Desventuras de un Chino en Chile

 

Mi amigo Kim no es Chino, es Coreano (del Sur lógicamente), pero en Chile, dados a simplificar las cosas, cuando vemos cualquier oriental de ojos rasgados le decimos “Chino”. Bueno, tampoco se llama Kim, pero en atención a la necesidad de resguardar su privacidad, lo he llamado así (un apellido muy común en las dos Coreas), además de cambiar el nombre de algunas instituciones que aquí aparecen. Lo demás es todo absolutamente real.

Conocí a mi amigo KIM, cuando vino con su familia por primera vez a Chile en 1987, enviado  por su empresa, por tres años. Con el tiempo, pude ver que KIM es una excelente persona, con un gran sentido del honor, de la palabra empeñada, del respeto al prójimo y con un gran respeto por el cumplimiento a las leyes y costumbres del país. Chile le encantó…,  me comentaba lo ordenado que le parecía, las grandes oportunidades de emprender que había en todo el país, la casi total ausencia de delincuencia y una economía en pleno desarrollo. Cuando volvió a Corea se llevó la mejor impresión del país.

Mi amigo Kim volvió a Chile, nuevamente por razones de trabajo en 1991, permaneciendo acá hasta fines de 1992 y a los aspectos positivos encontrados en su primera estadía en el país, agregaba ahora, según me comentó, lo positivo de que Chile hubiera vuelto a la democracia, le parecía que ella daría más alas al crecimiento del país y al desarrollo de la cultura de nuestra gente.

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Por todo lo contado, cuando mi amigo Kim se jubiló en Corea hace ya seis años, no lo dudó, y junto a su señora se vino a Chile a emprender y desarrollar alguna actividad comercial.

A poco de llegado, sin embargo, me comentó lo cambiado que encontraba a Chile y su gente. Todo trámite de emprendimiento era un sinnúmero de papeleos y trámites mal atendidos por funcionarios que contestaban sus requerimientos de mal modo, o con absoluta indiferencia. También le llamó la atención lo agresivos y mal humorados que encontraba  a los chilenos.

Hace 3 años, mientras mi amigo Kim caminaba en un día de primavera a las cuatro de la tarde, por el parque Forestal, fue atacado y mordido por un perro callejero que le lesionó de consideración. Sangrando se dirigió a una pareja de carabineros que rondaba por el parque, pero ellos le manifestaron que no tenían atribuciones para intervenir y que debía dirigirse a estampar un reclamo a la Municipalidad de Santiago. Todavía sangrando y con el pantalón roto, caminó hasta la municipalidad donde le dijeron que debía reclamar ante el SESMA metropolitano, no aflojó y partió hacia la Intendencia donde le dijeron que era difícil combatir las plagas de perros callejeros, principalmente debido a la presión e influencia ante la opinión pública de los grupos animalistas, los ambientalistas y otros grupos y le aconsejaron estampar una denuncia en Carabineros. Desilusionado se dirigió a un centro asistencial a efectuarse el tratamiento y curaciones correspondientes, preguntándose cómo era posible que se privilegiara la “libertad canina” por sobre la seguridad y bienestar de las personas.

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El año antepasado, a comienzos de año, mi amigo Kim se sintió mal por un fuerte dolor cerca de la ingle. Acompañado de su señora se dirigió a la urgencia de la Clínica Saint Mary, donde le internaron de inmediato para operarle una apendicitis. Le dijeron que a lo más en cuatro días estaría de vuelta en su casa. Sin embargo, estando convaleciente de su operación en la clínica, sufrió una infección estomacal que le obligó a permanecer internado por 15 días. Junto con el alta, le entregaron la cuenta que ascendía a 12 millones de pesos. Indignado se dirigió a la ISAPRE Fammedica, para reclamar su situación, ya que alegaba que la responsabilidad de su infección era de la clínica, por cuanto había contraído la infección mientras se encontraba internado. Para su sorpresa, la ISAPRE le respondió que ella pagaría su porcentaje de copago y que cualquier   reclamo debía hacerlo directamente a la clínica, ya que ellos no tenían nada que ver con reclamos de este tipo. Mientras se dirigía a la Superintendencia de Salud, averiguó que la clínica y la ISAPRE pertenecían a un mismo holding, comprendiendo entonces que en Chile no había ninguna institución que resguardara al paciente. Molesto, me contaba que en Corea, por ley, una ISAPRE y una clínica no podían ser de un dueño común. En la Superintendencia de Salud, le dijeron que unicamente tenían atribuciones para intervenir ante irregularidades que presentaran sólo las instituciones estatales, pero no tenían atribuciones para intervenir ante los centros asistenciales privados, solamente podían ofrecer una mediación, a la que se negó la clínica. Finalmente después de sumar y restar cuanto le costaría una acción legal ante una organización tan poderosa, optó por pagar en las “cómodas cuotas” a las que se avino la clínica ofrecerle, para cancelar sus varios millones de deuda. Aún hoy se pregunta quien defiende los intereses y derechos de los particulares en Chile ante este tipo de abusos.

Mi amigo KIM siguió adelante e instaló finalmente su PYME. Sin embargo hace dos semanas, un sábado, fue a jugar golf en un club de esos en que se paga una entrada y un derecho a ocupar sus instalaciones por unas horas. Estando en plena práctica de lanzar las pelotitas,  otro entusiasta golfista le dio con fuerza  a una pelota, golpeando además con su palo metálico en la cabeza de mi amigo, el que cayó al suelo sangrando profusamente, con la cabeza rota.

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Ante esta situación y la ausencia de una ambulancia y/o un paramédico, el golfista desconocido subió en su auto a mi amigo Kim y lo trasladó a la clínica Germánica, dejándolo en la puerta de entrada de urgencia de la clínica desapareciendo del lugar. Él mismo tuvo que comunicarse con su Sra. (que habla muy poco español, aunque lo entiende), la que con mucha dificultad me llamó para pedir auxilio.

En la clínica le curaron y le dejaron en observación. Me pidió que le retirara su auto desde el club de golf   y si era posible averiguara quien le había golpeado y si el club se hacía responsable por la falta de medidas de seguridad.

En el club me dijeron que “había sido un accidente”, que “no era culpa de nadie”, pero lo más asombroso, fue constatar que no sabían quien golpeó a mi amigo Kim, ya que siendo un club abierto al público, los golfistas llegan, pagan una entrada y no hay registro de ellos. El teléfono del club no funcionaba y las oficinas estaban cerradas ese día sábado, sólo pude hablar con el encargado de la cancha, tampoco había ambulancia ni paramédico.

Así, mi amigo Kim tuvo que pagar en la Clínica y hacer una denuncia en Carabineros, con la muy lejana esperanza de que “pase algo”.

Mi amigo Kim todavía quiere a Chile, aún encuentra que es un país tranquilo…, todavía, pero siente que Chile se deteriora en su mejor capital, su gente. Ahora es mucho mas temeroso de la gente, del sistema…, ah, y por supuesto de los perros.

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Me ha sido difícil explicarle  o justificarle todas las irregularidades que le ha tocado vivir y decirle que a diario también los chilenos debemos luchar con los vicios de este sistema y que bueno…, es lo que hay.

Últimamente, después de cada conversación con mi amigo Kim, quedo pensando que Chile merece algo mejor, algo que parece que cada vez se pierde más en la niebla del tiempo y las preocupaciones del día y que es aquello que vi en mi amigo Kim desde que le conocí:  sentido del honor, de la palabra empeñada, del respeto al prójimo y un gran respeto por el cumplimiento a las leyes y costumbres del país, tanto por parte de los ciudadanos, las organizaciones públicas y privadas, como por parte de las autoridades. A lo que yo agrego que se respete a las mayorías tanto como ahora se exige respeto por las minorías.

Como mi amigo Kim, aun persiste en su idea de quedarse en Chile…, quizás esta historia continuará….

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