Piñera tiene la palabra

Por Gonzälo Ibáñez Santamaría
Al haberse cumplido un nuevo aniversario de la acción militar del 11 de septiembre de 1973 y un nuevo año de independencia nacional, conviene dar un vistazo a nuestra historia para advertir en ella algunos rasgos cuyo conocimiento sea importante para guiar nuestros pasos hacia el futuro. Y uno que aparece muy marcado, es el de la relación entre políticos y militares a la hora de tomar trascendentales decisiones de cara al futuro de Chile.
De hecho, lo que se aprecia como una constante es la frivolidad y la improvisación de que hacen gala nuestros políticos en el ejercicio del poder casi desde el momento mismo de la independencia. Y cómo lo han instrumentalizado al servicio de intereses sectoriales en desmedro del bien común. Lo que ha obligado, también como una constante, a la intervención militar para evitar la destrucción del país. Fue lo que ya sucedió en los albores de la independencia cuando la burguesía santiaguina sintiendo que el peligro realista estaba controlado, se dedicó a sabotear el gobierno de Bernardo O’Higgins, hasta que consiguió su abdicación en 1823. 
Ocho años después, cuando quedó a la vista el desastre de la anarquía reinante, esa misma burguesía volvió su vista a los militares para que pusieran orden en el país. Fue lo que comenzaron a hacer con la victoria de Lircay en 1830. Dos decenios de gobierno militar y la figura de Diego Portales constituyeron la base de la organización definitiva de la república.
Volvieron los políticos a las andadas con la revolución de 1851 y la de 1859. Sólo la lealtad de los militares a los principios de la república portaliana impidió que estas intentonas prosperaran. Nuevamente, para bien del país, los políticos habían fracasado. Pero, esta vez no descansaron y continuaron en su tarea de socavar los cimientos del país. Entre 1860 y 1891 no cesaron en su afán, hasta que consiguieron mediante la guerra civil de 1891, no sólo derrocar al presidente entonces en ejercicio, José Manuel Balmaceda, sino de frentón, tumbar la república portaliana y cambiarla por un indigno régimen parlamentario en cuyos ministerios -uno detrás del otro- se turnaban los miembros de esa burguesía.
La imprevisión y la frivolidad campearon durante treinta años financiadas por los generosos ingresos del salitre. Pero, cuando estos se agotaron, en 1924, quedó a la vista el fracaso de los políticos. Frente a la posibilidad cierta que la república se desmoronara, a los militares no les quedó otra opción que asumir nuevamente el gobierno. Lo hicieron con el firme propósito de devolverlo a los civiles lo antes posible, lo que sucedió en 1931. Después de lo cual, volvieron a sus cuarteles.
Pero, los políticos no habían aprendido nada y nuevamente el gobierno fue puesto al servicio de las ansias de poder de los diferentes partidos. Fue así como transcurrieron los años entre 1932 y 1973, perdidos para el crecimiento del país, con su secuela de miseria y atraso inverosímiles y en los cuales se pone en juego la unidad nacional hasta el punto de hacer necesaria la intervención militar del 11 de septiembre de ese último año. 46 años después volvemos a ver cuán poco se ha aprendido y cómo de nuevo la política se entiende como un campo en el cual se puede someter al país a los experimentos más descabellados..
En su breve discurso para conmemorar esa fecha, el presidente Piñera, por fin, reconoce el desastre que causó el régimen marxista de Salvador Allende, pero se abstiene de reconocer que, frente a ese desastre, al país no le quedaba otra salida que la acción militar*. Como sí lo reconocieron, pocas semanas después de producida esa acción, tanto Eduardo Frei como Patricio Aylwin. Por lo tanto, Piñera deja abierta la puerta para que Chile vuelva a sufrir un experimento como el de aquellos años. Muy grave fue también su olvido de la tremenda obra modernizadora del gobierno militar. Para él, el progreso del país comenzó hace treinta años, en 1989. La verdad es que ese progreso fue el resultado de la política que el gobierno militar desarrolló a partir, por lo menos, de 1975. No reconocerlo es una forma de mentir al país.
Todavía está abierta la puerta para reconocer errores y enmendarlos. Si así no se hace, sin duda nos espera una nueva crisis. ¿Será necesario volver a repetir La historia? Piñera tiene la palabra.

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