Dos minutos

Por Ascanio Cavallo Castro

El cambio de gabinete más esperado y postergado del año ha sido un fiasco como espectáculo político: no hubo novedades sustanciales en los dos equipos pivotales -el político y el económico-, nadie fue sacrificado en el altar de la oposición y los motivos de la remoción de los ministros caídos permanecen en el cuaderno privado de las evaluaciones del Presidente. Costará mucho saber realmente por qué salieron, por ejemplo, el exministro de Economía José Ramón Valente o la exministra de Energía Susana Jiménez

De los 24 ministerios, seis fueron modificados, un modesto cuarto que se hace más leve cuando se considera que de las cinco reformas que el Presidente reiteró como sustanciales y que estando en el Congreso “no han podido avanzar”, solo una compete a un ministro de recambio: la de Salud, cartera a la que regresó el más que curtido Jaime Mañalich. Las cosas sugieren que Mañalich llega en calidad de bombero, a salvar los muebles de unos proyectos que el saliente Emilio Santelices, habiéndose demorado una eternidad, ya no podría proteger.

La remoción de mayor envergadura ha sido la del canciller Roberto Ampuero, que parece poner fin a la “venezuelización” de la política exterior y a las apuestas excesivas del gobierno chileno por Juan Guaidó. Con Ampuero se va también, probablemente, la prioridad sudamericana ahora que el continente se oscurece. Además de constituir un triunfo para RN -partido quejoso donde los haya-, el ingreso de Teodoro Ribera asegura un estilo más circunspecto y menos lustroso, más europeo, en un año en que la Cancillería debe afrontar, afuera, el pulso entre Trump y Xi, y adentro, los megaeventos de Apec y COP25. Si sobrevive a eso, también es probable que Ribera reciba el premio del fallo de La Haya sobre el río Silala, que de no mediar algún hecho extraño debería ser una nueva victoria judicial sobre el gobierno de Evo Morales.

Pero en realidad lo más importante de la ceremonia del jueves no fue el rapapolvo ministerial -en estos casos siempre se renueva el sentimiento de precariedad entre los que se salvaron-, sino el breve discurso del Presidente, acaso el más sombrío en lo que va de su gestión. En esas pocas palabras, Piñera describió un cuadro exterior deprimente, con un retroceso generalizado del comercio mundial y un serio deterioro en los términos de intercambio para Chile, además de un cuadro interior estancado y en proceso de polarización. Como diagnóstico, entre la UCI y la UTI.

La oposición más tenaz tiende a oír estas cosas con una combinación de entusiasmo y enojo, como cree que es su deber. Entusiasmo, porque el gobierno reconoce que está en problemas y que su triunfalismo inicial camina hacia la decepción, y rabia, porque estima que es una agresión que el gobierno la culpe de obstaculizar sus proyectos, como cree que es su deber. La oposición se siente hinchada de deberes, todos los cuales convergen en la patriótica tarea de impedir que la derecha logre dos o más gobiernos, y el gobierno se siente colmado de derechos, todos los cuales convergen en el noble propósito de que la oposición siga siendo tal por muchos años. Cuadro interior estancado.

Pero si se escucha únicamente ese par de minutos pensando que el Presidente habla en serio, entonces el país puede estar entrando en un período más desolador de lo que nadie había creído, partiendo por él mismo.

Los indicadores de percepción social de las últimas encuestas -incluyendo la que el CEP liberó el mismo jueves- coinciden en presentar un derrumbe de las expectativas económicas y la creación de lo que sin ambages puede ser llamado pesimismo colectivo. El túnel, el malhadado túnel. Una melaza de temor y zozobra parece esconderse bajo las malas evaluaciones de todas las áreas sensibles de la gestión de gobierno. El propio Presidente, según estas cifras, no está proyectando esa aura de vigor y confianza que emergió después de las elecciones. Algo ha pasado en estos 13 meses.

Por supuesto que el gobierno no habría imaginado semejante panorama, ni ha estado preparado para él. Por su naturaleza, los gobiernos democráticos actuales carecen de herramientas para enfrentar el pesimismo. Quizás ya pasó la era en que podían convocar a apretarse el cinturón y ser escuchados por masas resignadas. Decirle a la nación algo tan leve como que debe ajustar sus expectativas no es algo que la nación quiera oír, a menos que lo movilice un impulso suicida. Anestesiada en contra del dolor por 30 años de anuncios de crecimiento, la nación odia saber de deterioros en su salud. El realismo “a la baja” ha perdido prestigio, ni siquiera es sinónimo de responsabilidad. No es parte de los derechos del gobierno.

Quizás por eso, después de asomarse a ese valle oscuro por dos minutos, el Presidente volvió enseguida a celebrar sus logros y confirmar sus metas, a describirse a sí mismo con el espejo de la grandeza y a convocar de nuevo al diálogo y a los grandes acuerdos nacionales. Como si se hubiese tratado de un momento necesario, pero lamentable. Como una sirena de emergencia después de la cual alguien susurra que solo se ha tratado de un simulacro. Pero al mismo tiempo, no hay tal simulacro: es un hecho que el panorama mundial está muy incierto, los mercados muy volátiles y las proyecciones de crecimiento muy menguadas. Dado que Chile no tira el carro de la economía mundial, sino que más bien es tirado por ella, las consecuencias son bastante obvias.

Teniendo ese pronóstico en frente, era razonable esperar que el gobierno se refrescara profundamente, ya para tomar nuevas fuerzas, ya para descolocar a la oposición. Pero optó por otra cosa. Las cuatro reformas que “no han podido avanzar” -tributos, pensiones, trabajo y educación- siguen en manos de los mismos ministros; la relación con una oposición endurecida y en creciente polarización seguirá a cargo de los mismos responsables, y el adverso camino de la economía será recorrido con las mismas personas.

Si no fuera porque Piñera no tiene el fenotipo de los que se paralizan, cabría concluir que el Presidente no encontró soluciones para un ajuste mayor. Parece más probable, en cambio, que no haya encontrado ganancias en hacerlo. ¿Mejoraría el PIB con la salida de Felipe Larraín? ¿Aumentaría la percepción de seguridad con el despido de Andrés Chadwick? ¿Habría mejores posibilidades de negociación con la cesación de Gonzalo Blumel?

Nada de esto. Un cambio de gabinete puede ser decepcionante, pero no atrabiliario. Lo que el Presidente ha hecho ha sido montar una atrevida y aparatosa puesta en escena para reforzar a sus ministros claves, aplicar correcciones donde solo él sabe por qué lo hace y pasarle al país un mensaje lúgubre sin derrumbar la estantería, como al pasar y como de costado, haciéndose el plano.

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