Una persecución implacable

Por Cristián Labbé Galilea

Imposible que esta pluma, que este viejo soldado, soslaye ante sus lectores leales, ante sus amigos y amigos amigos y ante la comunidad en general -especialmente la juventud-, los momentos que hoy vive una causa de una implacable persecución política.

Con todas mis fuerzas proclamo una vez más mi total inocencia y la falsedad absoluta de lo que se me imputa. Para quien lo ignore, un sujeto, un solo sujeto, dados haber reconocido mi voz, cuarenta años después de ocurridos los hechos que alega; no hay más que su palabra, porque no hay persona en el mundo que sostenga o pueda soportar que lo que él dice es cierto.

El caso ha llegado a la Corte Suprema, mi última esperanza de justicia. Por eso es que reclamo, con mucha humildad, a los hombres de derecho, a los tribunales ya los jueces de mi país, que hagan prevalecer “la verdad verdadera” por sobre la mentira “verosímil”, los falsos testimonios y la libertad, ya de la letra, ya del espíritu de las leyes. Siempre confiar en que la justicia triunfe en los tribunales de los hombres de nuestra patria, no importa que desilusiones me lleve.

Reclamo también a parlamentarios y autoridades, que velen por el estado de derecho hoy tan peligrosamente menoscabado, ya Dios le ruego que en su infinita sabiduría pacífica los ánimos de mi país y abra paso a la concordia, la tolerancia, la paz.

Me hice soldado a los 13 años y desde entonces cumplí el juramento de «servir a mi patria hasta rendir mi vida si fuera necesario». Lo he hecho desde diferentes «trincheras», en catástrofes y emergencias, como ministro de estado, como alcalde, como profesor universitario … pero siempre como soldado, y eso no ha cambiado hasta hoy.

En efecto, enfrentado hoy a la adversidad, renuevo mi compromiso con los ideales de nuestra historia y nuestras tradiciones, así como mi respeto por la grandeza de aquellos que forjaron esta patria libre y soberana.

Comparado aflicciones con esos «soldados desconocidos» prisioneros de la mentira, privados hasta poder comunicar a la sociedad las injusticias que padecen … Soy uno de ellos, y por eso seguiré luchando hasta mi último aliento para que se impongan la justicia justa, la verdad verdadera y la paz realmente pacífica.

Con la serenidad que da la certidumbre de la inocencia, en esta columna extraordinaria quiero asegurar a mis lectores que sabré mantenerme íntegro, pues mi conciencia está tranquila, fortalecida por la dignidad y la fuerza de sentir que por las venas de este veterano soldado corre la Misma sangre que derramaron los valientes del 79…

El verdadero soldado sabe que las horas del heroísmo, del sacrificio, de la inmolación, son las horas de la gloria y del honor. Dios, que me condujo al Ejército siendo un niño, me ayudó a ser digno del nombre de soldado por todo el tiempo que a Él le plazca mantenerme en este mundo.

La Peste y la Revolución

Por Cristián Labbé Galilea

En estos días me he preguntado si existirá en la historia un caso parecido al del Chile presente, donde una revolución que parecía imparable -marcada por violencia y destrucción- se hubiera visto abruptamente “cancelada”, que de un día para otro literalmente “se esfumara”.
Sorpresiva y sorprendentemente, justo cuando todo parecía que iba “viento en popa”: habíamos entrado en una vertiginosa espiral revolucionaria que buscaba “tirar por la borda” lo logrado, política, económica y socialmente, y que planteaba, ni más ni menos, redundar la institucionalidad para crear un nuevo orden político, partiendo de una “hoja en blanco”.
El orden, la seguridad, el derecho y la autoridad habían sido superados. El país estaba en manos de “la calle” y de una “primera línea” cuya violencia no daba tregua. Sin importarles a quien afectaban, destruían lo que se le pusiera por delante: iglesias, bibliotecas, transporte, supermercados, comercio… El fuego y la piedra eran las armas de esa pacífica revolución.
Desde las sombras, sus instigadores sacaban dividendos por angas o por mangas de todo lo que ocurría y, con esa soberbia propia de la izquierda y su dogmatismo “científico” acerca de la evolución inexorable de la Historia, sostenían que “la revolución era irreversible”, que el país había despertado y que nada sería igual a lo hasta aquí vivido.
Por su parte, los sectores partidarios de la sociedad libre, hoy en el gobierno, mostrando un nulo criterio político estratégico y una ingenuidad rayana en la bobería, “bailaban al ritmo de la izquierda”: se silenciaron en los temas de fondo, como el ordenamiento institucional y su legitimidad, y por si eso no bastara, traicionaron sus principios, sus valores y, más grave todavía, a sus electores.
En fin, el país estaba a la deriva; el gobierno parecía tener sus días contados, las instituciones absolutamente anuladas no eran capaces de nada… Nos esperaba a corto plazo un plebiscito, una asamblea constituyente y varios años de inestabilidad política, económica y social.

Desafiante, la izquierda se jactaba con arrogancia de que llegaría hasta las últimas consecuencias. La revolución era “sin miedo”, había que hacer frente a la historia, al orden, al sentido común… y a cuanto se les interpusiera en su camino.
No es mi ánimo mofarme de esos instigadores y promotores, ni de su “valentía sin miedo”, sino solo desenmascarar “héroes de papel” que, a la primera de cambio, “se acobardaron” hasta el pánico ante un insignificante e invisible enemigo advirtiéndoles que eran iguales a todos no más, y que, por ende… se podían morir.
De ahí para adelante todo cambió: volvió la autoridad, el gobierno recuperó su protagonismo, las instituciones fortalecieron sus roles, y -paradójicamente como siempre ha sido- con toque de queda y con los militares en la calle, se restableció el orden republicano…
Sin encontrar en la historia otro ejemplo de un caso similar, concluyo que lo nuestro es un caso único y que, así como la peste derrotó a la revolución, ahora nos corresponde aislar a “la vieja empadronadora” (como Gabriela Mistral llama a la muerte) y prepararnos para la “desolación” económica, social y política que vamos a enfrentar después de derrotar al antídoto antirrevolucionario…. ¡El virus chino!

¿La Otra Mejilla…?

Por Cristián Labbé Galilea

Las pandemias pasan y dejan huellas. El Covid19 no será distinto, sólo que, por estar en sus primeras manifestaciones, vemos sus estragos como algo lejanos. Sin embargo, si bien la muerte no nos ha golpeado muy fuerte, intuimos que, sí o sí, los efectos políticos, económicos, sociales, incluso espirituales y culturales… van a llegar más temprano que tarde.

La sociedad no será la misma. Así ha pasado siempre en la historia de la humanidad. Sólo un ejemplo cercano: después del atentado a la Torres Gemelas, sin ser una pandemia, todo cambió… hubo que recuperar la seguridad, la confianza y proteger al ciudadano… vinieron las restricciones de todo tipo, de los derechos civiles, los controles rigurosos a las personas y sus desplazamientos, la inteligencia invasiva, la afectación a la privacidad… y muchos etcéteras. Imagínese, mi “cuarentenado” lector… cómo será después de esta calamidad.

Habrá nuevos héroes, aparecerán como siempre los “hombres de Dios”: los médicos, los funcionarios de la salud, los bomberos, los militares, y muchos otros, pero también se dejará ver “la miseria humana” con sus cicatrices difíciles de sanar.

Contrario a como actúa el virus que no segrega ni por sexo, religión, raza o posición socioeconómica, aparecerán quienes, en busca de “nuevos dividendos políticos”, no pierden la oportunidad para traicionar a quienes otrora “llamaron y respaldaron” cuando el país vivía momentos de aflicción y peligro.

Imposible, por más que estemos en la emergencia mas grande que ha tenido la humanidad, que esta pluma, que siempre ha privilegiado la prudencia y la paz cívica, no deje explícita constancia de la agresión y discriminación perpetrada contra esos “ancianos soldados” a quienes, privados de libertad, se les niega el derecho a un “indulto conmutativo” que se está otorgando a todos los detenidos bajo riesgo de contraer covid-19.

Convertidos en enfermos terminales, esos viejos soldados son personas que hace 50 años no tenían más de 20, y que cumplían órdenes superiores; hoy, inaceptablemente, son comparados por la autoridad política, con violadores, abusadores sexuales, asesinos y criminales, cuyas desviadas y perversas motivaciones son muy distintas a las de quienes actuaron convocados a defender la patria, su libertad y su futuro.

No se confunda mi justo lector, esta pluma -como muchos ciudadanos reconocidos- no está demandando nada especial, nada distinto al cumplimiento del sagrado principio de igualdad ante la ley.

Rotundamente, el virus Covid-19 está mostrando su letal efecto; pero bajo este manto de catástrofe se está consumando una impresentable discriminación contra esos viejos soldados, y se está confirmando hasta dónde la miseria humana puede dejar su cicatriz de injusticia, traición y venganza.

Si hoy los soldados, con humildad, han puesto una de sus mejillas para dejar atrás las ofensas, las humillaciones, y los agravios sufridos durante las movilizaciones violentistas, bastante más les costará poner la otra mejilla y olvidar que, en esta oportunidad, la Moneda ha mostrado la peor de sus caras.