos los días anunciando “desde el puesto de mando” algún “nuevo y curioso” proyecto, ¿por qué la sensación de bienestar y las expectativas de la gente no mejoran…?

La respuesta a esta aparente incongruencia me la dió un viejo y retirado “lobo de mar” quien, como un antiguo oráculo, me dijo: “profesor, no se le olvide que… las flores pintadas no huelen a nada”.

Requerido a que me explicara tan curiosa expresión, mi interlocutor me llevó latamente por sus recuerdos a la vieja práctica política de colocar “primeras piedras” donde fuera: “primera piedra de un puente, no hay río, haremos el río; primera piedra de un consultorio, habrá que ver de donde salen los enfermos; caminos, escuelas, caletas… etcétera; hoy han cambiado las primeras piedras por iniciativas legales, proyectos y anuncios conceptuales, pero en definitiva… promesas, puras promesas…”.

Sin que mediara pregunta alguna, cual “augur de presente”, insinuó que el gobierno debía dejar la tentación de poner este tipo de “primeras piedras” y abocarse, en esta segunda mitad de su travesía, a “cortar cintas”, haciendo alusión a esa vieja práctica política que poco se ve en estos tiempos…

Después de un silencio agregó: “profesor, recuerde que la credibilidad es la diferencia entre el decir y el hacer y que la mejor forma de convencer es hacer, no prometer… cumplir y no eludir”.

Al final me quedé pensando cuan cierto es que: “las flores pintadas no huelen a nada”. Así como los proyectos y las ideas, por interesantes que sean, la gente los olvida… son los hechos los que se valoran… porque las puras promesas disminuyen la confianza y no huelen a nada.