Escorpión

Por Pedro Gandolfo Diaz

La «nación» es una categoría normativa que elimina diferencias, crea estereotipos, fija lo escurridizo, tiende a promover lo uniforme y evita lo complejo.

El diario El País de España ilustró un artículo en el cual el escritor y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa comentaba la forzada renuncia del ex ministro de las Culturas Mauricio Rojas, con un mapa de América del Sur, en el cual el territorio chileno se enroscaba como un escorpión a punto de clavar un oscuro aguijón sobre su propio cuerpo. La estupenda ilustración de Fernando Vicente me hizo pensar, de entrada, en lo importante que siguen siendo los caricaturistas y dibujantes para la prensa (saludos, Don Jimmy), por la capacidad de atinar con la esencia de un texto como en este caso, ya que, más allá de la defensa del ex ministro, la acusación de fondo del escritor peruano es que seríamos un país tan venenoso que pierde buenas oportunidades históricas por su irresistible tendencia a emponzoñarse.

Me cuesta deliberar si es lúcido o falaz compararnos con un animal tan delicado y encantador como el escorpión -mi signo zodiacal, por lo demás-, porque considero que los países son aglomeraciones circunstanciales de personas cuya identidad es una conveniente construcción cultural, una ensoñación fraguada por ciertos políticos, militares o poetas o elaborada convenientemente por la élite que captura el Estado, cuya arqueología puede rastrearse y someterse a crítica. Sé que, al igual que a los individuos, no halaga demasiado a la vanidad de los países aceptar que solo existen, pero no consisten, son un fluido, una secuencia precaria de peripecias, nada más.

Cuando nos constituimos como Estado -a principios del siglo XIX-, se hallaba vigente la ideología nacionalista según la cual a cada Estado le correspondía una nación, entendida esta como una entidad espiritual, dotada de una identidad mágica -el alma colectiva- que se prolongaba en el tiempo, otorgaba un sello a todo «lo nuestro» y que compartían las generaciones pasadas, presentes y futuras. Esta conjetura, de dudosa racionalidad, sin embargo es una idea política poderosa que sigue permeando nuestras políticas públicas.

Uno de los rasgos más notorios, sin ir más lejos, del diseño del Ministerio de las Culturas y las Artes, concebido bajo el gobierno de la ex Presidenta Bachelet, es el esfuerzo de percibir a Chile como un Estado «plurinacional» y no «mononacional», lo cual, bajo la apariencia de abolir la ideología nacionalista, la confirma y refuerza, convirtiendo en «naciones» una serie de «pueblos», una noción esta con mucha más prosapia, riqueza de significados y concreción que aquella. La «nación», aunque sea múltiple y no una, es una categoría normativa que elimina diferencias, crea estereotipos, fija lo escurridizo, tiende a promover lo uniforme y evita lo complejo. De ella surgen «los ingleses de América», los jaguares, los escorpiones y esa pegajosa y edulcorada chilenidad que contamina estos días de septiembre.

 

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