El sofá de Dn Otto

Por Roberto Hernández Maturana

La proposición del gobierno de hacer optativa la asignatura de historia para los 2 últimos años de la enseñanza media, ha evidenciado a mi juicio las dos formas de enfrentar las situaciones y la forma de ver el mundo, tanto de la izquierda como de la derecha.
Los partidos de derecha prácticamente no han abierto la boca, lo que podría entenderse como una mal entendida lealtad al régimen que sustenta el bloque, pero también podría entenderse como una forma de una aun más mal entendida practicidad de ver el mundo.
La derecha históricamente ha tenido lo que podríamos llamar una visión técnica del desarrollo de las sociedades. Para ella el motor de la historia ha sido las ciencias exactas y no la historia, ni la filosofía, ni la sociología. Y esto ha sido una constante en los gobiernos que se han declarado en al ala derecha de la política, impidiéndole muchas veces ver, o anticiparse, y a veces darse cuenta, del sentido de los cambios que se originan desde las mismas personas, como hoy está ocurriendo con este verdadero cambio de paradigma que significa entrar a la era de la información, algo de consecuencias mayores aún que aquellas derivadas de la revolución industrial.

Sin ir más lejos, el gobierno militar cerró la carrera de sociología en las universidades apenas hacerse cargo del país, y la mantuvo cerrada durante casi toda su administración, lo que le impidió tener un real análisis científico de la estructura y funcionamiento de la sociedad chilena. Su énfasis estuvo en el progreso económico y social, algo en lo que siguen insistiendo los gobiernos de esa tendencia en nuestro país, desconociendo o no preocupándose de los fenómenos colectivos producidos por la interacción social, es decir “del sentir colectivo”, quedando ciega a los efectos de las causas, significados, e influencias culturales que motivan la aparición de diversas tendencias de comportamiento social; algo que sí ha sabido manejar la izquierda, al menos para “venderse” a la sociedad desde el punto de vista comunicacional, aunque su eficiencia administrativa normalmente se ha quedado en el discurso que no ha ocultado su ineficiencia y mal manejo de los recursos del estado.
Es de esperar que más que hacer optativo el ramo de historia, el gobierno se preocupara de hacer reformas en el método de enseñanza de la asignatura, hacia un sentido más investigativo que descriptivo que se ha prestado a interpretaciones torcidas por intereses políticos y no por realidades sociales.
Por su parte, los partidos de izquierda protestan a voz en cuello por la eliminación obligatoria de esta asignatura para hacerla optativa en los dos últimos años de enseñanza media… ¡Y como no si ellos han sido maestros en deformar la historia para contarla de acuerdo a sus intereses ante la apatía e indiferencia de la derecha! 
Su visión antagónica, derivada de sus próceres y mentores, que presentan al motor de la historia como una constante lucha de clases, entre explotadores y explotados, entre patrones y empleados, entre el capital y el trabajo, le ha permitido victimizar a parte importante de la sociedad, colocándose ella, la izquierda, como redentora de los oprimidos, sirviéndole para conquistar a las masas que creyendo en en sus discursos reivindicacionistas  en  muchas ocasiones le han otorgado apoyo electoral…, y si ello no se ha dado así, tiene en su otra mano el naipe del conflicto, el terror y el uso de la fuerza. Para eso a la izquierda no le importa falsear o deformar la historia, haciendo que generaciones completas olviden o crean una historia que no fue, condenando a esas sociedades, no sólo a la ignorancia, sino también a repetir los errores que provocaron las pasadas crisis sociales.
Las causalidades son parte de la historia, son hechos que deben ser conocidos si no queremos incurrir en los mismos errores del pasado. Los hechos de la historia no surgen en forma espontánea, sino que se derivan de una cadena causal. Pero ello a la izquierda no le importa, y una sociedad anestesiada se entrega sin resistencia al consumo de una historia ya digerida por maestros de la política, expertos en sociología…, no por historiadores.
En el caso chileno, es dramática la falta de autocrítica y la negación de responsabilidades, especialmente de la izquierda, en los hechos que casi nos llevaron a una guerra civil en 1973, y a esta deformación histórica se ha prestado gustosamente la derecha que hoy nos gobierna. Muestra de ello son por ejemplo las loas que dedicó la vocera de gobierno al recientemente extinto Carlos Altamirano, haciendo tabla rasa de la responsabilidad de ese dirigente y su partido en la historia que nos condujo a los aciagos hechos que condujeron a la intervención militar, entonces apoyada mayoritariamente por la población civil.

Así, hoy pareciera a las nuevas generaciones, que aquellos sucesos ocurrieron prácticamente derivados de la sed de sangre y de  poder de unos gorilas azuzados por el imperialismo norteamericano, y no por la intervención de unos militares decididos a evitar lo que parecía una inevitable guerra civil, y a sacar el país de un descalabro económico que hoy solo tiene parangón con la situación que está viviendo Venezuela.
La historia no debe ser relegada al cajón de los trastos olvidados… la decisión del gobierno parece más bien una claudicación ante algo que parece considerar inútil, dejando a otros, en este caso a la izquierda que siga manejando la historia a su antojo. La asignatura debe ser reformada para que la historia sea aprendida en su real dimensión causal y no solo meramente interpretativa. Lo que hace el gobierno se parece a la actitud de Dn. Otto cuando sorprendió a su Sra. besándose con Fritz en el sofá… vendió el sofá.

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