¿No nos contagiaremos?

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La mandataria debe afrontar el desencanto popular, los deseos de impeachment de la oposición, la corrupción y una economía agrietada. Brasil se encuentra en una profunda desdicha y la presidenta Dilma Rousseff vive su propia tragedia política. El gigante sudamericano no levanta cabeza: la corrupción se amplifica, la economía no da señales de mejoramiento, la popularidad de la mandataria está por los suelos y cada vez más piden su destitución.

La indignación popular –especialmente generada por el escándalo de Petrobras– es el reflejo de un país que ha dejado de creer luego del espectacular boom económico que vivió en 2010, cuando todo eran aplausos y se lo consideraba como sólida potencia política y financiera.

Rousseff lleva seis meses de su segundo mandato, pero el gobierno tiene una aprobación semejante al fin de su administración luego de una pobre gestión: un 7,7%, de acuerdo a la encuesta realizada esta semana por la firma MDA bajo encargo de la Confederación Nacional del Transporte (CNT). La figura de Rousseff tiene el 15,5% del apoyo. Además, el 70,9% de los consultados consideró que el gobierno actual es «malo o pésimo».

Incluso, desde la oposición se reclama llevarla a un juicio político para discutir la destitución. Para completar el cuadro crítico, existe un divorcio entre el gobierno y el Parlamento.

David Fleischer, profesor de política en la Universidad de Brasilia, dijo a El Observador que en Brasil existe una crisis política, entre la presidenta y el congreso y con el PMDB, y añadió que la mandataria «está muy sola» y que es «posible» que «no termine su mandato en 2018».

Rousseff intenta enfrentar la situación «generando una agenda positiva, pero es muy difícil», afirmó Fleischer de la Universidad de Brasilia.  Ante este panorama, la mandataria prefiere mantenerse firme. «Yo no voy a caer», afirmó Rousseff durante una entrevista con el diario Folha de Sao Paulo a principios de julio, en relación a rumores de renuncia o de una destitución parlamentaria.

 

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