Complices Activos

Por Eduardo Aldunate Herman

Como sociedad todos fallamos en detectar las alertas del malestar social, lo que sinceremos -a no mediar una cuota de violencia- no lo habríamos percibido.

Nos acostumbramos a que golpear a un policía, faltarle el respeto a rectores, profesores y autoridades, y marchas que terminaban en violencia sin responsables derivó en que antisistemas, con sus destrucciones, le robaron la legitimidad a millones que marcharon. Actos de corrupción de civiles y uniformados, y la errática conducción inicial del gobierno, fueron, entre otros, más leños al fuego.

Basta de lugares comunes sobre modernizar a nuestras policías.

Para que el estado de derecho sea plenamente aplicable, se le debe proveer a las policías de todos los instrumentos y procedimientos y eso incluye hacer uso legítimo de la fuerza cuando sea necesario, regulado, controlable, pero violento al fin. En los países civilizados, las policías siempre cuentan con un instrumento superior para disuadir o repeler al agresor.

En estos escenarios emplear a los militares es aceptar el fracaso de la política y personalmente creo que no es razonable profundizar las heridas que aún tenemos los chilenos del siglo XX.

Un mínimo sentido republicano -ante momentos estelares como éste – convoca a la gran política y confió que emergerán los líderes que requerimos alejados de los populismos.

Debemos apoyar al Presidente y a las instituciones, ya que es la democracia la que está en juego y quienes insistan en llevar agua para su molino, les sugiero que recuerden que la orquesta del Titanic también naufragó. ¿Será mucho pedir que todos cuidemos el buque del país?

Soy optimista, es tiempo de asumir los cambios pero también de reflexionar.

La gran rendición

Por Gonzalo Rojas Sánchez

Cuando el Gobierno se mostró sistemáticamente incapaz de controlar el orden público y garantizar la paz, comenzaron las rendiciones que han continuado con el acuerdo suscrito por los partidos de Chile Vamos, para cambiar el régimen constitucional.

De la claudicación en el uso de la fuerza legítima para detener la insurrección, el Gobierno pasó a la rendición de su programa ante los cientos de demandas que lo acosaron: no pudo distinguir el trigo de la paja y terminó con todo el granero en llamas.

Después, levantó bandera blanca ante una presión tan demagógica como ilegítima: el enemigo fantasmal transmitió desde la trinchera contraria un mensaje que devastó las confianzas gubernamentales: todos los chilenos están en la calle, la calle exige una asamblea constituyente, esa asamblea dictará una nueva Constitución y la carta fundamental así aprobada solucionará los problemas de todos los chilenos. Y en vez de contestar fuerte y claro: ¡patrañas, de la primera a la última!, el Gobierno y los partidos de Chile Vamos han salido a dejarse apresar, dejando caer sus argumentos al suelo, y con los brazos en alto.

Y, de paso, todo esto está significando otras cuatro rendiciones de consecuencias incalculables: el Gobierno y sus partidos han enajenado la adhesión de sus electores; han hipotecado la salud económica; han desplazado las energías desde lo social a la chimuchina de los procedimientos y las fórmulas; y, por cierto, han claudicado en los principios que han permitido estabilidad, movilidad, libertad y crecimiento. Nada menos.

¿Alguien puede asegurarles a los chilenos que la nueva Constitución no será una amenaza en ninguno de los campos en los que los ciudadanos hemos desplegado nuestros proyectos vitales, personalmente y reunidos con otros? Nadie, porque justamente el propósito de las izquierdas es cambiar radicalmente el sistema de libertades y méritos que nos rige bajo la Constitución del Presidente Pinochet de 1980 y que fue ratificado con las enmiendas del Presidente Lagos.

Se asoman graves amenazas para el modo de entender a la persona humana, de resguardar su vida, de proteger a su familia y su libertad de asociación, porque se buscará cambiar todo el artículo 1º, eliminando la concepción subsidiaria ahí presente. Se buscará un control completo de la educación chilena, que estará conformado por un Estado docente poderosísimo y pequeños enclaves de educación autónoma, manipulados a su vez por el financiamiento en manos del Estado.

Se procurará la perniciosa consagración ilimitada de supuestos derechos sociales, imposibles de practicar, inviables conceptual y económicamente, mientras al mismo tiempo se limitará y ahogará la libre iniciativa y el meritorio emprendimiento. En paralelo, se buscará imponer formas de participación ciudadana fácilmente manipulables, para presentar como correcta cualquier opinión transitoria, en materias de trascendencia moral o cultural; y, de paso, se eliminará el papel de equilibrio del Tribunal Constitucional en relación con el Congreso.

Habrá amenazas para la organización del Poder Judicial, de manera de hacer irreversible el actual control que ya ejerce la política sobre su conformación y su actuación. Y, por supuesto, se procurará manipular el papel de las Fuerzas Armadas, transformándolas en instrumentos de control político, bajo un férreo… control político, destrozando su carácter jerárquico y disciplinado, e insertándolas en un nuevo Estado plurinacional.

Por todo eso y mucho más, cualquier ciudadano tiene un mundo de razones para sentirse amenazado. No en sus privilegios, como dicen algunos desde la lucha de clases, sino en sus legítimas aspiraciones a una vida libre, buena y en paz.

Gonzalo Rojas

Gobierno y Plebiscito

Por Eliseo Pantoja Andreu

No se enfría aún la tinta del acuerdo que sellaron representantes de los diversos partidos del espectro político -con excepción del PC- para la realización de un plebiscito cuyo objetivo será recabar el pronunciamiento de la ciudadanía en orden a si quiere o no una nueva Constitución, y el Gobierno ya está interviniendo electoralmente.
En efecto, corrobora la anterior afirmación, las palabras de dos de sus principales Secretarios de Estado: El Ministro del Interior y la Ministro Secretaria General de Gobierno. Señala el primero, en un punto de prensa: «(…) Estamos seguros que este acuerdo por la paz y por una nueva Constitución nos permitirá reencontrarnos y construir un país mejor» (La Segunda, pág. 7, edición de 15 de noviembre de 2019). Ante tal afirmación, cabe preguntarse: ¿Qué parte del acuerdo no entendió señor Ministro o no desea entender? Ya que lo que se acordó consultar en el plebiscito a la ciudadanía es si las personas quieren o no una nueva Constitución y serán ellas de manera soberana las que decidirán en el secreto de la urna tal interrogante, y bien pudiere suceder que éstas rechacen una nueva Constitución.
Otro tanto cabe decir de la Ministro Secretaria General de Gobierno. Señala ésta en una vocería, lo siguiente: «Pero también creemos que es importante avanzar, alzar la mirada, entender de hoy tal vez es mejor salir de la calle y empezar a dialogar en nuestros barrios, en nuestras poblaciones, cuál es el Chile que queremos construir en esta nueva Constitución», (EMOL, 15 de noviembre de 2019) dando por sentado que esa es la decisión de la gran mayoría silenciosa de nuestro país, que no ha estado en las marchas, y cuya decisión solo la conoceremos cuando se cuenten los votos al término de la jornada plebiscitaria.